El profeta del aceite que triunfa en su tierra

Antonio Luque. /Antonio J. Guerrero
Antonio Luque. / Antonio J. Guerrero

Agricultor e ingeniero, Antonio Luque levantó hace 30 años la primera bandera del aceite español en Bruselas. Era ya un visionario en un sector que hoy lidera al frente de Dcoop, un gigante en crecimiento con dieta variada más allá del aceite. Tiene a su favor las ideas claras, la fuerza de 75.000 socios y un aliado sólido en EE UU

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Al principio fueron sólo trece cooperativas, cuatro de ellas de Villanueva de Algaidas –donde están sus raíces de hijo y nieto de olivareros– las que embarcó en 1987 en Hojiblanca, apenas un brote y tres personas en una oficina alquilada en Antequera, la ciudad que Dcoop ha convertido en la capital mundial del aceite y de la aceituna de mesa. ‘Las Hazuelas’, la finca familiar de los cuatro hermanos, le mantiene en un máster permanente de entusiasmo sin sequía como agricultor –además de ganadero de ibérico– que inició antes de terminar la carrera de agrónomo en Córdoba y de rodarse como dirigente de cooperativas agrarias en Andalucía. Ese papel ha sido clave para fajarse en fusiones y absorciones, un trabajo sin tregua de tres décadas sembrando argumentos más allá de Despeñaperros y que ha cosechado ya 150 cooperativas y Pompeian, un poderoso socio americano. Antonio Luque es de los que prefiere que premien los productos que salen de sus cooperativas y no a él, uno de los andaluces más influyentes con hilo directo con consejeros y ministros del ramo. Cultiva la distancia con la política y es de los que prefiere clamar en el desierto con una propuesta –«con una buena política de agua, el paro se reduciría a la mitad en los pueblos de Andalucía»– antes que criticar al poder fuera del perímetro agropecuario. Los 75.000 socios atentos a sus pasos arman el tejido social y económico de una mayoría de los 300 pueblos olivareros de Andalucía, una diversidad política y catastral donde el socio tipo de Dcoop es un pequeño productor con diez toneladas de media. Al presidente de Dcoop lo conocen de cerca grandes y pequeños, a los que les une más un precio «dulce» del aceite como el actual que las buenas palabras. Practica siempre que puede la tertulia de sobremesa, algo así como un toreo de salón cara a las duras faenas siempre pendientes de rematar localismos y personalismos, las dos bestias negras con las que ha lidiado este andaluz que mira más allá del estricto mojón que marca cada cooperativa de cada pueblo a la hora de buscar mercado y buen precio al aceite. Sabe que habrá un futuro difícil, con años escasos de ayudas y generosos en cosecha y los precios exigirán otros costes para seguir siendo un cultivo rentable. Sus mensajes y el trabajo de su equipo calan, y ya ha pasado el tiempo en que era sólo Dcoop quien tocaba puertas. La primera cooperativa del campo español nació del aceite, pero ha sumado ingredientes en todas las grandes salsas agroganaderas: aceituna de mesa, vino, frutos secos, cereales, vacuno, suministros, cárnicas, lácteos.

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El tamaño importa

Aquel precario comienzo asociativo de Hojiblanca en calle Maderuelos apenas eran alicates y alambre para empezar a reparar la grave avería histórica del olivar, perdido en un minifundismo comercial bajo la bota italiana. Había además que apuntalarlo con las ayudas europeas –Luque se implicó en la primera OCM de 1998– y trabajar la utopía del liderazgo mundial, empezando por EEUU. El triple milagro, treinta años después, es una realidad –el grupo factura 1.075 millones– pero Luque, primero como director general y desde hace dos años como presidente ejecutivo, prefiere pensar que «es sólo el comienzo». Tiene claro que el movimiento cooperativo se demuestra avanzando. También haciendo muchos kilómetros hacia la meta de acercar el tamaño de la gran cooperativa agroalimentaria española al de las primeras de Europa.

Cifras y proyectos

1.075
millones de euros es la facturación agregada de las 152 cooperativas integradas en Dcoop, entre las diez primeras empresas de alimentación de España.
Frutos secos y lácteos
Dcoop aspira tras el liderazgo en aceite de oliva y vino a convertirse en el primer productor de almendra del sur de Europa y de quesos de cabra. Proyecta centrales en Antequera y Lebrija.

«Facturar 2.000 millones en diez años es posible», defiende. La idea y la previsión no suenan a arrogancia. Es un mensaje que repite con una campechanía sonriente y bien informada que refuta refranes como «quien mucho abarca poco aprieta» invitando a mirar a gigantes como Mercadona. «Dcoop parece grande en España, pero es pequeña en Europa», insiste en la pedagogía convencido de que en el cooperativismo el gran tamaño sí importa. Luque lleva toda la vida en el aceite y está curado de negros presagios y sinsabores, incluso cuando le tocó echar mano, hace cuatro años, de su plan ‘B’ tras fracasar en la toma de control de Deóleo, el gigante vendedor al que estuvo ligado sólo un año con la idea del gran salto comercial. Luque salió escaldado de las antiguas cajas y del Gobierno pero con 43 millones tras hacer caja con caja el diez por ciento del capital para invertir mirando a EEUU. Aquel revés no es una página cerrada para quien no da nada por perdido, y además practica la caza, también la mayor, y no olvida que a veces lo urgente es esperar pero no de brazos cruzados. De sus comienzos suele recordar la anécdota de Giampiero Scirrati, un alto eurofuncionario que en la primera reunión del comité consultivo agrario a la que fue en Bruselas le dijo que Europa tendría problemas por un exceso de cosecha por culpa de España. Era 1986 y el ‘miedo’ del italiano era pasar de 500.000 a 700.000 toneladas. España dobla ya esa última cifra y sólo Dcoop –con 200.000– produce más que Grecia o Túnez. En Antequera estuvo el puesto de mando para que España le acabara ganando hace dos años la partida al aceite italiano en EE.UU, una guerra en la que Dcoop quiere la victoria. De momento, el 10 por ciento del aceite que se consume allí lo vende junto a su socio Pompeian, un blindaje centenario e inesperado para nuevos delirios arancelarios de Trump. Con almazaras en Baltimore y Montebello, Dcoop acaba de aumentar capital en la firma que desde 2009 controla la familia Vico, judíos marroquíes, a su vez copropietarios de Mercaóleo, la envasadora filial de Dcoop.

La aventura americana es la gran apuesta para cuando las nuevas plantaciones de olivar sitúen a España en los dos millones de toneladas, más mercado para cuando el aceite tome forma de lento tsunami capaz de arrasar los precios. «Si en EE UU se vende un litro por habitante y año, doblar eso no es una utopía, pero supone un mercado de 600 millones de litros», suele argumentar en su apuesta por el mercado con más proyección.

«Dcoop parece grande en España pero es pequeña en Europa», insiste en la pedagogía convencido de que en el cooperativismo el gran tamaño importa

Luque no deja de recordar que proporcionar una renta digna a los olivareros es la razón de Dcoop, y para la que trabaja un «equipo valioso» de responsables de cada sección con la máxima autonomía. La de caprino acaba de liderar la alianza con la cooperativa gala Agrial, dueña de ensaladas ‘Florette’ y con la que Dcoop se lanza a jugar como gigante continental de queso para lo que invertirá 12 millones en dos fábricas. Aceite, aceitunas, ensaladas, queso de cabra... Hay sinergias diarias que están en el plato, pero a veces también aliñadas a lo grande en la cabeza de los que duermen poco y nunca en los laureles.

 

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