«Ha matado a mi hija porque iba a empezar otra relación»

Los padres de Ana González, la maestra de Primaria degollada en Torremolinos, creen que el detenido le quitó la vida porque «se le acababa el chollo de vivir a su costa»

JUAN CANOMÁLAGA.
El padre de Ana, entre sus dos hijos, Antonio y Marian, sostiene una foto de la víctima. :: Galindo/
El padre de Ana, entre sus dos hijos, Antonio y Marian, sostiene una foto de la víctima. :: Galindo

«He quedado con Carlos esta tarde». A las 13.33 horas del miércoles, Ana Isabel González envió este mensaje a una amiga. No podía ir al gimnasio, ni a buscar unos grifos que le hacían falta para la cocina, ni tampoco acompañar a sus padres a Marbella. Tenía que esperar a su expareja, que se iba a pasar por su casa para recoger unos papeles que, según decía, no encontraba por ningún lado. Se conectó por última vez al WhatsApp a las 16.25. Su presunto asesino acababa de llegar.

Media hora después, el móvil de Ana no tenía señal. Su madre la llamó para decirle que habían llegado a Marbella, pero no pudo contactar con ella. «Pensé que habría ido al gimnasio», comenta Mari Ángeles Martín. Ni a ella ni a Antonio, su marido, se les podía pasar por la cabeza que su hija corriera peligro. No veían en Carlos una amenaza. «Cuando se separaron, él me dijo que le había pedido a los vecinos que estuvieran pendientes de Ana, ahora que no iba a estar en casa. Y del único del que debía tener miedo era de él», recuerda la madre.

El matrimonio volvió a las nueve y media de la noche a la vivienda que compró su hija cuando se trasladó, hace cinco años, a Torremolinos. Un pequeño piso de tres dormitorios situado en el bloque seis de la calle Decano Miguel Marengo. A Mari Ángeles le extrañó ver que la cafetera estuviese enchufada, pero pensó que había sido un despiste de Ana. Al entrar en el salón, encontró una zapatilla boca abajo. Su hija yacía en el suelo. «Cuando la vi, pensé que se había desnucado y empecé a gritar», relata ella. Su marido giró el cuerpo. «Tenía cortes por toda la cara. La había degollado», añade el padre.

Siete años de relación

Ana tenía 47 años. Era una brillante profesora -estudió Filología Inglesa tras acceder a la universidad mediante la prueba para mayores de 25 años-, muy querida por sus alumnos y por todos los que la conocían, que daba clase en el colegio Mar Argentea. Nació y se crió en la localidad burgalesa de Aranda del Duero, pero acabó en Torremolinos cuando entabló una relación con Carlos Río (46 años), al que conoció un verano al visitar a sus padres, que tienen un apartamento en el centro del municipio.

A la hora que los padres encontraban el cadáver, Carlos permanecía en urgencias del Hospital Clínico Universitario, donde ingresó por un supuesto intento de suicidio con pastillas, que ingirió en el domicilio de su madre. La policía acudió a la vivienda y pidió una ambulancia para que lo trasladara a un centro sanitario. En ese momento, aún desconocían lo que había sucedido.

Carlos intentó marcharse del hospital, aparentemente desorientado. El personal médico lo paró en la puerta y lo obligó a entrar de nuevo. Cuando volvió a la camilla, confesó: «He matado a Ana». Lo dijo delante de varios familiares y de los sanitarios que lo atendían, según confirmaron fuentes próximas a la investigación. Desde el hospital avisaron a la comisaría, que envió varias patrullas para comprobar su afirmación. Cuando los agentes de Málaga cruzaron los datos con sus compañeros de Torremolinos, descubrieron que era cierto y lo detuvieron como presunto autor del crimen. Carlos también habría revelado que tiró el arma homicida -un cuchillo tipo machete- a la basura. Aunque los policías buscaron esa noche por toda la barriada, no lograron encontrarlo. De hecho, la comisaría dio orden al servicio de limpieza de que no se llevaran al vertedero los desperdicios recogidos en los contenedores que estaban dentro del posible recorrido que hizo el sospechoso.

La investigación apunta a que el arrestado, que ayer continuaba en el hospital, se lavó las manos tras el crimen para salir del domicilio sin despertar las sospechas de los residentes en el edificio. «Al parecer hay unos vecinos que lo vieron salir por el garaje a las 16.50 horas», apostilla Mari Ángeles Martín. Según las pesquisas, caminó hasta el domicilio de su madre, donde más tarde ingeriría las pastillas. En la casa de la fallecida sólo se halló una cazadora manchada de sangre, que fue intervenida para su posterior análisis en el laboratorio.

No había denuncias previas ni antecedentes entre la pareja. «Ella nunca nos dijo que fuese un hombre violento. No lo vio venir», coinciden sus familiares. Para la policía, el móvil del crimen sería la ruptura de la relación sentimental, que Carlos no aceptaba. Para sus padres había algo más. El retrato que hacen del detenido es el de un hombre «vago», que dependía económicamente del sustento de Ana. En su perfil laboral en Internet aparecen tres referencias laborales desde 1996. «En los siete años que duró la relación sólo trabajó cuatro meses como vigilante en Extremadura -cuando empezaron a salir, ella daba clase en El Gordo, un pequeño pueblo de Cáceres, de apenas 400 habitantes- y lo hizo porque mi hija le buscó el empleo, pero acabaron despidiéndolo porque se quedaba dormido», se lamenta Mari Ángeles.

Mundos distintos

Pese a todo, reconoce que, al principio, su hija le decía que «era feliz con él sentada en un banco con una bolsa de pipas», y estaba muy enamorada. Llegó a confesar a sus allegados que era «el hombre de su vida», aunque para su familia estaban en mundos distintos. Mientras Ana salía a trabajar cada mañana, era aficionada a la lectura y solía ir al gimnasio, su presunto asesino se pasaba el día pegado al ordenador. «No era informático, aunque había aprendido a repararlos», cuenta la hermana menor de la víctima, Marian. «Le buscamos un empleo en Torremolinos -continúa- a través de unos conocidos que iban a abrir una tienda de informática, y ni siquiera se presentó a la entrevista».

Según los familiares de la víctima, ella le costeaba los gastos corrientes -solía desayunar en el bar- y hasta el tabaco. Y también sus obligaciones como padre. «Mi hija pecaba de buena. Le dio durante un tiempo 450 euros al mes para la manutención de los dos hijos que él tiene de una pareja anterior».

La relación entre ambos se rompió hace aproximadamente un año. Siguieron viviendo bajo el mismo techo, aunque en camas separadas porque a ella «le daba pena», dice la madre. Ana se planteó incluso darle 100 euros al mes a cambio de que sacara a pasear por la mañana a su perra, ya que ella estaba en clase. Sin embargo, dejaron de convivir cuando los padres de ella se trasladaron a su piso para pasar una temporada. «Vinimos el 25 de enero y, un par de días antes, él se fue de casa», añade.

Aquel debía ser el punto y final. En un viaje a Aranda del Duero, Ana se reencontró con un amigo de toda la vida con el que siempre hubo química, pero sus trenes siempre corrieron paralelos. «No quiso empezar con él hasta terminar definitivamente con Carlos. Y así lo hizo. Mi hermana estaba radiante desde entonces. Nunca la habíamos visto tan feliz», explica Marian. Para la madre de Ana, ese ha sido el detonante del crimen: «Ha matado a mi hija porque iba a empezar otra relación y se le acababa el chollo de una vida fácil a su costa. La vio tan emocionada que se había dado cuenta de que no tenía ninguna posibilidad de volver con ella».

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