La industria que desforestó la Axarquía

Las necesidades energéticas de los ingenios azucareros acabó en el siglo XVIII con el arbolado de la comarca

Parte de la maquinaria y de la nave central de la antigua fábrica de azúcar de caña Nuestra Señora del Carmen de Torre del Mar / Agustín Peláez
Agustín Peláez
AGUSTÍN PELÁEZ

El cultivo de caña de azúcar en la provincia malagueña fue tan importante que el litoral de la provincia que llegó a ser conocido como la «costa cañera». A finales de la década de los 60 del siglo XX se llegaron a producir hasta 115.000 toneladas de caña de azúcar en la provincia. Sólo en la zona de Torre del Mar se producían hasta 40.000 toneladas. El cultivo generó una industria en Málaga de enorme importancia. La provincia llegó a contar con hasta 37 ingenios, trapiches, maquinillas y fábricas de azúcar funcionado desde el siglo XVI. En la Axarquía llegaron a existir 24 ingenios azucareros, desde el Puente Don Manuel (Alcaucín) a Maro (Nerja). Sin embargo, la industria azucarera no siempre pasó por buenos momentos. Aunque en la memoria reciente muchos malagueños recuerdan con cierta nostalgia las plantaciones de caña e incluso las fábricas a pleno rendimiento, hubo un momento en el último tercio del siglo XVIII en el que el cultivo sufrió una gran decadencia, tras años de gran prosperidad.

El cierre de varias fábricas por falta de leña llevó a la Sociedad Económica Amigos del País a plantear el uso de una mina de carbón en Arenas del Rey como alternativa

En 1790 había llegado a tal deterioro que apenas se recogía una décima parte de las cosechas de otros tiempos. Los ingenios y trapiches disminuyeron de manera considerable. ¿Pero qué provocó ese descenso? Según el historiador y catedrático, Francisco Montoro Fernández, la principal razón fue el gran coste energético que exigía la industria azucarera, tanto que en la Axarquía originó una gran problema de desforestación. «La obtención de azúcar se lograba por medio de un fuego muy fuerte que había que alimenta a cuatro calderas por las que tenía que pasar sucesivamente la melaza o jugo del fruto», señala el historiador veleño en su libro ‘La Sociedad Económica de Amigos del País de Vélez-Málaga (1783-1822)’.

Montoro recoge en la misma obra que se necesitaban 20.000 cargas de leña anuales para cada trapiche. Sólo en Torrox, Nerja, Almuñecar, Motril y Adra se necesitan 100.000 cargas de leña. «Se precisaban más de un millón de carretas, cantidad desorbitada imposible de reunir», apunta el autor.

Monderos en plena zafra en la última cosecha de caña de azúcar en el Guadalhorce en 2006. : / Álvaro Cabrera

Según el historiador, en apenas 20 años en las sierras Tejeda, Játar, de Cómpeta y Canillas se había cortado más de la mitad del arbolado. El acopio de leña resultaba cada vez más costoso y difícil. Ello provocó el cierre de varios ingenios y molinos de Vélez-Málaga, Maro, Salobreña, Pataura (Motril) y Lobres (Salobreña). La situación llegó a tal extremo que el cultivo se vio seriamente amenazado y por supuesto la industria azucarera.

«Sólo se salvaron los bosques de Marina, situados en la zona de Nerja y Frigiliana, que estaban administrados por la armada para la construcción y reparación de los navíos y buques de la Corona», señala el doctor en Ciencias y coordinador del Gabinete de Estudios de la naturaleza de la Axarquía (Gena-Ecologistas en Acción), Rafael Yus. «Tampoco se utilizó ese arbolado porque no era un buen combustible», apunta.

La industria se modernizó en el siglo XIX

La industria azucarera se modernizó en el siglo XIX, gracias a uso de tecnología francesa e inglesa. Sin embargo el cultivo estaba ya tocado de muerte. De hecho no dejó de perder espacio, empujado por otros cultivos más rentables, la mayoría hortícolas. El cultivo se hacía con una semilla madre que se enterraba en la tierra. Solía durar siete años. De manera que se cortaba la caña, y volvía a crecer. La gran decadencia de la producción en Málaga se inició en los años 70 de pasado siglo y concluyó con el cierre de las últimas fábricas e ingenios: la de Nerja en 1968, la de Torre del Mar en 1991 y la de Málaga en 1994. La recolección generaba miles de jornales. La cosecha se realizaba a mano por cuadrillas de cañeros o moderos. Durante siglos las cañas fueron peladas a mano, lo que exigía mucho trabajo y pérdida de tiempo, hasta que en los 80 se empezó a quemar las asas . El trabajo de la zafra exigía mucho tiempo y dedicación para obtener sólo 12 euros por tonelada de caña cortada.

Para el coordinador de Gena-Ecologistas en Acción, Rafael Yus, el uso de los nuevos combustibles fósiles supuso un respiro para la vegetación forestal de la comarca de la Axarquía.

Hoy el único testimonio de la industria azucarera que todavía perdura en la Axarquía es la fábrica de miel de caña Nuestra Señora del Carmen de Frigiliana.

La fotografía era tan preocupante que desde la Sociedad Económica de Amigos del País de Vélez-Málaga se comenzaron a estudiar algunas posibles soluciones. Intercambió experiencias con otras Sociedades Económicas, convocó premios e incluso presentó recursos al Supremo Consejo de Castilla para tratar de viabilizar la explotación de la mina de carbón de Arenas del Rey (Granada), situada a «siete leguas» de Vélez-Málaga, algo más de 33 kilómetros.

Según Montoro, el 26 de noviembre de 1783 la Sociedad acordó estudiar la puesta en producción de la mina en cuestión. El proyecto interesó incluso al Rey Carlos III.

El lignito o carbón mineral de Arenas del Rey estableció una importante relación entre la Axarquía y la localidad granadina en el siglo XVIII gracias a este combustible. Sin embargo, nunca llegó a funcionar ni a ser explotada para abastecer de energía a la industria azucarera. Aunque el lignito, según Yus, es un carbón de pocas calorías, el que menos de todos los carbones minerales, lo que impidió que suministrara a esta industria fueron las malas comunicaciones existentes.

La comarca malagueña nunca llegó a utilizar el lignito de la población granadina

Según Yus, los ingenios azucareros utilizaron todo tipo de vegetación forestal (encinas, pinos, robles e incluso tejos). «Al final, cuando ya apenas quedaba vegetación se llegaron a utilizar incluso arbustos. La llegada de los combustibles fósiles supuso la recuperación de esa vegetación», asegura Yus, que es autor, junto a los historiadores Francisco Montoro y Pilar Pezzi del libro ‘El Lignito de Arenas’.

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