Enemigo público

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Enemigo público no es un grupo de rock fracasado, ni una película de malotes profesionales empeñados en fastidiar al orden establecido. Enemigo público es un estatus de privilegio, una condición única, una forma de ser especial y casi un título nobiliario. Ahora Puigdemont es uno de los nombres que más se repiten como candidato local al puesto infame. Hasta una chirigota gaditana, en venganza por sus mofas inconstitucionales, lo ha retratado como personaje grotesco a punto de ser decapitado ondeando una estelada.

La peregrinación europea de Puigdemont va a dar motivos de risa durante años. Si esta tarde aparece de improviso en el parlamento catalán dispuesto a ser investido para un nuevo simulacro de legislatura, provocará hilaridad máxima, dentro y fuera de Tabarnia. Si lo hace travestido, todavía más. Si quiere quitarle el protagonismo a Arrimadas, más le vale hacerlo con vestido de noche y escotazo, peluca negra y tacones de aguja, que ataviado de oficinista o enterrador. Sería el disfraz más fotogénico para un político al que tanto preocupa la imagen. En las puertas del parlamento podría montarse un jolgorio espectacular, con los miles de fans luciendo la careta del ídolo Puigdemont y el gran antihéroe del catalanismo huyendo de la policía españolista con faldas y a lo loco.

Parecemos condenados a soportar gobiernos ineficientes y alternativas aún más ineficientes. Y así nos va, como en un esperpento berlanguiano. A Cristiano Ronaldo lo abuchean con rencor en Mestalla como si fuera el enemigo público número uno de la comunidad valenciana que los Fabra, las Barberá, los Camps, los Costa y demás mangantes del partido han saqueado durante décadas, con el aplauso popular, hasta convertirla en una república folclórica. La justicia es tan científica que los delitos se cometen a velocidad luz y las sentencias se dictan a cámara lenta, justificando la sensación de impunidad que corroe a los ciudadanos, voten o no al partido naranja.

Un amigo humanista me reprocha mi excesivo pesimismo. Y le replico con la opinión de un maestro innombrable, enemigo público en la Cuba castrista. No es solo que el poder corrompa. El problema es que las relaciones humanas están siempre asociadas al poder. Un vídeo doméstico de la familia real nos lo ha recordado esta semana. En un ridículo intento por acercarse al pueblo, la realeza ha parodiado la vida real de sus humildes súbditos, generando una caricatura denigrante. Como una sopa de cardos. Así ve la monarquía la vida de los españoles que, brecha salarial aparte, no tienen ni la posición ni el dinero ni el linaje para hacer otra cosa que salvar el cuello y sobrevivir a la quema diaria de sus esperanzas e ilusiones. Qué ganas tengo ya de que empiece de verdad el carnaval. Ese tiempo mágico en que todo debe cambiar para que nada cambie.

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