Madera de músicos

La excelencia tiene su recompensa. Aprender con los mejores maestros del mundo es una de ellas, aunque afinar el futuro no siempre sea fácil Los siete mejores expedientes del Conservatorio en los últimos años acarician su sueño gracias a la beca de la Fundación Musical de Málaga

ANA PÉREZ-BRYAN EN TWITTER: @ANAPEREZBRYAN
Los siete alumnos becados por la Fundación Musical de Málaga, con sus instrumentos y partituras en Muelle Uno. ::
                             FERNANDO GONZÁLEZ/
Los siete alumnos becados por la Fundación Musical de Málaga, con sus instrumentos y partituras en Muelle Uno. :: FERNANDO GONZÁLEZ

A esa edad mágica e inocente en la que la mayoría de los niños se ven como rutilantes futbolistas o artistas de éxito sideral, otros escriben su futuro en pentagramas y sueñan en clave de sol. Con apenas ocho años, Elisa Urrestarazu pensó que estaría bien enrolarse en la banda de música de la Esperanza para pasar más tiempo con su hermano. Le gustaba la flauta, pero finalmente fue el saxofón el que le granjeó el pasaporte a aquella primera experiencia musical que ya no tuvo billete de vuelta. También en el seno familiar encontró Noelia Gregoire ese hilo del que tirar y tejer un futuro brillante, escrito esta vez sobre las teclas de un piano. Su madre tocaba de manera profesional, y después de enseñarle «unas cuantas cancioncillas» la pequeña tuvo claro que era eso lo que quería. Alicia Ruiz, en cambio, logró convencer a su padre, justo en la cola para matricularse en el Conservatorio, que no, que para afinar bien su futuro mejor el violín que el piano. Alberto Martín tardó más en tomar la decisión. Fue a los 13, cuando después de pasar media infancia jugueteando con el inolvidable teclado Casio se decidió a dar el salto a la formación especializada. Alma Ramírez quería ser arquitecto, aunque hoy, unos años después, construye y diseña con su violín melodías que en lugar de levantar muros, los derriban. Y Ángel Campos y Laura Lara ya casi no son capaces que recordar, en fin, en qué gastaban su tiempo libre antes de que el piano llenara sus vidas. De satisfacción y de momentos gratificantes, pero también de esfuerzo y de renuncia.

Es ésa la marca invisible que une las historias de estos siete jóvenes malagueños, que en su día lo apostaron todo por un sueño y que hoy siguen en la brecha dando el do de pecho. Todos ellos tienen madera de (buenos) músicos. Y talento. Así se certifica en sus expedientes académicos del Conservatorio Superior de Música de Málaga, por el que pasaron siendo los mejores de sus promociones. El nueve de media del que presumen todos ellos no sólo les ha reportado la íntima satisfacción del deber cumplido, sino una beca en efectivo que les ha permitido completar y mejorar su formación durante dos años en las mejores escuelas del mundo. De Moscú a Nueva York, pasando por Barcelona, Lieja, Ámsterdam o Burdeos. Todo eso gracias a la Fundación Musical de Málaga, que con su bolsa de ayuda de 30.000 euros al año se ha convertido en un ejemplo impagable (y escaso) de mecenazgo privado y de apoyo para los que comienzan a dar sus primeros pasos profesionales.

La fundación, constituida en 2006 e integrada por el Ayuntamiento de Málaga, galería Benedito, Mayoral, Construcciones Vera, Ielco y Promociones Braser, premia desde 2007 al alumno más brillante. Y ya van siete. Los mismos que se reúnen en una cita inédita -algunos ni se conocen- en Muelle Uno, en una mañana que amenaza gota fría pero que regala rayos de sol, anécdotas y acordes improvisados frente al 'cubo fantasma'. No puede evitarse pensar que el escenario constituye una desafinada metáfora sobre la escasa inversión en infraestructuras culturales a pesar de que la materia prima -la de los profesionales- no sólo no se recorta, sino que crece.

