Proyecto Hombre: cuidar al que cuida

La fundación pone en marcha un proyecto pionero para atender los casos de depresión crónica que quedan fuera de la atención primaria

Gemma Cejudo, Francisco Javier Aranda y Esther Romero (en el centro), durante la terapia de grupo del programa 'Alaia'. /MIGUE FERNÁNDEZ
Gemma Cejudo, Francisco Javier Aranda y Esther Romero (en el centro), durante la terapia de grupo del programa 'Alaia'. / MIGUE FERNÁNDEZ
Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Sus rutinas cotidianas llevan años plagadas de renuncias personales. Por el camino se olvidaron de ellas mismas y el cuidado de las personas a las que atendían se convirtió –casi– en el único motor de sus vidas. Y ese trayecto ha terminado por pasar una factura cuyo precio es demasiado alto, no sólo por el efecto demoledor en su salud, sino por la losa de silencio y desatención que pesa sobre ellas: depresiones crónicas, excesiva medicación, falta de autoestima y de herramientas para salir adelante y en algunos casos incluso adicciones que se fraguaron en la intimidad del hogar, (re)convertido en una cárcel a la que no ven salida hasta que algo hace 'clic'.

«En sus trabajos de cuidado de los otros, se descuidan a ellas mismas». El diagnóstico lo pone sobre la mesa el equipo de profesionales de Proyecto Hombre, que vio la necesidad de poner en marcha una terapia específica para este enorme grupo silenciado de mujeres –en la mayoría de los casos– que quedan por el camino mientras dan la asistencia a los suyos. «Venían a terapia como apoyo a sus parejas, a sus hijos... ¿pero quién las recupera a ellas?», se pregunta Francisco Javier Aranda, psicólogo sanitario de la fundación que junto con la psicóloga Gemma Cejudo y la médico de familia Esther Romero dan impulso desde el pasado mes de septiembre a un proyecto pionero que trata precisamente de cubrir esa necesidad con un trabajo especializado en varios frentes. El resultado es el programa 'Alaia' (alegría en vasco), centrado en dar respuesta a personas con depresión crónica que llevan medicadas «desde hace demasiados años y que arrastran muchos problemas», añade Cejudo. Porque al contrario de lo que pueda pensarse, Proyecto Hombre no está centrado únicamente en la recuperación de los adictos a las drogas o a conductas nocivas (por ejemplo el juego): al contrario, esa lucha contra los trastornos depresivos crónicos que lastran la calidad de vida del que los sufre se ha convertido en otro frente de batalla que ahora espera dar sus frutos bajo el paraguas de 'Alaia'.

La importancia de contar con una terapia específica para este problema creciente la subraya Esther Romero, que por su experiencia como médico de familia constata que la atención primaria deja fuera del sistema en demasiadas ocasiones a este tipo de pacientes: «En algunos centros de salud hay grupos psicoeducativos, pero limitados en el tiempo, de modo que los afectados de una depresión crónica no ven cubiertas sus expectativas: el médico de cabecera se limita a prescribir medicación y a veces se deriva a Salud Mental, pero allí están centrados en los casos más graves». «En el caso de la medicina privada, muchos de ellos no se pueden permitir el coste de las sesiones con profesionales especializados, y los seguros no dan las suficientes sesiones de asistencia», añade Cejudo. Es decir, que quedan relegados a una especie de limbo en el que el único soporte es el farmacológico a pesar de que llevan años arrastrando cuadros ansioso-depresivos «y no cuentan con las herramientas necesarias para enfrentarse a los problemas». En este escenario, además, muchos de ellos encuentran en las adicciones –sobre todo a las benzodiazepinas, el alcohol o el juego– el 'colchón' en el que refugiarse.

Muchas de las pacientes han encontrado en la adicción al alcohol o al juego una vía de escape

Aunque los terapeutas hablen en genérico, lo cierto es que el perfil de la decena de pacientes que han comenzado su terapia semanal en 'Alaia' y que estarán unos diez meses bajo la tutela de Proyecto Hombre es mayoritariamente femenino: mujer, de entre 45 y 60 años, con un estatus sociocultural medio y medio bajo y que acumulan «muchas heridas incluso desde la infancia». Aunque no en todos los casos, muchas de ellas han sufrido episodios de abusos, de malos tratos en casa, de adicciones en el seno familiar o de relaciones tóxicas. Y a ellos se une el rol de cuidadora.

