Diario Sur

Cottolengo: la casa que ayuda sin pena

La Casa del Sagrado Corazón renació hace tres años y hoy da cobijo a unas 45 personas.
La Casa del Sagrado Corazón renació hace tres años y hoy da cobijo a unas 45 personas. / Fernando González
  • La Casa del Sagrado Corazón celebra su 50 aniversario como referente de asistencia «al que no tiene nada». Y aun así hay alegría

  • El perfil de los acogidos ha cambiado en este tiempo: desde niños abandonados y enfermos de polio a familias enteras que ahora buscan la oportunidad de ser autónomas

Cuando Susana Lozano puso hace dos años por primera vez el pie en aquella casa para asumir la subdirección y todo lo que fuera necesario supo de inmediato que tendría que aplicar el consejo que le dio una monja en uno de sus primeros destinos: «Con pena no puedes ayudar». Ahí estaba la teoría. Pero la práctica a veces golpea: golpea saber que ese lugar, la Casa del Sagrado Corazón, conocida por todos como Cottolengo, lleva nada menos que medio siglo aplicando esa máxima de la alegría y la entrega a historias llenas de renglones torcidos. Como las de los niños a los que atendían en sus primeros años, que dormían en vagones de tren y llegaban a ese refugio abandonados por sus padres y el estigma de la polio, o como la de esas tres bebés que nacieron ciegas a causa del hambre: dos se quedaron por el camino, y la tercera aguantó cinco años hasta que una encefalitis se la llevó por delante. O como las de los ancianos enfermos y descartados por sus familias que fueron llegando después.

«Hoy las cosas han cambiado mucho y aún sigue habiendo mucha necesidad, pero en aquella época se pasaba hambre de verdad», dice despacio y deteniéndose en la palabra hambre la hermana María Isabel, una robusta navarra ganada felizmente para la causa del sur que se ha convertido en el testimonio vivo de aquellos años de chabola y miseria. Por sus ojos ha visto pasar de todo en los últimos 44 años.

A sus 80 sigue allí, en el epicentro de El Bulto, haciendo todo lo que está en sus manos, que parecen multiplicarse para que no pare el latido de ese corazón en el que se ha convertido Cottolengo. Y eso que hace tres años estuvieron a punto de echar el cierre: la falta de vocaciones que alimentaran el relevo en la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús dejó la asistencia al límite, aunque finalmente este centro dependiente de la Diócesis de Málaga encontró la manera –a través de una fundación– de seguir prestando un servicio imprescindible. «Cuando dijeron que se cerraba se me cayó la casa encima, pensar que trasladarían a nuestros acogidos a otros centros... ¡Que esto se acababa!», se lamenta la hermana María Isabel, feliz de comprobar que en aquel momento Dios apretó pero no ahogó. Y feliz también de poder seguir siendo la madre de residentes como Isa, que llegó con su hermano cuando ninguno de los dos sabía aún andar y que hoy, rozando los 40, siguen con ella exactamente igual que cuando eran unos niños. «¡Mamá, una foto contigo!», dice en ese momento Isa (38) irrumpiendo en la soleada habitación que mira a la playa de San Andrés y buscando el refugio de su inmaculado hábito blanco. En sus brazos lleva un bebé de mentira que ya quisieran muchos de los de verdad. Por lo de los mimos. Besos sonoros a un lado y a otro: uno al nenuco, otro a su mamá, la hermana María Isabel, que hace bueno ese convencimiento íntimo de que para ser madre no hay que parir.

«Es un referente de confianza», dice mirándola con una mezcla de devoción y cariño Susana, que junto con el director de la casa Patricio Fuentes y otros siete trabajadores de la plantilla asumieron las riendas de Cottolengo cuando las monjas ya no daban para más. «¡Anda ya, no digas bobadas!», bromea quitándose importancia la hermana María Isabel. Todos los que ayudan (sin pena) en esa casa dicen lo mismo, y ambas lo repiten una y otra vez: «Recibimos muchísimo más de lo que damos». Pero primero hay que dar. Ahí está el mérito de esta familia heterogénea.

La alegría de los niños

Porque allí aportan todos en la medida de sus posibilidades. Los que trabajan, los que colaboran y hasta los acogidos, que a pesar de no tener nada suman. Es el caso de Mohamed y Yamila, un matrimonio marroquí que llegó a la casa hace tres meses y que se mantienen firmes en su deseo de establecerse por su cuenta: mientras tanto, Mohamed aprovecha los trabajos que le salen como pintor y en los ratos libres ha ido arreglando todas las habitaciones de esta gran casa. Ella aprende español gracias a Alicia, una voluntaria, y cuando no está frente a los libros no para quieta en las labores domésticas: plancha, cocina y limpia. Sus hijos también aportan aunque aún no lo sepan, porque entre Adam (2 años) y Noumidia (una preciosa bebé de seis meses) suman una alegría impagable entre esas cuatro paredes. El pasado mes de julio nació un niño allí, en una de las habitaciones, porque la ambulancia no llegó a tiempo. Imaginen la fiesta que representa eso en un lugar como este.

