El Diván de Pérez: un café, un lugar de encuentro para una tertulia única

Este vetusto café se ubicaba en los bajos del número 3 de la calle Duque de la Victoria

El Diván de Pérez: un café, un lugar de encuentro para una tertulia única
Salvador Jiménez Morales
SALVADOR JIMÉNEZ MORALES

Las décadas finales del siglo XIX y las primeras del XX fueron las que marcaron la época dorada de los cafés en nuestra ciudad. Establecimientos que propiciaban el encuentro, y la reunión, mientras se saboreaba uno de esos cafés surgidos de las entrañas de aquellas modernas máquinas de cobre de fabricación italiana. Una bebida de moda que permitió la existencia de este tipo de negocios, en torno a los cuales surgió todo un universo; que conforme avanzaban las horas del día se iba transformando y adaptando a la diferente clientela que por ellos deambulaba. Pasando de lugar de desayuno matutino, a ser un espacio donde poder degustar la tapa amable y el vino en rama, con la llegada del «Ángelus». O donde consumir un apetecible menú, y cómo no, donde señoritas y señoras de buena posición social departían en viva conversación a la hora de la merienda. Y tras la caída del sol llegaría la cena, y tras ella, la transformación de estos lugaress, convirtiéndose la mayor parte de ellos en mezquitas improvisadas del flamenco, o en apasionadas tertulias donde debatir sobre los diferentes acontecimientos de la actualidad malacitana. Cafés de renombre como el «Chinitas», «la Marina», «el Gallo», «la Loba», «el Universal», «el de España», «del Sevillano, «el Senado, «el Turco y como no, al que hoy queremos hacer referencia, «el Diván de Pérez.

«El Diván de Pérez será un gran desconocido con casi toda seguridad para muchos de nuestros lectores, se ubicaba este vetusto café en los bajos del número 3 de la calle Duque de la Victoria. Un local que según cuenta Francisco Bejarano Robles ya existía desde finales del siglo XIX y que prolongó su existencia hasta comienzos del XX y que seguramente compartió protagonismo en el tiempo, con otro cercano bautizado con el nombre de «la Castaña» propiedad de Ángel Delgado de los Cobos, padre de la que posteriormente sería Maharaní de Kapurthala. Este café tenía un único salón, al cual se accedía desde calle Duque de la Victoria a través de sus dos únicas puertas pintadas de color blanco. Divanes a uno y otro lado de la amplia estancia, y largas mesas de mármol blanco veteado delante de ellos. Al fondo el pulcro mostrador, y tras él su dueño, alto, corpulento y con un inmenso bigote blanco, el bonachón señor Pérez. Los divanes y su apellido sirvieron para nombrar este templo sagrado que sería de las letras, la política y del periodismo malagueño.

Muy cerca, se ubicaba la antigua central de correos enclavada en la calle del Císter, justo enfrente del Patio de los Naranjos de nuestra Catedral, concretamente en el Palacio de Zea Salvatierra. Razón por la cual, a determinadas horas del día pululaban buen número de carteros por sus instalaciones e incluso una vez concluida su jornada laboral, se evadían participando en alguna que otra partida de dominó. Al caer la tarde, y sobre todo a la hora de la cena, el ambiente era otro bien distinto, empezaban a llegar los asiduos a la tertulia.

D. Narciso Díaz de Escovar y su hermano Joaquín, el escritor Arturo Reyes, el poeta Ramón A. Urbano, el periodista José Carlos Bruna (que dicho sea de paso, escribía su crónica diaria desde el Diván de Pérez). El periodista Nicolás Muñoz Cerisola que fue el artífice de un artículo publicado en «el Porvenir», en el que animaba a toda la ciudadanía a participar, en una cuestación popular para erigir un monumento al fallecido II Marqués de Larios. También eran asiduos el periodista granadino Jerez Perchet, siendo presidente de honor de la misma, el director del diario «Las Noticias» Federico Moja Bolívar, Pepe Navas Ramírez representando a los redactores de prensa. Y como olvidar al maestro de actores José Ruiz Borrego, al erudito Miguel Bolea y Sintas o a un joven llamado Salvador González Anaya que quería ser escritor. Una tertulia en la cual se departía sobre temas políticos, literarios, poéticos y artísticos. Y donde se le tomaba el pulso a la más rabiosa actualidad de aquella época. Cuentan que la noche del 25 de abril de 1898, día en el que EE.UU. declaró la guerra a España, no faltó a la tertulia ni uno solo de sus miembros.

Tertulias que desgraciadamente cada vez abundan menos, y que entonces tenían con punto de encuentro nuestros cafés. Tertulias de todo tipo como la del «España» donde se daban cita los aficionados al arte de Cúchares. La literaria y poética del Café «el Senado» o la del «Duque» donde se reunían los jugadores del entonces equipo de futbol del Málaga.

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