After: seguir la fiesta después de la fiesta

Fue un fenómeno en Málaga que hoy en día no predomina pero que nunca ha dejado de existir

Los ‘after’ tuvieron su punto álgido a finales de los 90. /
Los ‘after’ tuvieron su punto álgido a finales de los 90.
IVÁN GELIBTER

La avenida Palma de Mallorca, en Torremolinos, tiene una estrecha mediana que separa los carriles de cada sentido. Pero más que como mediana, esta parte de la carretera funcionaba como una pequeña isla en la que pararse para llegar desde la Passion hasta Voltage; una ayuda para los incautos fiesteros que cruzaban este tramo para estar bajo la luz del sol el mínimo tiempo posible. Una suerte de ruta en la que más de una vez pudo haber ocurrido lo peor. Así lo recuerda la Mari de la Passion, una pelirroja con una red de contactos que llegan al infierno y que todo el mundo recuerda de aquellos maravillosos años en los que irte a un after institucionalizado no era una moda, sino más bien una autoimposición a la hora de salir a bailar.

Como autómatas que siguen instrucciones sin saber de dónde vienen, hombres y mujeres se acercaban antes de todo ello a una imponente jaula situada dentro de la Passion, y que todo el mundo la reconocía cuando no había gogós bailando en su interior como el lugar en el que comprar las entradas de Voltage. En esa casa en la que se hicieron reconocidos DJs como Miguel Picasso o Anthony Class se pasaban cientos de jóvenes y no tan jóvenes las mañanas de domingo hasta el año 2008; siempre bajo la necesidad de seguir con una diversión que no tenía por qué acabar con la salida del sol o el apagado de los locales que copaban la noche. El hilo conductor se estructuraba desde el anfiteatro que era aquel oscuro lugar, y cuando la música lo planteaba, la cabina del DJ tomaba la determinación de moverse de un lado hacia otro, acompasando el movimiento de una masa que podía estar parada hasta el mediodía del último día de la semana.

Voltage era una referencia, el paradigma de la cultura after moderna, pero no la génesis. La Luna de España, también en Torremolinos, fue uno de los puntos de partida que justificaban la necesidad de seguir alimentando una tendencia que un día dijo basta. En esos años albores de los 2000, se empezó a acuñar el término de «boquetazos» para hacer referencia a unos lugares a los que había que estar acostumbrado a ir para no sentirse escandalizado, como cuando se entraba por la puerta del Bronx, una taberna ambientada como tal pero que escondía oscuras esquinas en las que sentirse aún de fiesta.

Con el paso de los años, y sin un porqué claro, esta tendencia comenzó a venirse abajo. De nada sirvieron esas sesiones matinales de domingo del Emporio, en la Nogalera, que pese a estar prácticamente llenas eran el único nexo entre la noche del sábado y el lunes laborable. Eso sí, la cultura del tapadillo nunca dejó de estar presente, y si se conocía a alguien que conocía a alguien, uno siempre podía refugiarse allí hasta que las puertas se abrieran de forma oficial, siempre y cuando no se escogiera la opción de terminar en el Abismo.

La sordidez era una característica implícita en estos locales. Por eso no importaba que muchos de ellos fueran también puticlubs disfrazados de after, o bares de toda la vida con espacios reservados. Y si uno quería estar más tranquilo, también tenía la opción de ponerse unos cascos en el Santos de Edgar, y seguir así con la música, pero solamente en su cabeza.

Un día, sin que nadie se diera cuenta, todo dejó de tener sentido en Torremolinos. Como una ironía difícil de encajar, el mundo del cine en horario matinal de domingo terminó por mezclarse con la cultura after que ofrecían los enormes locales de Plaza Mayor. Pero aquello era una traslación del concepto madrileño aplicado a la Costa del Sol, y cuyos espacios de referencia eran el Boga-Boga, el Soho y el Malibú. Ya no importaba haber salido el sábado, e imitando al gran Space de Madrid, todo mutó a la primacía del domingo; levantarse «prontito» para terminar con el ocaso del último día de la semana, una situación insostenible que mezclaba los botellones en el parking con familias y niños pequeños.

En la capital tampoco había solares vacíos para pasar la mañana. La Luna Rubia, cerca del Flor de Lís y de su Carmen tuvo su gran momento cuando los años 90 ya tocaban su final;un espacio que compartía con el Onda Pasadena, ese lugar que ha visto pasar y sigue viendo a generaciones tras generaciones una vez que han abandonado los sitios de moda del momento;como lo fue en su tiempo un Warhol que estuvo precedido en esas mismas paredes, por el Bruja, un after de la misma calaña que los que se reproducían en Torremolinos.

Pero luego los grandes after pasaron a ser casas particulares en las que incluso se pagaba en la puerta para poder entrar, como la casa de Javi Parties o la casa de Leo. La poca vida de la mayoría de locales abiertos al público se debía al poco consumo de bebidas en el interior. A esa hora la cosa ya no está para seguir con la retahíla de copas, sino que es más bien la búsqueda de cuatro paredes que escondan la realidad de que el fin de semana ya tiene poca historia que contar. Y si no, siempre estaba el domicilio de algún conocido, a ser posible en alguna callejuela del Centro sin vistas a vías principales en las que esconderse una cuantas horas.

Los after nunca han dejado de existir, pero son casi una especie en extinción. En Málaga aún funciona el Lolas, al que todo el mundo llama así por su dueña, y que se reconoce fácilmente por sus canicas y botellas colgadas por todas las paredes que conforman el espacio. En Torremolinos, después de algún circunloquio por los aledaños de la calle San Miguel, está el Suburbio o así llaman algunos a este sitio sin rótulo en la puerta, al que se accede por un turbio pasillo en obras que termina en una pista de baile en la que nunca se recuerda que es hora de irse a la cama.

Nadie habla de los after. Hoy las cosas han cambiado y cuesta reconocer que a las 11 de la mañana se puede querer seguir bailando. Pero desde el Voltage hasta el Suburbio, la Costa del Sol tiene una historia de la noche que no por su oscuridad deja de ser menos determinante. Porque a veces, uno no quiere terminar, sino que quiere bailar, y no dejar nunca de hacerlo, aunque el sol diga otra cosa.

 

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