«El caso tipo es el de una mujer con problemas de depresión crónica porque ha estado años cuidando de su pareja. Cuando su marido está mejor o recuperado de la adicción y los hijos crecen ya no se ven tan necesarias, y es entonces cuando se dan cuenta de dónde están; de que ellas también necesitan una salida», constata Aranda, quien destaca la «extraordinaria importancia» de un trabajo en varios frentes que incluye no sólo la atención individualizada, sino también la terapia de grupo. El especialista se apoya en las cifras de estudios médicos especializados para insistir en que «el soporte farmacológico es una muleta necesaria pero sólo mejora la sintomatología de la depresión en el 10% de los casos. Con la terapia este porcentaje de éxito escala hasta el 30%». Y añade: «La depresión es algo que siempre estará ahí.Es como la diabetes: quien la sufre tiene que cuidarse siempre».

En este escenario, la terapia de grupo «genera un poder de empatía y autoayuda automática entre ellas, que consiguen verse como parte de la solución a su problema», mientras que la atención personal «ayuda a aplicar las herramientas que se han aprendido y a hacer seguimiento». Para avanzar en ambos capítulos, las pacientes reciben pautas para mejorar la autoestima, el autocuidado personal, las emociones o los hábitos saludables; pero también para luchar contra «ideas irracionales» que distorsionan la realidad en el la que viven: el 'no valgo para nada' o 'a dónde voy a ir yo'...

Aunque el camino es lento y los niveles de recuperación no se conocerán hasta que no termine el programa, los promotores de 'Alaia' han comenzado a percibir cambios significativos en este primer grupo de mujeres. Algunas de ellas «han podido bajar la medicación que toman», constata Esther Romero, que mantiene el contacto habitual con los médicos de cabecera y psiquiatras de las pacientes para consensuar cualquier cambio en este sentido; «y a otras se les aprecia hasta un cambio físico: cuando empezaron no se teñían ni maquillaban, y ahora han cambiado la forma de vestir; se cuidan y se dedican tiempo a ellas mismas». «Incluso se atreven a cumplir pequeños sueños», celebra la médico. A recuperar la alegría: o lo que es lo mismo, su 'alaia'.

Nancy Soto, 42 años «No bebo ni juego; tengo depresión y necesito ayuda»

«Estoy casada, tengo un hijo de 13 años y tenemos una empresa de reformas y obras que va bien. Mi vida es normal. Pero tengo una depresión y estoy muy mal desde hace dos años». Nancy Soto se para cuando dice que su vida es «normal», aunque también cuando reconoce que, «aunque no juego ni bebo, necesito la ayuda de Proyecto Hombre para salir adelante».

Esta argentina de 42 años que llegó a España en el año 2000 admite que el principio de su depresión crónica apareció cuando dejó de tener «una vida de locos». Llegó a tener un restaurante en La Carihuela y compartía con su pareja el trabajo al frente del negocio de reformas, muchas de ellas para grandes franquicias: «Tenía a mucha gente a mi cargo, manejaba dinero... pero aquello cambió, y cuando me relajé me deprimí», admite Nancy, una de las últimas en incorporarse al programa 'Alaia'. En su centro de salud le hablaron de esta terapia de Proyecto Hombre y no se lo pensó dos veces: ahora lucha contra la idea obsesiva de que «van a surgir problemas que yo misma me invento y que en realidad no existen». Ella es consciente de esas malas pasadas que le juega la cabeza, «porque luego una ve lo que le ocurre a personas como los padres de Julen y eso sí que son desgracias», admite Nancy, que insiste en la necesidad de que no se vea Proyecto Hombre sólo como un lugar para adictos, «sino también para personas con otros problemas».

Gemma Sánchez, 45 años «En mi casa fue un 'shock' saber que yo era una adicta»

A su familia le costó creerse la confesión que un día les hizo Gemma: «Para ellos fue un 'shock' saber que era adicta al alcohol. Pensaban que era la madre perfecta, la esposa perfecta, la trabajadora perfecta, la perfecta presidente del Ampa del cole de los niños...». Aquella perfección sólo lo era de puertas para afuera: en la intimidad del hogar, esta madre natural de Benalmádena aprovechaba para refugiarse en el alcohol «porque así sentía que dormía y que los problemas se iban». «No me podía permitir fallar, y aquello me ayudaba».

Pero su abuso de la bebida, que comenzó a los 30 años, era sólo el último escalón en una realidad marcada también por los trastornos de alimentación y por los graves problemas en su matrimonio. «Dejé mi vida por criar a mi hija –hoy tiene 20 años, y su hijo pequeño, once–, pero como la convivencia era muy complicada empecé a beber y a tejer una red de mentiras», admite Gemma, que cuando se separó comenzó a trabajar cuidando de noche a personas mayores en una residencia. «En aquella época mezclaba el alcohol con la medicación, y llegué a intentar quitarme la vida hasta tres veces». El problema –admite– es que «como la gente no me veía borracha no sabían lo que ocurría. Sólo mi marido, que decía que eso eran paranoias mentales mías». Entonces llegó la confesión a su familia y el paso adelante para recibir terapia: «Ahora creo en mí como persona».

