Cortarse una mano o fingir un atropello: los timos más extremos para engañar a las aseguradoras

Las aseguradoras cazaron 435.000 partes fraudulentos el último año, desde gente que finge su muerte al típico latigazo cervical

Cortarse una mano o fingir un atropello: los timos más extremos para engañar a las aseguradoras
IVIA UGALDE

Tiene 72 años y bastante jeta. Al protagonista del último caso premiado en el concurso de fraudes de las aseguradoras españolas le apasiona montar en bicicleta. Un día, como de costumbre, salió a pedalear unos kilómetros y la mala suerte se cruzó en su camino. Fue atropellado por un vehículo. Su familia informó al seguro: sufría lesiones graves, secuelas psíquicas que le impedían conversar, le fallaba la memoria y era incapaz de moverse si no iba acompañado. El parte levantó sospechas y la compañía decidió investigar. Dejó el caso en manos de un detective que le vigiló de cerca y descubrió la trampa. El anciano llevaba en realidad una vida normal. Paseaba, comía sin ayuda y en una reunión familiar se le vio actuar con absoluto desparpajo.

La Unión Española de Aseguradoras y Reaseguradoras (Unespa) no facilita nombres, ni fechas, ni cifras que puedan dar pistas a futuros demandantes, pero las comprometedoras pruebas recabadas por el investigador permitieron adelgazar la bolsa que exigía la víctima. Cierto es que el accidente no se lo había inventado y que desde entonces el discurso y los movimientos de, pongámosle Alfonso, eran algo más lentos. Pero los daños sufridos estaban claramente magnificados. Pillar a tiempo la mentira fue una auténtica bendición económica para la compañía aseguradora FIATC. Por si fuera poco, la historia obtuvo el primer premio en la XXI edición del certamen de detección de timos que organiza el sector.

El curioso concurso se celebra desde hace dos décadas por razones de pura supervivencia: la picaresca se reinventa y con la irrupción de la crisis los fraudes se han disparado. Los hay de todo tipo. Tantos como permita la inagotable capacidad de tirar de la imaginación. «Cada año los casos son más llamativos», reconoce Pilar González de Frutos, presidenta de Unespa, que organiza esta peculiar competición junto a la consultoría ICEA. Surgió como un incentivo para dar caza a los caraduras y ahora se ha convertido en una pelea a muerte entre los equipos que luchan contra las estafas.

Por suerte, desde el 1 de enero, las empresas de seguros ya tienen quien les eche una mano. Se trata de la nueva Ley del Baremo de Accidentes: aunque tendrán que pagar dos y hasta tres veces más para compensar a las víctimas de los accidentes de tráfico (un 50% más por muerte en carretera y un 35% por secuelas), a los timadores les resultará muy difícil atrapar el suculento botín. Solo para cobrar por el manido recurso del latigazo cervical se realizará una reconstrucción biomecánica ante la mínima sospecha de que pueda ser fingido. Se acabaron los días de ir al médico, quejarse de dolor y, sin más, recibir dinero contante y sonante con una práctica que representa el 70% de las primas concedidas.

Motoristas compinchados

Las dotes teatrales deslumbran cuando el objetivo es lograr liquidez a toda costa, más aún en época de sequía económica. En el último concurso de fraudes celebrado en 2014 el caso de nuestro ciclista compartió podio con otros dos dignos de ser llevados a la gran pantalla. El segundo galardón recayó en la empresa Pelayo, que pilló con las manos en la masa al propietario de un vehículo de alta gama que denunció su robo a punta de pistola en el sur de Europa. La verdad es que la supuesta víctima no anduvo muy fina en la elección de la mentira. Ese mismo día se firmó la transferencia de un coche exactamente igual y se demostró que el propio asegurado condujo el lujoso turismo hasta la localidad española donde lo vendió.

En el juego del engaño, sobre todo en el universo de las estafas que pululan en torno a los seguros de vehículos, lo más habitual es ocultar un daño o una lesión ya existente a la hora de contratar. En esa categoría figura la tercera gran pillada del certamen. Un motorista presentó un parte de accidentes por las graves lesiones causadas a su acompañante: decía que el herido se había caído hacia atrás al acelerar. Las pesquisas, sin embargo, les dejaron mal parados. La víctima era un piloto profesional y las lesiones las sufrió durante una competición. Ambos estaban compinchados para que Verti pagara los gastos hospitalarios. Y de paso, una compensación económica. ¿Por qué no?

