«El perro me ha devuelto la libertad que los malos tratos me arrebataron»

Voluntarios del proyecto Pepo ofrecieron ayer una charla sobre sus objetivos a alumnos de la UMA. /Francis Silva
Voluntarios del proyecto Pepo ofrecieron ayer una charla sobre sus objetivos a alumnos de la UMA. / Francis Silva

La Fundación Mariscal dona canes adiestrados para tareas de protección a mujeres que han sufrido la violencia de género

ALVARO FRÍAS y JUAN CANOMálaga

Aquella noche fría y oscura, María –un nombre ficticio para proteger su identidad– corría por las calles, mojadas por la lluvia, despavorida con su pequeño de tres años en brazos. Huía de su marido «para sobrevivir», para buscar esa libertad que los malos tratos le habían arrebatado. Ahora, unos años después, la ha recuperado gracias a Conan, su compañero de cuatro patas del que «nunca» se separa.

María relató ayer su historia a los alumnos de la Universidad de Málaga en la Facultad de Estudios Sociales y del Trabajo. Allí, se dio a conocer la labor de la Fundación Mariscal, que es la que ha puesto en marcha el proyecto Pepo, por el que ha donado ya 50 perros de protección a víctimas de violencia de género a lo largo del país.

Su «infierno» comenzó cuando solo tenía 14 años: «Me casé con un chico y, a la semana, recibí mi primera paliza. Durante el tiempo que he estado con él he sufrido todos los tipos de maltrato, consecuencia por la que tengo ocho puñaladas en mi cuerpo». Una de esas cicatrices le recorre el cuello de lado a lado: «Me iba de la casa o me mataba».

Pero no fue una tarea fácil. María asegura que su marido la tenía encerrada en casa y que solo podía salir «bajo su mandato». A los 24 años, gracias a un despiste, consiguió huir de la vivienda. Entonces, indica, empezaba un camino sola, que cambiaría por completo cuando un día vio un artículo en un periódico en el que se hablaba del proyecto Pepo.

La fundación lucha para que estos perros puedan acceder a todos los espacios

«Con una timidez inmensa, porque no era capaz de hablar con un hombre», María le relató su caso a Ángel Mariscal, propietario de la empresa Security Dogs y fundador de la citada fundación. Accedió al proyecto, pero no iba a ser una tarea sencilla que Conan llegase a su vida.

Cuenta que tuvo que pasar una serie de filtros y, sobre todo, un intenso entrenamiento de adiestramiento de unas 300 horas de duración. Entonces Conan entró en su vida y su día a día cambió por completo. No por el simple hecho de contar con una medida de protección sino porque fue recuperando «esa libertad de la que te privan los malos tratos hasta un extremo muy alto, en el que eres incapaz de salir sola a la calle o de relacionarte por miedo».

Y es que, como expone María, el hecho de tener un perro te obliga a una serie de responsabilidades: «Tienes que sacarlo y, entonces, te cruzas con otros dueños, que te saludan y te hablan. Eso te hace relacionarte con ellos y te da seguridad».

María insiste en que ahora es más fuerte gracias a Conan y a Ángel, así como a las otras mujeres que forman parte del proyecto y que se han convertido en su «familia».

Ángel señala que los perros que se eligen para esta labor tienen que tener un físico que imponga, así como un elemento indispensable: instinto de protección: «No todos lo tienen y para nosotros es muy importante. Ya que no queremos que ataque o salga a 50 metros a por alguien, sino que proteja al acercarse la persona en cuestión y sea capaz de repeler una agresión».

El secreto está en la formación y en el binomio inseparable que pasan a formar la mujer y el perro. Logan, un pastor alemán enorme, lo conforma con Ana –otro nombre ficticio por las mismas razones–. Ella fue maltratada en dos ocasiones: «La primera vez fui y le denuncié. La segunda, se saltó la orden de alejamiento y me volvió a maltratar. Sigo aquí gracias a un vecino, si no me hubiera degollado con un cuchillo de carnicero».

Amenazada de muerte, Ana recuerda que antes se escondía, pero que ahora, gracias al proyecto Pepo, ya no lo hace. Logan le ha dado «esa fuerza que necesitaba» y ha dejado atrás el miedo que le impedía salir de casa. «No me podía ni acercar a un hombre. Ahora me relaciono con normalidad e incluso salgo sola a la calle de madrugada y voy muy tranquila», apunta.

Ana y María son solo dos ejemplos de todas esas mujeres que han recuperado la vida que les arrebataron sus maltratadores. Junto con la fundación, luchan porque esa libertad sea completa y se reconozca a sus perros de protección como los perros guía, que trabajan con personas ciegas o con deficiencia visual, para que así puedan acompañarles en todos los espacios.

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