Cofrades y cofraudes

Las crónicas del pregón de la Semana Santa han enfatizado algunas reivindicaciones del pregonero

TEODORO LEÓN GROSS
Cofrades y cofraudes

Las crónicas del pregón de la Semana Santa han enfatizado algunas reivindicaciones del pregonero: «Los cofrades somos ante todo Iglesia...». Ese parece un mensaje lógico para quienes creen que sacar un Cristo o una Virgen es como ir de Fallas, un desmadre cachondo con muñecos de cartonpiedra, una juerga para montar la de Dios es Cristo. La Semana Santa no es la semana mayor de feria, sino un auto espiritual. Claro que la idea del pregonero no se entiende bien incompleta: «... pero también la Iglesia debe sentirse cofrade». La religiosidad popular va más allá de la doctrina teologal. La eclosión barroca de la primavera en la Semana Santa no es un seminario episcopal, una cátedra para integristas de la fe, y no entender eso es no entender nada de la Semana Santa en el Mediterráneo andaluz. Por cierto, como le sucede al obispo actual, un prelado bastante talibán que trata de compensar su miopía intelectual a golpe de autoridad.

Las cofradías se han ganado el respeto con su obra social de trescientos sesenta y cinco días, más allá de la espuma emocional de su desfile un día al año. Es un trabajo digno a pesar de la tutela a veces obsesiva de algunos directores espirituales. La Iglesia históricamente ha entendido mal la Semana Santa, y parece volver a la caverna, a juzgar por lo ocurrido con el Pregón de la Juventud, cuyo autor mostró su respeto por el matrimonio homosexual desmarcándose del fundamentalismo moral, como el Papa Francisco, para acercarse a una religiosidad más empática. Al concluir ovacionado, la cofradía escribió en Twitter: «largo y fuerte aplauso... felicitado por todos», pero horas después dio un comunicado destemplado para desvincularse de él «total y absolutamente, en todos sus términos». Era una respuesta de pánico ante la llamada al orden del Gran Hermano del obispado. Otro golpe de autoridad tras lo sucedido con el cofrade divorciado.

Claro que para las cofradías, depositarias de esa religiosidad, hay otra amenaza: el politiqueo. La tentación de algunos en la Agrupación de actuar como lobby tolerado por Alcaldía ha llevado a excesos, pero parece ir a más. El presidente, un tipo estupendo que ha actuado a veces como activista del partido gobernante, acaba de ser fichado por Bendodo. Oh, ¡qué casualidad! Ganó un concurso -la gestión de siete convenios de formación por cuatro millones- tras ser invitado por Bendodo a concursar. Oh, ¡qué casualidad! Por cierto, estaba en paro, y tiene ambiciones políticas. Oh, ¡qué casualidad!, Bendodo, que siempre ha visto con incomodidad el lobby cofrade del alcalde, gana así un aliado estratégicamente valioso. Oh, ¡qué casualidad! Solo ha necesitado, una vez más, un dedazo benefactor a cargo del presupuesto... Eso sí, esta parte de los 'politocofrades' parece, en cambio, que al obispo nunca le suscita quejas; aunque si se trata de religiosidad de las cofradías, nada más lejos de la auténtica religiosidad.