Los pecados de la Sagrada Familia

Por el edificio más visitado de España pasan a diario 60.000 turistas. Los alquileres se han disparado, ha desaparecido el comercio de proximidad y los vecinos están hartos de convivir con unas grúas que, a decir de muchos expertos, están desvirtuando la obra de Gaudí

Los visitantes se agolpan para ver la fachada del Nacimiento del templo, construida en tiempos de Antoni Gaudí. /Quique García. EFE
Los visitantes se agolpan para ver la fachada del Nacimiento del templo, construida en tiempos de Antoni Gaudí. / Quique García. EFE
ANTONIO PANIAGUA

La Sagrada Familia vive un idilio fidelísimo con el turismo, pero ese matrimonio se torna en divorcio irreconciliable entre el templo y los vecinos del barrio. Residir en las calles adyacentes a la basílica es un lujo, y como tal se paga. El alquiler de los pisos escala por las nubes, es difícil transitar por las aceras y el comercio de proximidad ha desaparecido. Es más fácil comprar una camiseta del Barça en los alrededores de la iglesia que una normal de las que se emplean cuando el frío arrecia. Unos 4,6 millones de turistas, la mayoría extranjeros, franquean cada día las puertas de la Sagrada Familia, el monumento diseñado por Antoni Gaudí y del que se puso la primera piedra en 1882. Desde entonces, la obra inacabada más visitada y admirada de España se ha convertido en la bendición de las tiendas de recuerdos y un calvario para los habitantes de la zona.

Adrià Sans, un vecino de 66 años, vive a dos centenares de metros del edificio diseñado por Gaudí y argumenta que el mero hecho de hacer la compra es agotador: «Es una especie de yincana. Parece una autopista en día de atasco». Razón no le falta, porque la Sagrada Familia es lo que la Torre Eiffel a París o el Coliseo a Roma.

En octubre se firmó un acuerdo entre el templo expiatorio y el Ayuntamiento. Se quería poner fin a una situación anómala: la Sagrada Familia llevaba 133 años sin pagar un solo euro por los permisos de obras, cuya solicitud se acaba de presentar hace unos días. Si ahora la junta constructora ha pedido la autorización pertinente es porque el gobierno de la alcaldesa Ada Colau y el templo pactaron regularizar las obras. Ello se traducirá en el abono por parte de los responsables de la basílica de 36 millones de euros en diez años para compensar los gastos que genera el megaproyecto a la ciudad. Es una suerte de compensación por el casi siglo y medio durante el que el edificio ha ido creciendo sin pagar un céntimo.

Las grúas forman parte consustancial del paisaje cotidiano del entorno de la Sagrada Familia.
Las grúas forman parte consustancial del paisaje cotidiano del entorno de la Sagrada Familia. / PAU BARRENA/AFP

No es solo la Sagrada Familia; también La Pedrera y Casa Batlló han sido tomadas por una riada de turistas que ha obligado a acometer reformas con el fin de que puedan acoger visitas multitudinarias. Y no se trata de cambios mínimos, sino monumentales. El profesor e historiador Juan José Lahuerta, autor de 'Antoni Gaudí. Fuego y cenizas' (Tenov), denuncia que el arquitecto modernista ha sido objeto de un proceso que está desvirtuando su obra. Gaudí murió en 1926, cuando únicamente se habían construido la cripta, el ábside y parte de la fachada del Nacimiento. Las obras posteriores son, según Lahuerta, interpretaciones hechas a partir de dibujos y planes que tienen mucho de invención y poco que ver con el espíritu y la obra de Gaudí.

Para Lahuerta, el célebre arquitecto modernista «ha sido secuestrado por la explotación turística y comercial», lo que ha llevado su obra a «las hogueras comerciales». El experto critica que los discípulos de Gaudí que han retomado su legado no hayan hecho nada por diferenciar la obra original de su recreación posterior a su muerte. «La Sagrada Familia se ha convertido en un pastelito y Gaudí se vende como un personaje alegre, del Mediterráneo», alega Lahuerta, quien arguye que Gaudí es más que nunca el ejemplo de la explotación comercial que la ciudad hace de sus símbolos.

Arriba, la construcción, a principios del siglo XX. Abajo, a la izquierda, autobús turístico en el barrio donde se ubica el templo. A la derecha, un grupo de japoneses fotografían la basílica. :: efe / R. C. | AFP | EFE

Autobuses a tope

Si 4,6 millones de personas visitan el templo al año, los que se quedan fuera para atisbar las líneas espigadas de la basílica suman 20 millones, según explica el portavoz de la Asociación de Vecinos de la Sagrada Familia, Joan Itsaxo. «Aquí, en temporada alta, que ya dura seis meses, llegan 60.000 visitantes diarios, una cantidad que el barrio es incapaz de digerir. Las calles Marina, Mallorca y Lepanto suelen estar tan congestionadas que en ocasiones los vecinos tienen dificultades para entrar y salir de casa», alega. Aunque hace ocho años se prohibió a los autobuses cargados de gente aparcar ante la iglesia, donde se formaban dobles y triples filas de vehículos, los problemas persisten. En algunos chaflanes las aceras se ensancharon, pero la presión de los turistas era tal que en las calles Marina y Cerdeña se tuvo que habilitar un carril de la calzada como espacio para las terrazas. Solo de este modo se aligeraba algo la masificación de peatones.

