«Mis historias van por donde yo quiero; ya no se me amotina ni dios»

Almudena Grandes hace gala de su enorme poder de convocatoria en el ciclo 'Un café cargado de lecturas', donde presentó 'Las tres bodas de Manolita'

ANA PÉREZ-BRYANMÁLAGA.
La terraza del Café de Bolsa se llenó de público para intercambiar sus impresiones con Almudena Grandes. :: Álvaro Cabrera/
La terraza del Café de Bolsa se llenó de público para intercambiar sus impresiones con Almudena Grandes. :: Álvaro Cabrera

Dice la sabiduría popular y académica que cada maestrillo tiene su librillo. Seguro que Almudena Grandes (Madrid, 1960) la escuchó más de una vez en el colegio de monjas en el que estudió y que trataba de perfilar ante sus ojos una realidad «poco cercana» a la que le regalaron los enormes tomos de los 'Episodios nacionales' de Benito Pérez Galdós. Por entonces tenía 15 años, «nada que leer porque ya lo había devorado todo» y una estantería repleta de volúmenes que su abuelo guardaba como oro en paño en su casa de la Sierra de Madrid, a la que Almudena iba a veranear cada año. Así que decidió matar las horas muertas entre sus páginas «por pura desesperación» y aquello le abrió los ojos de la cara «y de la nuca, como dicen los budistas». Desde entonces ha habido muchos más libros -cientos- que han ido diseñando, puliendo y haciendo grande el 'librillo' de su oficio como escritora, ése personal e intransferible que ha conseguido hacer (casi) tan grande como los de su amado Galdós con el paso de los años. Tanto es así que la madurez le ha servido a Almudena Grandes no sólo «para engordar y sumar arrugas», sino para ser capaz de asumir, con una mezcla exacta de modestia y orgullo, «que ahora mis historias van por donde yo quiero; ya no se me amotina ni dios». Ni personajes, ni fechas, ni argumentos, ni anécdotas... Todo tiene su lugar exacto en los libros de la autora madrileña.

También sus lectores cuentan con un espacio fundamental en ellos, y así se puso ayer de manifiesto en el multitudinario encuentro que protagonizó la novelista en el marco del encuentro 'Un café cargado de lecturas', el ciclo que organizan conjuntamente el Aula de Cultura de SUR y el Centro Cultural Generación del 27. El reservado del Café de Bolsa que normalmente enmarca el escenario íntimo y cercano de este formato a modo de 'cara a cara' con los autores invitados se quedó pequeño, así que la cita se trasladó a la terraza del Hotel Molina Lario. Buena temperatura, ganas de compartir y un motivo de celebración sobre muchas de las mesas en forma de novela. El título, 'Las tres bodas de Manolita', en el mercado editorial desde hace unas semanas y aupado ya como uno de los más vendidos. Y eso a pesar del diagnóstico que traza la propia Grandes a la hora de valorar el impacto de sus historias entre el público: «Cuando mis libros salen a la calle siempre tienen que vencer cierta oposición. ¡Si escribiera sobre la guerra de Ucrania no pasaría nada!». Se refería la autora en concreto al contexto en el que se desarrolla su último (y gran) proyecto literario: el de la posguerra y el franquismo (1939-1964), dosificado en torno a seis novelas que se agrupan bajo el título 'Episodios de una guerra interminable' y que cumple su tercera entrega con 'Las tres bodas de Manolita'. «En España vivimos más cómodos no queriendo saber, por eso el país se ha especializado en esconder elefantes», esgrime Grandes, convencida de que «si estas historias hubieran sucedido en otro país ya habría más de una película».

Quizás por eso, por una vocación personal en la que se da cita «el puro placer de escribir» con la «responsabilidad moral de rescatar a personas que no han sido consideradas por la historia», la escritora se ha embarcado en un proyecto «galdosiano» que en esta ocasión da voz a Manolita y a los suyos, a los resistentes que «dijeron que no y que no se acomodaron al régimen franquista». Y lo hace en un relato que trata de ser luminoso y de no caer «en la truculencia». «No soporto que las páginas se llenen de ketchup». Podría haberlo hecho, sobre todo a raíz de la historia que le contó Isabel Perales y que fue el motor real de una novela que tampoco renuncia a la imprescindible cuota de ficción. Almudena e Isabel se conocieron en 2008, en un encuentro de homenaje a la República en Rivas Vaciamadrid. «Cuando estaba terminando se acercó a mí una señora elegante y bien maquillada, que me preguntó: ¿conoces la historia de los niños esclavos del franquismo?». Ella fue uno de ellos. «La enviaron con su hermana Pilar a estudiar en un colegio de Bilbao porque su madrastra estaba encarcelada en Madrid y el estado asumió la tutela de ambas. Pilar era más pequeña y fue escolarizada (y adoctrinada), en cambio a Isabel la pusieron a limpiar, a planchar y a la lavar sábanas con sosa. Aquello quemó sus manos y fue una pesadilla», añadió la autora, confortada en parte porque llevar su historia a las páginas de un libro «hace justicia» a personas como Isabel Perales.

Historias reales

También la experiencia de Juana Doña desfila por los capítulos de esta novela a través del periplo de Manolita, la protagonista «que tira del carro de toda la trama» y una de tantas mujeres que padecieron las 'bodas' -«aquello era un eufemismo», aclaró- entre las mujeres que hacían cola a las puertas de la cárcel de Porlier (Madrid) y los condenados a muerte. Personajes con rostro que se mezclan con otros que (aún) no lo tienen y que tuvieron un peso importante en el debate con los lectores. Como las 100.000 víctimas que aún permanecen enterradas en las cunetas y que, a juicio de Grandes, «no serán rescatadas gracias a ninguna Ley de Memoria Histórica, sino a otra mucho más implacable que es la Ley de la Gravedad». «La manzana terminará cayendo», animó la escritora a una joven cuyos abuelos fueron víctimas del rigor de la época y que, a su juicio, «serán reparadas por una cuestión pura de derechos humanos, no política». «Llegará un día en que este país dejará de estar enfermo», confió Grandes. Hasta que llegue «ese momento», en su cabeza (y en su librillo) ya se adivina el argumento de su cuarta entrega 'galdosiana': una historia de espionaje a medio camino entre España y Argentina. «Pero eso será cuando deje de viajar tanto como el baúl de la Piquer y me pueda sentar a escribir». Ahora, sin embargo, toca promoción. Y disfrutar, como ayer, del calor de sus lectores.