Visto el panorama, es comprensible que la nueva ley que establece los baremos de las indemnizaciones se blinde contra la picaresca. Los estafadores fruncen el ceño mientras las agencias de detectives se ponen las pilas. No en vano, cada vez más aseguradoras recurren a estos profesionales para destapar las farsas. Les compensa: por cada euro que se destina a investigar, recuperan 43. La cifra no es nada desdeñable si se tiene en cuenta que en 2014 se registraron 435.000 casos de fraude, según detalla González de Frutos. Habrían costado unos 2.000 millones de euros. Es decir, 30 euros más a pagar entre cada una de las personas que tienen contratada una póliza.

A la captura de los malhechores

Pólizas más caras. Con la entrada en vigor el 1 de enero de la nueva Ley del Baremo de Accidentes se espera que los costes suban un 8%. Así lo refleja un estudio de la patronal de aseguradoras (Unespa) en base a la siniestralidad de los últimos diez años. La norma prevé mayores indemnizaciones a las grandes víctimas (un 50% más por muerte en carretera y un 35% por secuelas) y facilita la investigación de las estafas.
Detectives al rescate. Las compañías de seguros tienen sus propios equipos que analizan posibles intentos de engaño. Aun así recurren casi todas a inspectores privados para que recaben las pruebas necesarias y desenmascaren al timador.
600 euros. Es la media que cuestan la mayoría de los fraudes. Son numerosos, pero considerados «de baja intensidad». Van desde el típico asegurado que finge un siniestro para reparar su antiguo coche a oportunistas que agrandan los daños de un accidente real.

La norma, que iguala las indemnizaciones a la media europea, entraña nuevos riesgos. «Nos encontraremos ante intentos de defraudación menos masificados, pero de mayor sofisticación e importe. Habrá que redoblar los esfuerzos», advierte José Luis Nieto, presidente de la consultoría privada Gesterec. Desde hace dos décadas, su empresa se dedica a sacar de apuros a los seguros. Han desmontado sonadas tretas, como la de Miguel Blázquez. El caso atrajo un gran interés mediático porque se cortó la mano y tiró su coche desde un puente. Ocurrió en Castellón en 2007. Meses antes, había firmado hasta once pólizas por valor de 1,89 millones de euros. Se quedó sin mano y sin dinero.

Ahora las miradas se centran en maniatar a los profusos grupos organizados. Los investigadores renuevan sus técnicas a diario, analizan cómo operan los delincuentes y extreman la meticulosidad en el análisis de datos para «meterse en los zapatos del defraudador». Es la única manera de darles caza. A la memoria de Nieto le viene un suceso especialmente truculento. Una organización criminal se trajo a Santander a una mujer peruana con la promesa de que simularían un accidente y cobraría una suculenta suma de dinero. Le destrozaron la rodilla con un mazo y «construyeron» el siniestro.

A medida que la aseguradora realizaba el pago mensual de la indemnización, algo olía cada vez peor. La mujer se mostraba nerviosa siempre que iba al médico y llamaba la atención que un hombre no se separaba de ella. Intentaba controlarla. Hablar en su nombre. Los inspectores pasaron entonces a la acción. Burlaron la vigilancia y lograron interrogarla. Fue entonces cuando se desmoronó y lo confesó todo. Deseaba volver a su país pero tenía miedo. Su testimonio sirvió para que los criminales pudieran ser detenidos. La víctima se quedó coja, pero al menos pudo lbrarse de la peligrosa banda.

Asesinatos bajo guión

Menos aterrador, dentro de lo que cabe, es el modus operandi de los miembros de una misma familia que se lesionaban entre ellos. Un día conducía uno y el golpe se lo llevaba el de atrás. Días más tarde pilotaba el herido y el topetazo se lo lleva otro... El dolor se curaba con un buen fajo de billetes. Esa técnica la utilizaron en los últimos cinco años una veintena de personas que estafaron 120.000 euros en Alicante. Provocaron quince accidentes de tráfico y todos acabaron tras las rejas el pasado 18 de diciembre. De nuevo, gracias a la inestimable ayuda de los detectives.

A algunos malhechores, sin duda, se les va la mano con el guion diseñado. Los hay que simulan su muerte o asesinato. La historia es casi siempre la misma: un residente en España visita un país de Centroamérica y le sobreviene la gran fatalidad. Aun así, como si fuera adivino, contrata numerosas pólizas premonitorias poco antes del viaje. La alegría dura hasta que un buen día atrapan al muerto vivito y coleando.

El fraude nunca había estado tan de moda. Y la prueba es que cada un minuto y dieciséis segundos se registra un timo a las aseguradoras en España. Pero por primera vez algo ha cambiado y lo exhibe esperanzada la Unespa. La picaresca, antes elogiada por la sociedad, ahora se condena.