¡Viva Zapata!

El tiempo convirtió a un héroe regional mexicano en una leyenda. «Como con el Che Guevara, nadie cuenta la historia verdadera», dice un experto. Mañana se cumplen cien años de la muerte del líder guerrillero

El guerrillero. Emiliano Zapata, cananas cruzadas al pecho y espada al cinto./AP
El guerrillero. Emiliano Zapata, cananas cruzadas al pecho y espada al cinto. / AP
FERNANDO MIÑANA

El tiempo ha tratado maravillosamente bien a Emiliano Zapata (1879-1919), ascendido a la categoría de leyenda que no tuvo en vida. Hoy, la víspera del centenario de su muerte en una emboscada, muchos lo consideran el padre de la Revolución Mexicana y, más aún, el símbolo de la resistencia campesina en su país. «Pero, en verdad, solo es un mito. Como Pelayo, Colón o Cortés. Zapata solo participó en una de las muchas rebeliones que hubo en México en ese momento, aunque, como con el Che Guevara, nadie cuenta la historia verdadera », advierte Pedro Pérez Herrero, historiador de la Universidad de Alcalá.

La Cámara de Diputados de México, aprovechando la fecha, ha editado un libro ('Centenario luctuoso') para revisar su figura, y Emma Margarita Alemán, la diputada federal del Estado de Morelos, el de Zapata, ensalza su legado: «De todas las causas defendidas por nuestros héroes nacionales, probablemente ninguna haya tenido tanta vigencia y trascendencia como la enarbolada por Emiliano Zapata, el 'Caudillo del Sur'. Zapata se encuentra hoy en día aún presente en las calles, en el campo, en la gente. El zapatismo sigue siendo una constante de la lucha reivindicativa en cualquier rincón de nuestro país». O sea, que Zapata vive.

Pero para entender al hombre hay que conocer su entorno, el Estado de Morelos, «una región cercana a Ciudad de México, la de la eterna primavera, muy húmeda, donde crece la caña de azúcar», según Pérez Herrero. Y donde los hacendados dominan la tierra y los campesinos la trabajan. Como la familia de Emiliano. Porque su madre, Cleofás Jertrudis Salazar, murió cuando él tenía solo 16 años. Once meses después, su padre, Gabriel Zapata, fue asesinado. La rabia germinó en el alma del adolescente, que prometió hacer justicia cuando fuera mayor.

Pedro Pérez Herrero Historiador Pedro Pérez Herrero. Historiador

La obra de referencia en la historiografía del zapatismo es 'Zapata y la Revolución Mexicana', escrita por John Womack, con motivo de los 50 años de su muerte, en 1969. El doctor y profesor de Historia Latinoamericana en la Universidad de Harvard subraya que los campesinos son los protagonistas de este relato y Zapata, la suma de todos ellos. Pedro Pérez, uno de los mayores expertos que hay en España, también acude a Womack para enseñar este tramo de la Historia, pero siempre, inexcusablemente, empieza la lección leyendo a sus alumnos, por su poder aclaratorio, la primera línea de esta obra: «Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso, hicieron una revolución».

Cuando los labriegos empezaron a reclamar las tierras, los terratenientes se plantaron. El administrador de la hacienda del Hospital, por ejemplo, fue contundente en su respuesta: «Si quieren sembrar, que siembren en maceta». Hasta que Emiliano Zapata empezó a repartir parcelas. Los hacendados reclamaron su tributo, pero el ambiente estaba encendido y prefirieron no tensar la cuerda y dejarlo pasar.

La bonanza económica del Gobierno de Porfirio Díaz en México intensificó el número de haciendas y la producción de azúcar en Morelos. Pero las grandes ganancias no calaban en los campesinos, despojados de las tierras que les habían pertenecido ancestralmente. Se creó un sistema feudal: el señor contrataba a trabajadores desposeídos, dándoles un empleo mal remunerado. No podían subsistir, así que se empeñaban con el patrón, endeudando a las siguientes generaciones de la familia. En Morelos, el 70% de la superficie la dominaban treinta terratenientes.

Zapata tenía ya, a sus 30 años, cierta ascendencia sobre la clase trabajadora. Y, aunque detestaba la política, entendió que la necesitaba para conseguir sus ideales. En mayo de 1910 recuperó a la fuerza algunos terrenos de la hacienda del Hospital y empezó a organizar reuniones con otros pueblos para urdir un reparto agrario justo entre los campesinos.

