El desafío hawaiano de Jongeneel

El malagueño nadará desde la isla de Oahu a la de Molokai para recaudar fondos e instalar plantas potabilizadoras en colegios de la India

Ñito Salas
Juan Calderón
JUAN CALDERÓN

Christian Jongeneel (Rincón de La Victoria, 1974) habla de kilómetros en mitad del mar como el que va a dar un paseo por el barrio. Este malagueño es un caso único en la natación española, que nos ha acostumbrado a que enormes desafíos físicos y deportivos nos parezcan hasta normales. Un día cruzó el Estrecho de Gibraltar, le pareció poco y lo hizo ida y vuelta, también nadó de Inglaterra a Francia por el Canal de la Mancha, cruzó el estrecho de Cook (Nueva Zelanda), hzo la travesía Al-Assad de Siria, atravesó el Canal de Santa Catalina infestado de tiburones (California), se adentró en la Puerta de la India (Mumbai), le dio dos vueltas a la isla de Manhattan en Nueva York (93 kilómetros) e incluso nadó de Tenerife a Gran Canaria en la que ha sido su última gran gesta... Lo mejor de todo es que todos estos desafíos los hace con un fin solidario desde la asociación Brazadas Solidarias en favor de la Fundación Vicente Ferrer, que realiza una enorme labor con los más desfavorecidos en India.

Ahora ya se ha propuesto recaudar dinero para instalar depuradoras de agua en colegios de una de las zonas más pobres de este país, en la que los niños, al no disponer de agua potable contraen todo de enfermedades por este motivo e incluso mueren. Y para conseguir la mayor cantidad posible, va a acometer una de las travesías más peligrosas que ha realizado en su carrera. En septiembre tiene previsto unir a nado las islas hawaianas de Oahu y Molokai, unos 55 kilómetros en uno de los estrechos más imprevisibles del mundo por las grandes olas que registra y la fauna marina que tiene. Se trata de una travesía con una larga tradición en Hawái, pero que los participantes cubren normalmente a remo y raras veces a nado.

Jongeneel analiza el reto con una frialdad que sorprende después de los desafíos que ha cubierto en los últimos años. «Uno nunca sabe dónde están los límites. Cuando hice la de Nueva York yo nunca había nadado antes 93 kilómetros y no sabes si iba a poder terminar. No hay que preguntarse las cosas, sino intentarlas. Al acometer la doble vuelta a la isla de Manhattan; mi contacto allí me dio la mano y me dijo 'Nos vemos mañana'. Fue entonces cuando caí en que iba a estar un día entero en el agua. Muchas veces es mejor no pensar las cosas, porque si lo haces te echas atrás».

Jongeneel, durante una de sus travesías en mar abierto.
Jongeneel, durante una de sus travesías en mar abierto. / SUR

Las islas de Hawái, en mitad del océano Pacífico, son famosas por registrar las mayores y más potentes olas del mundo; todo un paraíso para el surf y otros deportes acuáticos, pero no para travesías de este tipo en mitad del mar. Esto será un gran 'handicap' para el nadador malagueño, además del viento, pero también la elevada población de tiburones tigre y blancos, los más peligrosos que existen. Su mentalidad le da para relativizar estos riesgos. «La verdad es que he tenido suerte de no encontrar grandes bancos de medusas, que es algo que te puede obligar a dejar una travesía. Me ha pasado que el barco que me acompaña me ha perdido de vista durante la noche, por eso hemos mejorado la seguridad y en Hawái llevaré una radiobaliza por si me pierdo», explica.

¿Cómo se prepara?

La preparación física del reto ya ha comenzado para Jongeneel, aunque también lo hará a su propio estilo. En unos tiempos en los que aficionados y profesionales utilizarían cualquier avance técnico y tecnológico, sorprende la normalidad del malagueño cuando se le pregunta cuántos kilómetros de nado acumulará hasta septiembre. «Mi preparación es nadar mucho y buscar todo el tiempo que pueda para hacerlo. Hasta ahora lo he hecho en la piscina y ahora ya empiezo a nadar mañana y tarde en el mar. Cada quince días hago una sesión larga de cinco horas. No sé cuántos kilómetros acumularé (risas). Es cierto que la gente usa relojes de esos que te lo dicen todo. Yo soy muy arcaico y me voy guiando por los edificios que hay en Rincón de la Victoria, la torre del Mercadona de Chilches y así (más risas)... No cuento los metros. Es cierto que la gente a veces alucina porque suele llevar los entrenamientos programados, publica porcentajes, tiradas... Yo llevo el reloj más barato del Decathlón... No he servido nunca para eso. Cuando entrenaba al más alto nivel, viví eso desde niño, pero esto también caduca. Mi fórmula no es seguramente la mejor, pero sí la que más me llena», explica.

En agosto pasado, el alicantino Jorge Crivillés empleó 18 horas en acometer este mismo reto también con un fin solidario y ya le ha dado algunas nociones sobre el desafío a Jongeneel. «Me ha hablado maravillas de Hawái. Tiene una naturaleza casi virgen y el agua es muy cristalina, pero eso tiene sus riegos también en el agua porque la fauna marina es peligrosa. Hay una gran cantidad de tiburones y se acercan mucho a los nadadores». Para evitar riesgos, el malagueño medita usar una pulsera que repele a los escualos e instalar en el barco de apoyo un sistema similar más potente, aunque no lo tiene claro porque teme el efecto contrario, el de llamada.

Jongeneel ya ha comenzado la campaña para recaudar fondos para las plantas potabilizadoras de agua que la Fundación Vicente Ferrer quiere instalar en colegios de India. Instituciones y empresas malagueñas ya han mostrado su interés por el proyecto, pero también se puede colaborar con microdonaciones individuales antes y durante el reto de la Oahu-Molokai. «Lo que realmente me llena es que personas anónimas participen de estos proyectos y ahora las travesías se pueden seguir en tiempo real. Al final, cuando estás nadando con vómitos y mareos, el fin solidario da sentido a lo que hace, pero también por esas personas que colaboran con esta campaña. Necesitamos a mucha gente que nos apoye»