«Con los niños hasta los más ‘agrios’ sonríen», celebra Susana, consciente de que a pesar de todo cada uno de los 45 acogidos en Cottolengo arrastra una historia difícil. Algunos tardan en contarla, muchos ni la recuerdan, pero es un hecho que en cuanto perciben el calor de ese hogar se cierran muchas heridas. «Yo le digo a Katia ‘te quiero’, y ella al principio no contestaba porque no está acostumbrada a tanta atención», añade Susana. Ahora a Katia no le cabe la sonrisa en la cara y responde inmediatamente «yo también». Ella llegó directamente de la calle, de la zona de Cruz de Humilladero y Vialia, y muchos voluntarios aún la reconocen cuando llegan a la casa y se cruzan con ella: su historia empieza en Lisboa, donde nació, pero su caso es el calco de otros muchos, con una parte importante de la huella borrada por el caos administrativo y vital en el que han vivido. «A ella le quedan dos años más de estar empadronada aquí y luego ya podrá acceder a una ayuda y vivir por su cuenta», explica la subdirectora de Cottolengo poniendo el énfasis en que el paso por esta casa no es más que una oportunidad para llevar una vida normalizada. Cada uno en sus circunstancias.

El primer paso para lograrlo es encontrar un hueco propio en el hogar. Sentirse útil para asumir que este paso intermedio no es en balde. Y eso no siempre es fácil. Hay casos como el de José, de Álora, que bromea con su edad y dice que tiene «28, pero con los números al revés». Viéndolo ahí, en el umbral de la cocina, con un trozo de persiana en la mano y explicándole a Susana cómo piensa arreglarlo, uno se explica por qué este veterano es una pieza fundamental en el hogar. Aquí llegó hace un año, aunque le costó tanto encontrar su lugar que en las primeras semanas iba y venía cada dos días en el convencimiento de que encontraría un centro de acogida que se adaptara mejor a sus circunstancias. Pero no lo hizo, entre otras cosas porque descubrió que –quizás– en el jardín de la casa estaba ese espacio que él necesitaba. Y vaya si lo estaba. Pasear hoy por el jardín de la entrada y los patios interiores de Cottolengo es una auténtica delicia gracias al mimo y a la entrega de José.

A su lado, Juan entra y sale de la cocina para tenerlo todo listo para la hora del almuerzo. El sí parece estar como pez en el agua entre fogones, donde ha encontrado la manera de sentirse útil y, de paso, echar unas risas con los voluntarios que cada día se turnan para que no falte un plato de comida caliente (y casero) sobre la mesa. Este es otro de los pilares fundamentales de la casa: el grupo de personas que de forma desinteresada colaboran en estas rutinas domésticas del mismo modo que lo harían en las suyas.

Superan el medio centenar y no dejan ni un hueco por cubrir en este engranaje casi perfecto: el mismo avío hace echar un par de horas con la plancha que un ratito de compañía y paseo para los mayores. O dedicar –por qué no– una tarde a hacer tortillas de patata para cenar: una de las voluntarias lo hace desde hace tiempo sin fallar ni una semana, y eso se celebra como un menú cinco estrellas. Por eso Juan está ahora pelando las patatas, para dejarlas listas y ahorrar tiempo. También ayuda a un grupo de señoras que cada jueves por la mañana regalan menú de domingo: paella. «Yo voy donde me digan, para mí es un placer echar una mano», dice Ana Marina mientras rehoga la generosa sartén de sofrito y haciendo un repaso por todos y cada uno de los puestos que ha ocupado: durante años estuvo a cargo de la farmacia de la casa, porque nadie mejor que ella, farmacéutica aún en activo, para poner orden en botica. Desde hace un año lo pone en la cocina acompañada por Luisi, Marisa y Mari, que trabajan en equipo para dejar el arroz, una ensalada y caldo y verduras para cenar. La última es una de las voluntarias más veteranas y a pesar de que sus hijos ya le han recomendado en más de una ocasión que baje el ritmo ella está dispuesta a seguir sumando cifras a los 30 años que lleva fiel a su cita con Cottolengo. Porque allí también los voluntarios arreglan sus penas: «Yo llevo aquí diez. Vine después de quedarme viuda y esto cura mucho», celebra Pilar, que tampoco falla ni un solo jueves desde entonces.

«Mejor aquí que el dominó»

La administración es cosa de Marcelo, hasta el punto de que Susana lo tiene «como un compañero más». Él se enganchó a la casa hace doce años gracias a su mujer, Rafaelita, que va y viene por el pasillo con una vitalidad envidiable cada vez que alguno de los acogidos la llama «abuela». A sus 83, este maestro de primera enseñanza nacido en Ávila tiene su sitio frente al ordenador, desde donde ahora consulta una de esas citas que se repiten en los perfiles de Facebook sobre el valor de amistad: «Es que es lo más grande que hay. Mira, yo no sé si aporto mucho o poco, pero está claro que en esta vida hay que hacer algo por los demás», resuelve Marcelo, a quien le cuesta entender «cómo los jubilados pueden perder tanto el tiempo jugando al dominó. ¡Mejor aquí!».

Pilar, Marcelo, Mari, Ana Marina o Rafaelita son sólo la punta del iceberg de un proyecto conjunto que crece de abajo a arriba gracias a las aportaciones de otros muchos que además de tiempo aportan en especie, y de organizaciones como el Banco de Alimentos. «Nunca hemos pedido nada. Siempre decimos que en esta casa funciona la providencia: de una forma u otra al final siempre termina llegando lo que se necesita. Y nunca nos ha faltado de nada», celebra Susana. Por no faltar, en Cottolengo no falta ni la alegría.