María José Palomo, 50 años «Llegué a robarle a mi familia para jugar al bingo»

Está en Proyecto Hombre desde diciembre de 2017, y aunque lleva ingresada seis meses en la comunidad terapéutica que la fundación tiene en Algarrobo, María José Palomo ha empezado ver la luz después de demasiados años de oscuridad. Sus problemas de adicción y de depresiones empezaron hace 12 años, cuando se mudó con su pareja y con su hijo a la Estación de Cártama y allí conoció a una vecina «que jugaba mucho al bingo». María José no tardó mucho en hacer suya la costumbre y terminó perdiéndolo absolutamente todo. «Trabajé durante diez años como limpiadora y recuerdo que estaba loca por terminar el turno para ir corriendo a gastármelo todo. Llegué a robarle a mi familia para seguir jugando, vendí todo el oro... todo», admite. Aquella carrera contrarreloj hacia el abismo, unida a una relación de pareja tóxica, se tradujo en varios intentos de suicido por la angustiosa situación económica y en la pérdida de la relación con su hijo, al que abandonó cuando él tenía 14 años.

«La última vez que intenté suicidarme con pastillas me desperté y vi a mi familia alrededor: a mi madre, a mi hijo... Mi hermano ya había estado en la terapia de Proyecto Hombre hace casi 30 años y los conocía, así que me trajeron aquí», recuerda María José, que después de un año sin hablarse con su hijo ha comenzado a recuperar el contacto con él. También ha reducido la medicación de la depresión, «pero sobre todo he recuperado el respeto por mí».

Asunción Zurdo, 58 años «Pensaba que el alcohol me ayudaba a llevar todo mejor»

En su casa no había tiempo para nada más que no fueran los cuidados: atendió durante 15 años a su madre enferma de Alzhéimer, a su hermano esquizofrénico y además, a una pareja con la que estuvo seis años aquejada de un problema de salud importante. Los tres llegaron a coincidir durante un tiempo bajo su techo, y Asunción Zurdo, sobrepasada por el peso de la responsabilidad, encontró en el alcohol una salida a sus problemas. «Empecé con el wisky, hace catorce años... Pensaba que el alcohol me iba a ayudar a llevarlo todo mejor...», recuerda esta vecina de La Cala del Moral, soltera y sin hijos pero con una importante mochila a sus espaldas.

El peso fue tal que durante años era capaz de quitarse «de lo que fuera» para darlo en casa. «Tuve depresión, de todo... No quería salir, estaba siempre en casa (...), y allí bebía a escondidas y tomaba pastillas. Recuerdo el momento de levantarme de la cama: el miedo, la desesperación...», explica Asunción, que llegó a estar nueve meses en la terapia de Alcohólicos Anónimos hasta que llegó otra recaída. «Entonces mi familia se dio cuenta, y decidí dar el paso adelante porque me quería curar». Ahora, lleva un año sin beber y va todas las semanas «muy contenta» al programa de Proyecto Hombre. «Aquí me han dado la vida. Y sobre todo me han enseñado que no hay por qué esconderse», celebra Asunción.

María Victoria Cordero, 54 años «Ayudar a mi marido adicto me llevó a una depresión»

«Aquí he conseguido soltarme. Ya me conocen y todo es más fácil». María Victoria Cordero sabe que ya no camina sola en su lucha contra la depresión crónica que arrastra desde que ayudó a su marido adicto a superar sus problemas con el alcohol. «Él estuvo dos años en Proyecto Hombre haciendo terapia. Sigue en tratamiento y ya está en la fase de reinserción, pero ayudarlo me llevó a mí a la depresión», admite esta malagueña con dos hijos (23 y 19 años) que vivieron demasiado cerca los estragos de la adicción en el padre y el trastorno depresivo en la madre. De hecho, fue su «niña» la que la arrastró hasta Proyecto Hombre, «y cuando mi marido estuvo mejor también se dio cuenta de que yo necesitaba ayuda».

Para María Victoria, los problemas empezaron cuando invirtieron los ahorros de la familia en una peña de barrio, «y aquello fue la perdición de mi marido con el alcohol». «Lo perdimos todo, él se desentendió y tuve que hacerme cargo con mis hijos de todo: de la cocina, de los pedidos (...). Aquello fue muy duro. No sabíamos cuándo iba a llegar a casa, ni cómo lo haría», relata María Victoria, que ahora contempla con esperanza el futuro bajo un techo familiar «donde ha mejorado muchísimo la convivencia». La depresión sigue ahí, «pero poco a poco voy mejorando y sobre todo he aprendido que ya no tengo nada que ocultar».