Nadie es capaz de pinchar la burbuja del alquiler, que sube como un globo inflado de helio. Itsaxo asegura que la codicia especulativa se está traduciendo en precios desorbitados en el sector de la hostelería y la vivienda, hasta el punto de llegarse a pagar 2.200 euros al mes por un piso de 75 metros cuadrados. «Hoy precisamente hemos detenido por segunda vez un desahucio. El barrio se está gentrificando y el arrendamiento hace imposible que aquí se queden a vivir los jóvenes», asegura el portavoz vecinal.

Los residentes no paran de acumular agravios y ven con resentimiento cómo el proyecto de ampliar la iglesia no solo no revierte a favor de los vecinos, sino que además los expulsa de sus hogares. Está aprobada la construcción de un gran voladizo de 25 metros de altura y 50 metros de longitud que, de acuerdo con los damnificados, será el primer paso para la edificación de una escalinata de acceso al lugar de culto. Si se llevase a cabo, tendrían que ser desalojados mil pisos y 3.000 vecinos.

Los sablazos que por estos lares se infligen son propios de un faquir. Abraham Parrilla desayunó con tres amigos hace un tiempo en la terraza del bar Trabucaire y los cuatro salieron trasquilados. Por unos cafés, unas tostadas y una ración de churros les cobraron 32 euros. «Fue un abuso y un atraco. Entiendo que sea zona turística y se cobre algo más, pero se ha ido demasiado lejos», se queja con amargura Abraham. El precio no está mal si se tiene en cuenta que la terraza del establecimiento era ilegal, según la asociación de vecinos. La web de viajes TriAdvisor está llena de comentarios como este sobre los bares de la zona, especialmente los ubicados en la calle Mallorca.

Desde que, en 2010, el Papa Benedicto XVI consagrara la basílica, las visitas han crecido de forma exponencial. Los cuantiosos ingresos que obtiene la Sagrada Familia, del orden de 80 millones de euros anuales, hacen innecesaria la percepción de subvenciones para acabar las obras, que se prevé que acaben en 2026. Cuatro años antes, la torre de Jesús rasgará el cielo de Barcelona con sus 172,5 metros de altura, lo que convertirá la basílica en el edificio más alto de Barcelona. La construcción se adentra en la recta final: ya está ejecutado un 70% del proyecto, que se levanta a ritmo acelerado gracias a los 50 millones de euros que se gastan anualmente. A 17 euros la entrada básica, la junta constructora goza de sobrada liquidez.

El de la Sagrada Familia es un caso de cómo un edificio embelesa al pueblo llano e irrita a algunos afamados expertos. El prestigioso arquitecto Oriol Bohigas abominaba de él y consideraba la obra una «vergüenza mundial», un pastiche que había que dinamitar porque el alma de Gaudí había sido traicionada. Lo recuerda bien el escritor y miembro de la RAE Félix de Azúa: «En aquel entonces, Bohigas y los sabios de la Escuela de Arquitectura de Barcelona estimaban que la arquitectura modernista era una vergüenza, un estilo que solo colmaba la ignorancia y la vanidad de los propietarios, por eso había tanto cristalito, tanta escultura, tanta columnita... Por eso defendía dinamitarlo. Luego el asunto cambió a partir de los Juegos Olímpicos de 1992: había que buscar algo emblemático que vender a las agencias de turismo y las revistas». Al principio se buscó en el Barrio Gótico un icono que exportar al mundo, pero por esos años olímpicos el barrio estaba tomado por la delincuencia. Además, el 60% del conjunto eran reconstrucciones del siglo XIX. «Del mismo modo que el surrealismo, a mí, personalmente, no me interesa nada, el modernismo me parece un arte de burgueses enriquecidos sin ningún criterio arquitectónico, ideológico, estético o moral», arguye Azúa.