Emiliano Zapata, rodeado por algunos de los campesinos que formaban su ejército en el Estado de Morelos.
Emiliano Zapata, rodeado por algunos de los campesinos que formaban su ejército en el Estado de Morelos. / Louis Hugelman

Cambiar el arado por el fusil

Lo único que le interesaba del poder era el artículo tercero del Plan de San Luis, que Francisco Madero lanzó desde el exilio, y que ofrecía la restitución de las tierras a sus legítimos propietarios. Esta promesa le convenció para unirse a la campaña presidencial de Madero, quien, en realidad, no era más que un rico hacendado del Norte. Pese a todo, accedió a citarse con él en San Antonio, Texas, y a la vuelta de aquel encuentro se levantó en armas. Zapata, rebelde y mujeriego, se propuso derrocar a Porfirio Díaz y para ello avivó la furia campesina hasta lograr que cambiaran el arado por el fusil.

Díaz renunció a la presidencia el 25 de mayo de 1911. Zapata se entrevistó varias veces con Madero, pero este, finalmente, no cumplió sus promesas. El zapatismo dejó de apoyarle. Era cuestión de tiempo que el hacendado y los campesinos rompieran su sintonía. Y, al final, Zapata acabó sublevándose contra Madero, proclamando a finales de 1911 el Plan de Ayala, que, más que un manifiesto político, era una reivindicación agraria. El Gobierno, para desacreditarle, empezó a referirse a él como «el bandolero».

El Plan de Ayala condenaba la traición de Madero y demandaba la restitución de las tierras usurparadas durante el Porfiriato. Las fuerzas zapatistas fueron conquistando territorios. El 24 de noviembre de 1914 llegaron a la capital de la República, donde se reunió con Pancho Villa, que encabezaba la revolución del Norte. Suscribieron un pacto, pero luego cada uno regresó a su terruño y luchó por sus propios intereses.

Zapata combatió durante años con un ejército donde, en lugar de soldados, había familias enteras de campesinos. No eran grandes guerreros, pero estaban dispuestos a dejarse la vida por la supervivencia de su estirpe. El historiador inglés Henry Bamford Parkes señaló que nunca fue un ejército convencional, sino que sus soldados «empleaban el tiempo en arar y segar sus recientemente conquistadas tierras, y solo tomaban las armas para rechazar la invasión; fue un pueblo insurgente».

Un punto de coincidencia con Pérez Herrero. «Esa tensión entre campesinos que quieren recuperar sus tierras se ha vendido como una revolución agrícola, cuando en realidad solo querían conservar el modo de vida tradicional, que es cultivar la tierra. Pero no son revolucionarios. Igual que toda la historia de Zapata, su caballo, el indio que se rebela contra el criollo... Son todo imaginaciones, un guion cinematográfico. Solo fue un héroe local, de Morelos, pero ni mucho menos el héroe revolucionario del México moderno, ni el constructor de la nación. Si Emiliano regresara hoy en día, se preguntaría: 'Vaya, ¿y yo he hecho todo esto?'».

Otros estados también se sublevaron y la suma de todas estas pequeñas rebeliones, lejanas y dispares, dio cuerpo a lo que pasó a denominarse la Revolución Mexicana. La habilidad de Zapata fue que en cada sección de su ejército combatieran personas emparentadas por lazos familiares y afectivos. Ese fue su gran éxito. Cuando el paso del tiempo y los combates mermaron sus fuerzas, necesitó pactar con desconocidos. Un paso en falso que le costó la vida.

Arriba, Pancho Villa (sentado en la silla presidencial) y Zapata (a su izquierda), en diciembre de 1914 en el Palacio Nacional. Abajo, a la izquierda, Zapata, con algunos labriegos armados, el verdadero ejército zapatista. A la derecha, El subcomandante Marcos, a la derecha, con su característico pasamontañas y la pipa. / L. H. | INAH | Ramón Cavallo/AFP

Una trampa mortal

El desgaste frente al ejército constitucionalista debilitó el suyo, que en 1918 era ya poco más que una guerrilla campesina. Este declive le forzó a romper su estrategia. Las nuevas incorporaciones a sus filas, sin vínculos familiares, sembraron la discordia y fueron abonando el terreno a la traición. Desesperado por encontrar apoyos, topó con el coronel Jesús Guajardo, quien le prometió 6.000 hombres, armas y cartuchos. Un cebo demasiado goloso para alguien tan necesitado. Zapata le escribió una carta invitándole a sumar sus fuerzas contra el general Pablo González, pero este interceptó la misiva y preparó, junto al propio Guajardo y el gobernador de Morelos, el plan para liquidar a Zapata.

