A cuatro manos: Lidiar con la brecha digital

A cuatro manos: Lidiar con la brecha digital
Carolina Cancanilla
LALIA GONZÁLEZ y JUAN JOSÉ TELLÉZ

Hay generaciones que han tenido que lidiar con la brecha digital, pero también han conseguido hacer suyas las tecnologías.

Lalia González-Santiago Sin culpa

No conviene simplificar. Los que no somos nativos digitales tampoco hemos de ser necesariamente analfabetos digitales. Internet nos llegó a cierta edad, pero no por ello permanecimos ajenos al nuevo entorno tecnológico. Creo que supimos subirnos al carro con entusiasmo y demostramos una voluntad encomiable para aprender procesos y poner cara de póker ante las frecuentes situaciones de fuera de juego. Yo misma le puedo disputar a cualquier millenial la adicción al móvil. He llegado a trabajar con cuatro pantallas a la vez, abiertas y complementarias: un ordenador de mesa, un portátil, una tablet y un teléfono, sin colapsar. Las mujeres, ya se sabe, podemos hacer varias cosas a un tiempo.

Lo único que tenemos los senior tecnologizados es una frecuente mala conciencia por esta ocupación. Hay un pensamiento común que demoniza el tiempo que se dedica a leer en el smartphone, que según estudios superan las cinco horas al día, con consultas casi espasmódicas cada diez minutos como media. Incluso hay un nombre, 'nomofobia', para el síndrome que sufren quienes tienen miedo a dejarse el móvil en casa.

Me harta este afear siempre la adicción tecnológica (la media, no la enfermiza de quienes llegan a estar días y días jugando sin parar). La puñetera culpa judeocristiana. No creo que el mundo sea mejor sin estas nuevas tecnologías. Ni que tengamos que fustigarnos por usarlas. Bien es verdad que es preciso mantenerlas bajo control, pero dejadme en paz con mis artilugios. Quienes critican a los que cada mañana miramos la pantallita al despertar ¿qué es lo que hace ellos, declamar los Sonetos de Shakespeare?

«Me inicié tardíamente a Internet, pero ahora no hay quien me saque de la Red»

Me encanta mandar whatsap, que me evitan charlas tediosas. Es un avance potente. De hecho oí el otro día algo sensacional: «Es tan antiguo que habla por teléfono». ¿Que se ha perdido el arte de la conversación? ya habrá momento, pero se ha ganado en eficacia. De hecho es hasta frecuente pedir permiso, vía mensajería instantánea, para telefonear.

Nunca leí tantas noticias, nunca las mías pudieron llegar tan lejos, ni veo otro sistema más eficaz para tener a mano la actualidad, hasta periódicos lejanos, la meteo, el horario de mareas, las series de TV, la radio, los portales de compra, los libros, los juegos. Nunca pude soñar con mantener conversaciones remotas con gente interesante, inalcanzables en analógico. Me fascinan las redes sociales, que reúnen todo lo mejor y todo lo peor de la especie humana, que pasan de lo sublime a lo miserable en un fragmento de segundo, que renuevan el lenguaje y ofrecen, a poco que una tenga un TL medio presentable, el más brillante ingenio.

Pero lo que me tiene matada es el submundo de los youtubers. Los canales que consumen los niños me resultan otra dimensión del horror: familias absurdas que hacen cosas corrientes, niñas insoportables que tiranizan a sus madres, otras que fingen juegos afectados o se peinan y visten como adolescentes... Pero tienen millones de suscriptores, de visitas y ganan fortunas. Ahí sí que me reconozco completamente antediluviana.

Juan José Téllez Saltando en el carro

Desde hace varios meses, los usuarios que le quedamos a Facebook después del escándalo de la campaña electoral norteamericana, nos vemos sorprendidos por un mensaje repetitivo en nuestros muros que reza: «Bueno, yo también estoy saltando en el carro. Luchando contra este cambio de algoritmo de Facebook, porque definitivamente me he dado cuenta de que ya no estoy viendo muchas de las publicaciones de mis amigos». Y en una jerga que parecía salida del Google Traductor, nos invitaba a elegir nuestras propias lecturas entre las que ofrece habitualmente el caralibro, en vez de dejar que dicha red social elija por nosotros.

Si usted ha entendido mínimamente lo que acabo de escribirle es más digital que analógico, pero lo más probable es que –como yo– no tenga ni puñetera idea de cómo interpretar el calendario zaragozano y sus célebres cabañuelas. Siempre han existido brechas de conocimiento, o mejor dicho, conocimientos diferentes. Mi abuela materna, por ejemplo, no sabía leer palabras, pero sí leía las constelaciones. Maruja, la abuela de mi hijo, envía con regularidad mensajes de Whatssaps a todos sus nietos. A sus 96 años, mi tío Antonio, en su Jimera natal, no sabrá probablemente qué nuevas series nos anuncian las plataformas digitales, porque no tiene plataformas digitales y la única serie que conoce es la de la sucesión de siembras y cosechas, sobre cuya periodicidad este listillo que les escribe carece de la más mínima noción. En mi infancia, doña Ramona, que me enseñó a leer tebeos, creía que en cada televisor ocurría algo distinto, a pesar de que tan sólo hubiera una cadena: con treinta años de anticipación, había inventado Canal Plus.

«Me fascinan las redes sociales que reúnen todo lo mejor y todo lo peor de la especie humana y pasan a de lo sublime a lo miserable»

Me inicié tardíamente a Internet, pero ahora no hay quien me saque de la Red. Todos los integrantes de la tercera edad del bonito pueblo de Jun parecen hackers porque su ayuntamiento fue visionario y precoz a la hora de impartirles cursos para que el mundo estuviera en sus manos a través de una pantalla de plasma. En 1998, yo porfiaba con el periodista Fernando Santiago sobre el albur de que la brecha digital iba a profundizar en las brechas sociales y económicas del tercer mundo respecto al primero. En un ciber de Cuzco, se nos sentó al lado un indio que presumiblemente sólo hablaría quechua y se puso a teclear como un proceso: «¿Qué me decías de la brecha digital?», me preguntó con una sonrisilla malange.

Meses después de que aquel mensaje clónico en nuestros muros sociales, sigo sin saber qué leches quiere decir eso de que también estoy saltando del carro. La brecha tecnológica, informática, como queramos llamarla no estriba tanto en la formación académica de quienes la perpetren, ni tampoco en su edad o hábitat –urbano, rural o mediopensionista–. Se trata, como en casi todo, de una actitud ante la vida. Es una cuestión de elegir qué queremos saber y hasta dónde queremos saberlo para que el disco duro de nuestra memoria o de nuestras costumbres no termine saturado. Hace unos días, la actriz, teatrera y chirigotera Ana López Segovia, del grupo Las Niñas de Cádiz, zanjaba la cuestión con una sentencia rotunda en su muro: «Estoy hasta el Igor del algoritmo del Facebook». Yo también.

 

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