Renace 'la bestia'

Los trenes en los que miles de polizones centroamericanos atraviesan México soñando con alcanzar los Estados Unidos vuelven a coger impulso. Los toman al asalto desesperados por entrar antes de que Trump endurezca las políticas antimigratorias

Inmigrantes centroamericanos a lomos de 'la bestia', a la altura de Oaxaca, en una imagen tomada la semana pasada. /Reuters
Inmigrantes centroamericanos a lomos de 'la bestia', a la altura de Oaxaca, en una imagen tomada la semana pasada. / Reuters
IRMA CUESTA

Cuando comenzó a correrse la voz de lo que era capaz de hacer aquel inmenso gusano de acero que resoplaba, chillaba y reptaba a lo largo de los 3.200 kilómetros que separan Tapachula, en el sureño estado mexicano de Chiapas, de la frontera norte del país, lo apodaron 'la bestia'. El monstruo se convirtió en el 'tren de la muerte' el mismo día en que los cadáveres y miembros amputados que iba sembrando en las vías a su paso llegaron a ser tantos que ya nadie se preocupó de contarlos.

Hace más de una década que los convoyes de mercancías que atraviesan el país azteca son casi la única forma de escapar del infierno para las docenas de miles de centroamericanos de todas las edades que cada año se encaraman a ellos huyendo de la miseria y soñando con que les deje a las puertas del paraíso, aunque en el viaje les vaya la vida. Ni el aumento de vigilancia en las estaciones y vías muertas ni la orden de que las locomotoras aceleren la marcha en los 'puntos calientes' donde los polizones desesperados intentan encaramarse a sus vagones ha sido capaz de adormecer a 'la bestia'.

Hoy, tras varios meses en los que el control fronterizo parecía haberse relajado y muchos migrantes optaban por otros medios de transporte más seguros, el número de viajeros sin billete que escogen esta peligrosa alternativa se ha vuelto a disparar. Sólo en la última semana el 'tren de la muerte' se ha cobrado la vida de un salvadoreño de 25 años que, deshidratado, murió de un paro cardiaco; ha dejado a un joven de 18 años electrocutado y a otro, quizá con más suerte que sus compañeros, le ha arrancado un brazo.

«Ayer, 800 personas pasaron por el albergue. Comieron y se ducharon. Alguno, incluso, pasó por la enfermería», cuenta el padre Alejandro Solalinde, casi una institución en Oaxaca, en donde hace quince años abrió un refugio para migrantes que desde entonces ha tendido la mano a no menos de 300.000 personas. «El día anterior despedí a 1.200 cuando ya estaban subidos al tren. La situación es terrible porque es cruel y no tiene fin», dice el hombre, que en estos años se ha convertido en un ángel de la guarda para miles de centroamericanos. Confirma que, por mucho empeño que se ponga, es imposible saber a cuántos ha transportado 'la bestia' a lo largo de este camino de hierro. Son varios los itinerarios de estos trenes de mercancías que, cargados de alimentos, equipos de transporte, automóviles, cemento, productos químicos o plásticos, surcan México camino de los Estados Unidos. Según algunos cálculos, el número de emigrantes que se arriesgan a cabalgar a lomos de 'la bestia' ha ascendido algunos años al medio millón; fundamentalmente, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños. Viajan colgados de los estribos o encaramados al techo, en tramos de 6 a 14 horas de viaje durante más de 20 días. Otros, citando fuentes cercanas al Gobierno, apuntan a que el número se acercan más a los 150.000, pero no existe ningún organismo, oficial ni extraoficial, que maneje cifras certeras.

Nadie los cuenta, ni vivos ni muertos, y pocos son los que acusan recibo de su llegada a destino. Mucho menos el Instituto Nacional de Migración mexicano, que, según el padre Solalinde, «es un auténtico cártel. Una mafia que se ha convertido en la principal red de traficantes de personas».

No hay cifras concretas porque nadie los cuenta, ni vivos ni muertos

Mientras él alza la voz pidiendo justicia, los trenes de mercancías, como pesadas y ruidosas serpentinas, siguen su camino trasladando bajo un sol ardiente a su famélica carga. Hombres y mujeres, niños y viejos, tan desesperados que arriesgan la vida no sólo en los techos, vagones y pescantes, sino también enfrentándose a la extorsión y la violencia de las pandillas y bandas de desalmados que controlan las rutas hacia el norte. Y es que las vías del tren son la columna vertebral de un país atenazado por la violencia de las maras, y atraviesan muchos lugares en los que el Estado ha dejado de ser Estado y el crimen organizado lleva las riendas. Es un viaje para el que las mujeres se preparan inyectándose anticonceptivos, pues saben que siete de cada diez serán violadas en algún punto del recorrido.

El instructor de migrantes

Por complicado que resulte de entender a este lado del mundo, para los más pobres de Centroamérica 'la bestia' constituye la única opción de atravesar el país azteca y llegar a los Estados Unidos. Necesitan un visado para viajar a México y, con miles de agentes patrullando las carreteras y controlando las estaciones de autobuses, los trenes de carga eran, y vuelven a serlo, la única opción de sortearlos.

La red ferroviaria que atraviesa el país puede ser abordada allí donde el destino ha colocado a cada cual, pero las dos estaciones más cercanas a la frontera con Guatemala –Tapachula, en el estado de Chiapas, y Tenosique, en el de Tabasco–, suelen ser el punto de partida. Desde allí los migrantes ponen rumbo al norte; en realidad, hasta Lechería, en el estado de México, desde donde quienes han logrado llegar pueden optar por seguir su camino por diferentes trayectos, dependiendo del lugar por el que tengan planeado atravesar las puertas del paraíso: quienes sueñan con entrar cruzando el valle del Río Grande toman la ruta del Golfo, y los que creen que pueden tener más posibilidades llegando a Arizona o California siguen la vía del Pacífico.

