Juanito Orange, el empresario que susurra a las naranjas

Más de cinco autobuses llenos de extranjeros acuden cada día a su finca de Pizarra donde enseña las claves de la alimentación malagueña

Juanito Orange, el empresario que susurra a las naranjas
Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Todos le conocen como Juanito Orange. Su ingenio y la facilidad con la que se desenvuelve en diferentes idiomas han hecho que lo que comenzó como una estrategia más para atraer clientela se convierta en una de la empresa de turismo gastronómico más importante del Valle del Guadalhorce y una de las más populares de toda la provincia. En su finca, Juan pone sobre la mesa las claves de la alimentación malagueña, ofreciendo una experiencia que va más allá de lo turístico: los extranjeros se van de allí con la sensación de haber vivido un día real en el campo andaluz.

Todo comenzó hace veinte años, explica el empresario. Por aquél entonces dirigía un restaurante «que iba regular 'ná' más». Mientras tanto se asoció con varias empresas alemanas para gestionar algunas casas rurales de la zona, aunque su objetivo siempre era el mismo: conseguir comensales para el establecimiento. Muchos de los huéspedes acudían al local a desayunar o a comer, pero Juanito necesitaba más público. Fue entonces cuando reparó en una pequeña finca de naranjas que tenía su jefe «medio abandonada». «Fuimos a verla y nos encontramos con que había de todo, hasta pomelos, pero por el suelo, sin cuidar ni nada». Al todavía joven empresario se le encendió una bombilla:«¿Y si le enseñamos esto a los turistas con una pequeña entrada?».

Así empezó todo, pero en aquella época el Guadalhorce no tenía todavía la solera que hoy proyecta al exterior. El nuevo Caminito del Rey no era ni siquiera un proyecto y los miles de turistas que hoy transitan la comarca suponían una cifra casi residual. Pero Juan necesitaba vender desayunos en su restaurante, así que no dudó en apretar los dientes y comenzar a trabajar. «Costó arrancar», recuerda. Tuvo que reformar la zona de arriba abajo, poner en buen estado los árboles de muestra de las diferentes especies y adecuar las estancias para las visitas. Todo ello mientras negociaba con los agentes turísticos y les convencía de que tenía un producto «de calidad» y que haría que los turistas tuvieran la sensación de estar sumergiéndose al cien por cien en la cultura andaluza.

«Primero vino un autobús, luego otro y después dos más..., para ellos era alucinante ver las distintas variedades que tenemos aquí». Ese aprecio por la agricultura a veces pasa desapercibido en los malagueños, explica Juan. «Para el de fuera, que no tiene esto cerca de su casa, es una oportunidad única». Fueron los primeros turistas que visitaron la pequeña finca quienes se convirtieron en el principal agente promocional del producto. «Cuando se volvían al hotel –generalmente de la costa– se lo comentaban a sus compatriotas, les decían que habían disfrutado mucho y nos llamaban».

La afluencia de turistas siguió creciendo hasta asentarse en unos dos autobuses a la semana mientras que Juan mantenía también la gestión del restaurante. El empresario tenía que lidiar con muchos directores de agencias «muy negativos» con respecto a su idea, pero los números empezaban a hablar por sí solos.

Siete años después, Juan decidió dejar de lado el restaurante y toda actividad que no estuviese centrada en los turistas. De hecho cambió de localización:restauró y reformó la finca de su padre, en su Pizarra natal, para dedicarse en exclusiva a su proyecto.

De las más de doce variedades de naranja (algunas exclusivas en Andalucía) y otra decena de limón (como el 'limón caviar', que en Francia se vende a 400 euros el kilo), Juan ha ampliado su oferta a talleres de paella y otras actividades también relacionadas con los animales y la labranza del campo.

¿La clave de su éxito? El empresario reconoce ser «un poco 'showman'». Su facilidad para los idiomas y su alemán casi nativo, adquirido tras vivir varios años de infancia en Alemania, hacen que no haya país europeo que se le resista. Alemanes, holandeses, belgas, daneses, suecos, noruegos, finlandeses, italianos y franceses componen la mayoría de su público, para el que siempre hay zumo de naranja recién exprimido, otro de los secretos de su popularidad internacional.