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Hay un Cantor de Híspalis dando un cante triste de puro simple. Un coplero de orgullo infantil y despecho impostado. Un discurso en escorzo, brazo en alto, de postura final de sevillana. Mírala cara a cara, que no es la primera. Y esa gasolina rancia aviva un juego confortable para el presunto ofendido, quién sabe si compañero de baile en secreto de esta lucha a garrotazos goyescos. Hay un discurso provinciano como abono caído sobre la tierra seca del orgullo gregario. Hay un ruido de sables -aquí facas cortijeras- para ahuyentar los malos demonios de las preguntas pendientes y pertinentes: la financiación, el discurso, la colección, la jerarquía con la metrópoli, el millón de euros al año. Hay tiempo por delante, pero también, por lo visto, urgencia de boca calentada, de temor a que te revienten la exclusiva, como en el '¡Hola!'. Hay mucho que esperar y ganar y motivos para la esperanza, de acuerdo. Hay un silencio que escama un poco entre los directores de los principales museos del país. Hay cierta necesidad psicológica por sacar pecho, darse palmaditas en la espalda y empezar a chuparnos aquello del Señor Lobo. Hay un proyecto ilusionante en el Centro Pompidou-Málaga, cuyo palio acristalado sirve incluso de coraza frente a la envidia ajena y las dudas propias.

Hay otros cubos. Los de Robert Harding, Alba Blanco, Lorenzo Saval o Antonio Yesa. También hay dípticos y piezas sueltas. La más cara cuesta 150 euros; la más barata, 25. Obras únicas que no llegan a los siete centímetros de largo ni de alto. Y son grandes. Enormes y hermosas. Frutos nacidos en el ecosistema cálido y cercano del Taller Gravura, con más de un cuarto de siglo navegando contra la indiferencia y el desánimo con su barco de velas de papel.

Hay papeles y papelones. Esos padres aflojando 69 euros (más gastos de gestión, sic) para ver a Violetta. Y luego dicen de los Reyes Magos.

Hay magia en las imágenes de Miguel Trillo. Hay punkis, mods y simples horteras fascinantes. Hay una banda sonora visual y musical de los últimos cuarenta años en España. Y en Londres o Dubái. Hay demasiado olvido hacia Trillo en el jurado que cada año concede en Premio Nacional de Fotografía. Hay, sin embargo, una exposición en ciernes, de las grandes, en las salas enormes y frías en Tabacalera de Madrid, que allí sí tiene uso cultural. Hay que acercarse a ver las fotografías de Miguel Trillo en la Galería Alfredo Viñas, que sigue en la brecha, pese a todo. Hay quien recuerda la frase de Cela -'En España, quien resiste gana'- y parece que se la esté dedicando a Viñas.

Hay viñas y vinos malos y tragos amargos, como un Día de la Lectura, el de mañana mismo, celebrado en una biblioteca de prestado. Hay una ciudad, esta, que es la única capital de provincia española con más de 500.000 habitantes sin una sede estable para su Biblioteca Pública del Estado. Hay un proyecto para trasladarla de su piso en la avenida de Europa al convento de la Trinidad y el movimiento parece mucho mejor que el menor de los males. Hay más de seis millones de euros gastados en un alquiler como un viaje a ninguna parte.

¡Ay!

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