Niños. El sábado pasado, 250 menores llegaron a Oaxaca a lomos de 'la bestia'. Muchos viajan solos en busca de sus padres, que partieron hace tiempo.
Niños. El sábado pasado, 250 menores llegaron a Oaxaca a lomos de 'la bestia'. Muchos viajan solos en busca de sus padres, que partieron hace tiempo. / Reuters

Cualquiera de las opciones es igual de peligrosa. Prueba de ello es que el trayecto está sembrado de albergues para mutilados. Lugares en los que hay quien ha aparcado su sueño de sentirse a salvo y se ha convertido en una especie de guía; muchachos que, a cambio de cien o doscientos dólares, enseñan a los que aún tienen esperanzas a subirse a lomos de 'La Bestia'.

Óscar Martínez, periodista y escritor salvadoreño, autor del libro 'Los migrantes que no importan', cuenta que en uno de sus viajes siguiendo el rastro de 'la bestia' dio con Wilber, un hondureño autonombrado instructor de inmigrantes que lleva años mostrando a sus clientes la forma de encaramarse al tren. Fue él quien le contó que había visto cómo un convoy pasaba a un desgraciado por encima de la pierna porque no fue capaz de agarrarse cuando trataba de subirse. «Como no iba tan rápido, le dio tiempo a verse la pierna cortada y a meter la cabeza bajo la siguiente rueda. Si iba a buscar un trabajo allá arriba es porque no ganaba bien abajo, y ya, sin una pierna, ¿qué iba a hacer?», le dijo Wilber tan tranquilo al periodista.

Diana Manzo, Premio Estatal de Periodismo y Derechos Humanos, ha escuchado muchas veces historias parecidas. Ella está siendo también testigo de cómo, desde que hace aproximadamente diez días comenzaron las redadas impulsadas por el Instituto Nacional de Migración (INM) para dispersar las caravanas, los desposeídos han vuelto a asaltar el tren tratando de llegar a la frontera norte. «Es el quinto contingente que llega a Oaxaca en las últimas dos semanas», describe. «No había tanto migrante a lomos de 'la bestia' desde 2014, cuando el Gobierno de Enrique Peña Nieto implementó el Plan Frontera Sur».

Ruta mortal

Vuelve el monstruo.
Durante años el Gobierno hizo la vista gorda. Solo en 2014 se planteó pararle los pies a 'la bestia'. Ahora, el 'tren de la muerte' vuelve a surcar el país.
3.200
kilómetros separan la frontera sur de México con Guatemala de los Estados Unidos. Primero hay que llegar hasta Lechería, en Ciudad de México, y desde allí decidir qué rutas seguir hacia el norte.
Atascados en el camino.
Según la Organización de las Naciones Unidas, entre octubre y noviembre de 2018 entraron en México entre 7.000 y 9.000 migrantes, en su mayoría centroamericanos; al menos el 68% de ellos permanecen aún allí.
500.000
migrantes estiman algunos cálculos que llegaron a subirse a lomos de 'la bestia' los años más duros. No existen, sin embargo, datos oficiales. Nadie lleva la cuenta porque resulta imposible hacerlo.
¿Quién lleva las riendas?
Los trenes que se han bautizado como 'la bestia' son transportes de mercancías operados por varias compañías: Ferrosur en el centro del país, Kansas City Southern en el este y FerroMex en el norte.
1.300
personas mueren a lomos de 'la bestia' y 280.000 centroamericanos son repatriados cada año por el Gobierno, según datos del Instituto Nacional de Migración mexicano.
21.000
agentes estadounidenses cuben actualmente la zona fronteriza con México, un 518% más que hace dos décadas. Es con ellos con los que deben luchar quienes logran llegar al 'paraíso'.

Diana explica que aquel plan destinó dinero para mejorar las vías férreas y dotó de vigilancia policial a los convoyes. «Entonces, muchos tomaron rutas marítimas y otros caminaron, pero había muchísima violencia. Durante cinco años las cosas fueron así y por eso surgieron las caravanas. Ahora, al ver que no hay guardias en 'la bestia', las cosas vuelven al principio», cuenta la periodista, que ayer estuvo en Ciudad de Ixtepec y vio partir a cientos de personas, incluida un madre con un bebé en los brazos y una chica embarazada de cinco meses que había salido de Honduras.

Carga humana. Los polizones se instalan como pueden. Por delante quedan días sembrados de peligros. Nada garantiza llegar vivo o entero al final del camino, donde deberán enfrentarse a un nuevo reto: cruzar la frontera de Estados Unidos. No importa la edad. Una masa humana en la que se confunden brazos y piernas cabalga 'la bestia'. / Reuters

Muchos de ellos han esperado durante semanas visados mexicanos que no han terminado de llegar. Otros, confirma el padre Solalinde, formaban parte de una caravana de 3.000 personas que policías federales y agentes migratorios desintegraron el pasado lunes en una redada en una carretera al este de Ixtepec. «Es un hecho que, como decenas de puntos de revisión migratorios y policiales se extienden a lo largo de las carreteras, muchos migrantes ya consideran que la forma más segura, aunque todavía riesgosa, para llegar a la frontera con Estados Unidos es el tren», explica el sacerdote.

De poco sirve que el 18 de enero el Gobierno de México pusiera en marcha un plan de atención a las caravanas para tratar de garantizar un acceso ordenado y seguro al país, respetando los derechos humanos de los migrantes. De hecho, según datos el Instituto Nacional de Migración (INM), desde ese momento hasta ayer se han registrado 9.957 solicitudes de permisos para adultos por razones humanitarias y otras 2.346 para niños y adolescentes.