Desconfiado por naturaleza, Emiliano envió a uno de sus secuaces a pedirle a Guajardo un acto de adhesión previo: que castigara a los responsables de saqueos, violaciones, asesinatos y robos en el Estado. El joven oficial separó a 59 hombres y ordenó matarlos en Marconadero. Zapata picó y aceptó entrevistarse con él. El 9 de abril de 1919 se reunieron en Tepalcingo. Guajardo, sabiendo el gusto del 'Caudillo del Sur' por los caballos, le obsequió con un alazán llamado 'As de Oros'. El jefe miliciano se lo agradeció con un banquete, y Guajardo simuló querer corresponderle al día siguiente en la hacienda de San Juan Chinameca.

El día 10, Zapata llegó a las dos de la tarde y, relajado, entró en la finca con una escolta de solo diez hombres. La guardia de Guajardo le esperaba en el patio principal. Parecía presta a rendirle honores. A la orden del coronel, el clarín tocó tres veces una llamada de honor. Tras la última nota, cuando el guerrillero acababa de cruzar el dintel de la puerta, los soldados le dispararon a quemarropa. Vaciaron dos veces sus fusiles. Zapata murió a las cuatro de la tarde. Entró en la hacienda de Chinameca como un campesino y salió como una leyenda. Guajardo paseó su triunfo a lomos de una mula y, a las nueve de la noche, entregó el cadáver a Pablo González.

Pérez Herrero insiste en que ha sido la literatura la que ha convertido al insurgente en «un modelo de líder revolucionario y marxista, cuando no tiene nada que ver con, por ejemplo, la Revolución Rusa de 1917». Y añade que cuando asesinaron al presidente Álvaro Obregón en 1929 y se crea el Partido Nacional Revolucionario, «necesitaban un polo integrador que amalgamara esa sociedad; así se gesta el mito de la revolución y de Emiliano Zapata».

Zapata y la Revolución

Sólo vivió 39 años
Emiliano Zapata Salazar nació en Anenecuilco (Estado de Morelos) el 8 de agosto de 1879 y murió el 10 de abril de 1919, con 39 años, en Chinameca, también en Morelos.
Se queda huérfano
Su madre murió cuando él tenía 16 años y su padre, once meses más tarde. Eso, unido a que vivió cómo el dueño de una hacienda vecina se apoderaba de forma violenta de una parte de las tierras de su municipio, avivó las ansias de venganza y de hacer justicia.
1910
Como oposición al presidente Porfirio Díaz, Francisco Madero lanzó desde el exilio el Plan de San Luis, proclama política en la que llamaba al pueblo mexicano a alzarse en armas contra el dictador el 20 de noviembre de 1910, fecha de inicio de la Revolución Mexicana. La clave del éxito de su llamamiento en las zonas rurales radicaba en el punto tercero del Plan, que contemplaba la restitución a los campesinos de las tierras de que habían sido despojados durante el Porfiriato. La revolución fue una suma de sublevaciones locales.
La traición de Madero
Francisco Madero no devolvió las tierras a los campesinos y por eso Emiliano Zapata levantó en armas a su ejército insurgente en el Estado de Morelos. Además, anunció en 1911 el Plan de Ayala, que condenaba la traición de Madero y exigía la restitución de las propiedades usurpadas.
Su mayor hazaña bélica
Zapata no contaba con un ejército formado por soldados, pero, a cambio, tenía una formación de campesinos dispuestos a dar la vida por su tierra. Su mayor hazaña fue la batalla y el sitio de Cuautla, donde unos 5.000 zapatistas derrotaron al Quinto Regimiento de Oro, el mejor batallón del ejército porfirista. Ese triunfo hizo que su nombre trascendiera más allá de su Estado natal.
1918
Pierde plazas importantes en Morelos y se ve obligado a pedir ayuda: es el inicio de su derrota.
'As de Oros', su caballo
El coronel Jesús Guajardo, que pretendía tenderle una trampa para matarlo, conocía la fascinación de Zapata por los equinos y le obsequió con un alazán llamado 'As de Oros'. Durante el tiroteo contra el 'Caudillo del Sur', el caballo salió galopando de la hacienda pese a que recibió siete balazos. Al final, fue alcanzado por el oficial Francisco Mendoza, que se lo regaló a un familiar. La silla de montar fue pasando de manos hasta que el gobernador de Morelos se la entregó al presidente José López Portillo, quien la conservó en su biblioteca particular durante tres décadas.

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