Diario Sur

Federico Vahey y Alba, un fugaz y recto ministro de Gracia y Justicia

Federico Esteban Vahey y Alba
Federico Esteban Vahey y Alba / Sur
  • El político y jurista nacido en Vélez-Málaga apenas estuvo cuatro meses al frente de la cartera ministerial ya que dimitió al mostrarse en contra de la destitución del presidente del Tribunal Supremo

En el repaso histórico que desde esta ventana periodística hemos iniciado sobre los ministros malagueños a lo largo de la historia, hoy nos detenemos en la figura del político y jurista de Vélez-Málaga Federico Esteban Vahey y Alba, quien fue ministro de Gracia y Justicia apenas cuatro meses ya que dimitió por no prestarse a la maniobra orquestada para provocar la dimisión del entonces presidente del Tribunal Supremo. Un gesto que demuestra su rectitud, un valor que, según los historiadores que han investigado su figura, fue uno de sus principales virtudes.

En el gabinete de Federico Roncalli, Conde de Alcoy, del Partido Moderado, como presidente del Gobierno, Vahey y Alba fue nombrado ministro el 14 de diciembre de 1852. Apenas cuatro meses después, el 9 de abril de 1953, el político veleño presentó su dimisión al mostrarse en contra del cese del entonces presidente del Tribunal Supremo (Lorenzo Arrazola García), según relata Francisco Miguel Espino Jiménez en la 'Real Academia de la Historia. Diccionario Biográfico', tomo XLVIII, págs. 864 y 865, Madrid, Real Academia de la Historia 2010.

La entrada en el Gobierno fue el punto culminante de la carrera de este malagueño que nació el 11 de noviembre de 1807 en Vélez-Málaga. Hijo del abogado Federico Vahey y Rafaela Alba, fue un estudiante muy aplicado, recibiendo como premio, con trece años, una beca de colegial jurista en el Colegio Imperial de San Miguel de Granada, donde obtuvo el título de bachiller en Leyes en 1824 y ocho años después, el de licenciado en Derecho.

Abrió bufete en su ciudad natal, aunque ejerció durante poco tiempo ya que en 1834 fue nombrado corregidor de Alhama de Granada y cinco años después juez interino de primera instancia en Jerez de la Frontera. Fue el inicio de su carrera en el mundo de la judicatura y que le llevaría a ser secretario de las Audiencias de Barcelona y Valencia y al puesto de asociado al fiscal del Tribunal Supremo. Posteriormente sería magistrado de la Audiencia valenciana, fiscal togado del Tribunal Mayor de Cuentas y fiscal del Consejo Real. Como integrante de este último organismo judicial formó parte de la comisión encargada de acabar con la exención de impuestos estatales que beneficiaba a las provincias vascas. Estos servicios le fueron premiados con la concesión del título de comendador de número de la Orden de Carlos III, según destaca Francisco Miguel Espino Jiménez en la obra citada.

Su actividad jurídica la compaginó con su compromiso político. Entró en política en el Partido Moderado a partir de la década de 1840. Entre 1844 y 1846 fue diputado a Cortes por Málaga y desde ese último año hasta 1853 fue diputado por la circunscripción de Vélez-Málaga. En el Congreso fue secretario de la Cámara. El cénit le llegó con el nombramiento como ministro de Gracia y Justicia.

“Pero no duró mucho en el cargo de ministro. Su conciencia recta y sus profundos convencimientos personales le llevaron a no aceptar una corruptela que se le proponía. Convencido de que el ministro de Justicia debía ser el ejemplo más claro de rectitud para todos, no entendía que le fuese compatible una debilidad, por pequeña que ésta fuese. Así pues, para ser coherente y recto dimitió el 9 de abril de 1853, cuando apenas llevaba cuatro meses en el cargo”, según relata el investigador veleño Francisco Montoro en uno de sus artículos.

La renuncia de Vahey y Alba aconteció sólo cinco días antes de que el Gobierno de Roncalli dimitiera en pleno dada la falta de apoyos parlamentarios. El 28 de junio de 1853, el político y jurista veleño fue nombrado consejero real.

Cansado y enfermo dimitió de todos sus cargos públicos el 14 de noviembre de 1855 para dedicarse al reposo y a la vida privada. Y, apenas un año después, una pulmonía fulminante le ocasionó la muerte, en Madrid, el 19 de septiembre de 1856.

“Por aquel entonces se llevaban a cabo unas importantísimas obras en la iglesia veleña de San Juan Bautista. Obras que en parte se costeaban con subvenciones que había obtenido don Federico. Embalsamado fue traído a su tierra natal, enterrándosele en la misma iglesia de San Juan Bautista, en un sepulcro de mármol de Carrara de la capilla dedicada a San Federico, ubicada hacia la mediación del templo. Quienes le conocieron en vida hablan de su excelente corazón, y de su carácter dulce, alegre, bromista y servicial; pero, sobre todo, de su rectitud de conciencia.”, recuerda Montoro.

De su carácter bromista recuerda Montoro un pasaje del insigne escritor Benito Pérez Galdós que aquí se reproduce: “...Allí me encontré a mi caro amigo Federico Vahey, diputado por Vélez-Málaga, el hombre de mejor sombra de este Congreso, el que con sus oportunidades y agudezas ameniza las somnolientas páginas del “Diario de las Sesiones”, y sentándome con él en un diván excéntrico pasamos revista al nutrido personal de periodistas y diputados que allí bullía. Después de apurar graciosos comentarios de aquel vano tumulto, y de trazar con fácil palabra retratos breves de este y el otro, díjome Vahey que lleva una exacta estadística de los representantes del país que gastan peluca, los cuales no son menos de diecisiete. Con disimulo me los designa en los grupos próximos, sin cuidado en los distantes, para que yo aprecie la variedad de color y estilo de aquellos capilares artefactos, que tapan calvas venerables. La primera peluca que me hace constar es la de Pascual Madoz, rubia y con ricitos, como las que las beatas suelen poner a San Rafael o al Ángel de la Guarda; veo y examino después la del señor Maresch y Ros, diputado por Barcelona, excelente persona, de notoria honradez y trato muy afable, mas de un gusto marcadamente catalán en la disposición de sus pelos postizos. Muy bien hecha y ajustada, hasta parecer cabellera de verdad, es la falsa de Martínez Davalillo, representante de santa Coloma de Farnés; pero no puedo decir lo mismo de la del señor don Joaquín López Mora, de un gris polvoroso, y con bucles que parecen serpientes; ni merece mejor crítica la del señor Ruiz Cermeño, representante de Arévalo, que parece de hojas secas. Pero después de bien vistas y examinadas todas, asignamos el primer premio de fealdad a las que ostentan los hermanos Ainat y Funes, el uno diputado por Pego, el otro no se por donde, las cuales, sobre ser mayores que el natural, imitan en su bermeja, color, tirando a rucia, las greñas del león viejo del Retiro. Ved aquí en lo que nos entreteníamos dos descuidados padres de la patria, novel el uno, corrido y desengañado el otro...”