El guerrero que ganó su última batalla después de muerto

Un libro descubre los secretos del hoplita que defendió la Málaga fenicia y protegió su tumba y su ajuar militar durante 26 siglos. Un caso excepcional en la arqueología peninsular

Los arqueólogos Eduardo García Alfonso (izq.), Sonia López y David García, junto al casco corintio encontrado en la tumba del guerrero y exhibido en el Museo de Málaga./
Los arqueólogos Eduardo García Alfonso (izq.), Sonia López y David García, junto al casco corintio encontrado en la tumba del guerrero y exhibido en el Museo de Málaga.
Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

Se miran entre ellos porque es difícil de explicar. Primero, porque esa tumba no debía estar allí. Y segundo porque estaba intacta. Sin expoliar después de 26 siglos. Un milagro. Los tiempos modernos colocaron sobre ella forjados de edificios que se quedaron a apenas 20 centímetros del yacimiento. A unos pasos apareció todo un entramado de la ciudad taifa medieval. Y a su alrededor se excavaron una serie de pozos que daban al solar un aspecto de queso de gruyer. Pero ninguno de ellos agujereó el sepulcro. Lo dicho, un milagro. Que además tardó en revelarse. Lo primero que no encajaba fueron unos sillares laboriosamente tallados. Siguieron manos a la obra y aparecieron las primeras piezas de metal. Cubiertas de tierra. Una era redondeada y sospecharon que era un caldero o un brasero. La fueron limpiando cuidadosamente hasta que levantaron una capa de tierra compacta y todo cambio. «En un segundo pasamos de no saber lo que teníamos a comprender ante lo que estábamos», cuenta el arqueólogo David García sobre el momento en el que apareció una cara «que nos miró a los ojos y supimos que era un casco». El yelmo griego de un soldado que tenía mucho que contarles y que, después de muerto, había defendido su tumba por los siglos de los siglos para ganar su última batalla al expolio y a la piqueta.

Junto a su compañera Sonia López, el director de la excavación cuenta con emoción aquel hallazgo que vivió con «tensión y emoción» mientras se desarrollaban las obras en un solar de calle Jinetes. Todavía no lo sabían, pero estaban ante la tumba excepcional y única: la de un hoplita del siglo VI a C. Con todo su ajuar funerario dispuesto a desvelar los secretos de este misterioso guerrero que defendió la Málaga de los fenicios. Unos enigmas que han sacado a la luz en el libro 'La tumba del guerrero' (Consejería de Cultura), que han editado junto al arqueólogo Eduardo García Alfonso. Los tres se han vuelto a ver con el soldado en su nueva casa, el Museo de Málaga, donde han quedado con SUR para hablar de la investigación ante el propio sepulcro que ocupa ahora un lugar privilegiado en la Aduana acorde con la categoría que tuvo en vida este soldado.

Así, esta tumba no es solo una pieza fundamental en el puzzle que reconstruye la Málaga fenicia, sino que su singularidad también la convierte en singular en el ámbito mediterráneo español. «No teníamos un enterramiento paralelo en nuestro país, por lo que fue fundamental el trabajo en equipo de especialistas en diferentes áreas para recopilar las pistas como si fuera una investigación policial», relata David García, que añade que todo ese proceso está en el libro en el que han participado otros treinta expertos con sus artículos.

Se los llevó a la tumba

Algunos de esos secretos que el guerrero se llevó a la tumba nos han revelado su origen. «Sabemos que estaba vestido al estilo griego y que era un hoplita, un guerrero de élite, y, aunque no sabemos su procedencia, sí que estamos seguros de que no era fenicio», explica Sonia López, que sigue reconstruyendo el ADN de este guerrero musculoso, alto y de profesión mercenario. «Pero hay que quitarse los prejuicios con esta palabra, porque en el siglo VI a C. tenían un alto rango social y, en este caso, estaba integrado en la población fenicia», añade la arqueóloga, que encontró el anillo con escarabeo que se exhibe en el museo junto a la propia tumba.

El soldado hoplita fue enterrado con todos los honores por los fenicios, un privilegio que ha respetado su traslado y exhibición en el Museo de Málaga

Una pieza parecida a la encontrada en la ciudad fenicia del Cerro del Villar. «Pero esta es de oro, tallada en coralina y original de Egipto», apunta García Alfonso, que recalca ese carácter de élite social al que pertenecía este soldado que, tras morir con 40 o 45 años, fue enterrado con todos los honores en una tumba majestuosa y con todas sus armas: el casco corintio, el escudo –apareció muy fragmentado en pequeñas piezas–, la lanza y una pátera. Signos de su procedencia que se mezclan con una tumba diseñada por un arquitecto fenicio y con algún elemento ritual como un quemaperfumes que todavía conservaba restos carbonizados.

El lugar del enterramiento también dio información extra. El hoplita fue inhumado extramuros, en la colina que sube hacia El Ejido, desde donde el guerrero podía ver eternamente la ciudad y las personas a las que defendió podían seguir yendo a mostrarle sus respetos. Como hacen ahora estos tres arqueólogos que han editado un libro imprescindible para contar la historia de este antepasado que libró una última batalla por la inmortalidad. Y ganó.