La Basílica

Exponente del modernismo
La Sagrada Familia es la obra maestra de Antoni Gaudí y el máximo exponente de la arquitectura modernista catalana. Figura ya como el monumento más visitado de España, por delante incluso del Museo del Prado y la Alhambra de Granada. Durante la vida de Gaudí solo se completaron la cripta, el ábside y, parcialmente, la fachada del Nacimiento. Su ayudante, Domingo Sugrañes, retomó el mando de las obras. En la actualidad, la séptima generación de arquitectos se encargará de culminar las obras.
36
millones de euros debe pagar la Junta Constructora de la Sagrada Familia al Ayuntamiento de Barcelona. Durante 133 años, ha ido creciendo sin renovar los permisos administrativos que pidió el arquitecto Gaudí en 1885. Esta cantidad se abonará en diez años e irá destinada a «mejorar los entornos urbanos de la basílica y del transporte público de la zona». La idea es que se conceda la licencia antes de las elecciones municipales de mayo. Los constructores dicen que el templo crecerá por la calle Mallorca, lo que supondrá echar a 3.000 vecinos de sus casas.
18
torres tendrá el templo, cuatro en cada una de las tres fachadas; es decir, doce, por el número de apóstoles de Jesús. A ellas se sumará una en el centro del cimborio que medirá 172,5 metros; otras cuatro están dedicadas a cada uno de los evangelistas, y una última coronará el ábside en honor a la Virgen. En 2012, Jordi Faulí se encargó de la dirección de las obras. Está previsto que acaben en 2026. La polémica siempre ha rodeado al proyecto. En 2010, se construyó el túnel del AVE. Entonces nadie sabía si la perforación de la galería podría afectar a la basílica. Los responsables del templo rechazaron dar la información pertinente al Ayuntamiento, la Generalitat y al Ministerio de Fomento. Solo se avinieron a hacerlo cuando se presentaron dos ingenieros alemanes de la Unesco, organismo que declaró la basílica Patrimonio de la Humanidad hace catorce años.
Exponente del modernismo
Al margen de las polémicas urbanísticas, las obras de la Sagrada Familia continúan a un ritmo vertiginoso, a medida que ha ido aumentando el número de visitantes. Ya se ha ejecutado el 70% de los trabajos y en 2022 se espera que esté levantada la Torre de Jesucristo.
20
millones de visitantes reciben cada año los alrededores de la Sagrada Familia. Algo más de una quinta parte (cuatro millones y medio) entran en su interior. La mitad de los visitantes pasan menos de 40 minutos alrededor del templo y solo el 6% de los turistas son de nacionalidad española. Según la asociación de vecinos, la cifra de turistas quintuplica la del número de vecinos del entorno inmediato de la basílica. Una de las consecuencias de esta oleada es la desaparición del comercio tradicional, que ha sido sustituido por tiendas de 'souvenirs'.

Los detractores

Hoy la propuesta de Oriol suena a comentario de trazo grueso desde que se supo que los terroristas de la Rambla también pretendían la voladura de la iglesia. Al margen de las disonancias que provoca la apostilla, la Sagrada Familia siempre ha tenido célebres detractores, como Picasso y George Orwell. Le Corbusier o Joan Miró eran partidarios de dejar el edificio sin terminar.

El trajín de gente cargada de maletas no se detiene. Los que dejan el apartamento turístico se cruzan con recién llegados a la ciudad. Cada semana aparece una furgoneta blindada que se lleva la recaudación del templo. «Desde la estancia del Papa Ratzinger hasta ahora, las visitas han pasado de 3,2 millones a 4,6. Y lo peor de todo es que algunos cálculos urbanísticos se han hecho tomando como referencia una cifra obsoleta», subraya Joan Itsaxo.

Una de las pocas cosas que pueden consolar a los vecinos es la revalorización de sus inmuebles. El precio medio del metro cuadrado está entre 4.800 y 5.000 euros, aunque al final todo depende del estado del piso y su ubicación. Algunos extranjeros que adquieren propiedades no tienen intención de vivir en el barrio, sino hacer una inversión ventajosa a la vista de que los precios no decaen. Tal circunstancia no deja de ser una paradoja porque, en los años 70, estas calles conformaban un barrio un tanto gris y apagado, muy lejos del frenético ritmo actual. Esas prisas también se notan en la construcción. En vez de piedra a piedra, en las torres se colocan módulos con varias de ellas ensambladas para agilizar los trabajos. Todo debe estar listo en 2026, para coincidir con el centenario de la muerte de Gaudí

Antonio Gaudí: un arquitecto al que quieren convertir en santo

Antoni Gaudí (1852-1926) es el único arquitecto cuyas obras registran colas monumentales. No siempre ha sido así. En el pasado, Gaudí era denostado por «estrafalario». Hoy, en cambio, es objeto de devoción. Sus piezas están en los museos MoMA de Nueva York y Orsay de París, entre otros muchos, lo que le coloca a la altura de los grandes artistas plásticos. Una asociación promueve la beatificación del creador. En la actualidad, el proceso está abierto en Roma, en la Congregación para las Causas de los Santos del Vaticano, a cargo de la postuladora Silvia Correale. El tribunal ha de determinar si ha existido algún hecho milagroso en su vida. Gaudí en los primeros años de su vida no era creyente, pero abrazó la fe a una edad ya madura.

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