Un ránking de excelencia

A Laura Lara, la primera en estrenar este ránking de excelencia, la beca le pilló por sorpresa, «como caída del cielo», pero el resto de sus compañeros coinciden en que esa posibilidad, la de ampliar sus estudios en las escuelas soñadas, marcó desde bien temprano su afán por acumular méritos en el Conservatorio, un ejercicio de sana competencia que más que enfrentarlos representó un refrescante estímulo. «Yo ni siquiera opté por irme de Erasmus porque sé que entonces hubiera bajado mi media, y lo que quería era la beca de la fundación», observa la benjamina del grupo, Noelia Gregoire, que con 22 años y un 9,24 de media en la carrera anda estos días cerrando la maleta para partir rumbo a Lieja (Bélgica), al conservatorio en el que seguirá con sus estudios de piano durante los dos próximos años. Noelia comparte mesa, tónica y té helado con Alma Ramírez, que anda deshaciendo la suya después de su experiencia en el Brooklyn College Conservatory of Music de Nueva York. Allí no sólo ha perfeccionado la técnica de la mano de una eminencia mundial en violín, el maestro japonés Masao Kawasaki, sino que ha pasado «los mejores dos años» de su vida.

A Ángel Campos aún le queda uno, y después de unos días de vacaciones en Málaga, ya ha puesto rumbo a Moscú. Él no se ha guiado por el prestigio de una escuela, sino por el de un profesor. Y el mejor estaba en Rusia. «Si hubiera sido de Sevilla, pues allí que me voy», zanja con una sonrisa el pianista, que a buen seguro nunca hubiera podido enrolarse en las clases del maestro Pavel Nersessian sin una beca como ésta.

Precisamente es Ángel el que abre el debate sobre las «enormes diferencias» que hay entre España y el extranjero en relación a la percepción que se tiene de la música clásica. Y por tanto, del respeto con el que tratan a sus profesionales. El joven pone sobre el tapete una anécdota que arranca la risa colectiva y con la que además se identifican todos los que han disfrutado de esta envidiable realidad más allá de los Pirineos: «Nos sentimos muy valorados. ¡Fíjate que en mi escuela no me dejan ni quitar las grapas de los papeles con las manos porque dicen que tengo que cuidármelas para tocar!». «Sí, sí, en Francia igual, ser saxofonista tiene un prestigio sorprendente», añade Elisa, que disfrutó de su beca en Burdeos en 2010 y 2011 y que ahora, desde Nerja, colabora con otras orquestas.

Como ella, la mayoría han vuelto a casa tras su experiencia en el extranjero. Y no sólo porque la estabilidad definitiva en este tipo de formaciones musicales es igual de difícil aquí que allí, sino porque aspiran a que con su experiencia y su trabajo «cada vez nos igualemos más con Europa». «Me gustaría aplicar aquí lo que he aprendido. Si nos vamos todos, ¿cómo vamos a conseguir que España se ponga a la altura del resto de países?», se pregunta Alicia Ruiz, cuya beca en 2009 le permitió aprender «con los mejores» en Valencia y en Barcelona, sin necesidad de cruzar ninguna frontera.

Porque conste que, tal y como diagnostica el responsable de actuaciones de la Fundación Musical de Málaga, Luis Naranjo, «en España se ha avanzado muchísimo en los últimos veinte años», aunque no es menos cierto que los pasos de gigante que se dieron hace un lustro ahora son de enanito por culpa de la crisis. En el caso de la música clásica, los recortes comparten el peso de la culpa con la «falta de cultura en este ámbito» y, por lo tanto, con cierto desapego por parte del público hacia este tipo de conciertos. En este punto de la conversación, Alberto Martín, pianista becado en el año 2008, aporta una reflexión que da en el clavo: «¿Por qué los mejores equipos de fútbol están en España? Pues porque el fútbol interesa y se promociona». Y con la música clásica debería pasar lo mismo, parecen añadir todos con sus gestos.

Beethoven y el rock

Una buena manera de invertir la tendencia es «ir metiéndola poco a poco entre los jóvenes, o llevarla al aire libre». La sugerencia parte de Alma, que sabe bien de lo que habla porque hace apenas unos días actuó con la Orquesta Joven Mundial en el marco del festival de rock de Lowlands, en Amsterdam. Sí, han leído bien. Beethoven en un programa que mezcla rock, hip hop y música alternativa. Y funcionó. «¡El público se volvió loco!», se felicita la joven, consciente de que los aficionados 'puros' sólo crecerán cuando se vayan incorporando las nuevas generaciones. Aunque aplaudan a destiempo y no desconecten sus teléfonos móviles.

Puede que parte de la solución también esté en la promoción de la música de autores contemporáneos. Porque no todo tiene que pasar por Brahms o Mozart. «Y en Málaga, por ejemplo, sólo hay un ciclo de ese tipo, en el Cánovas», lamenta Naranjo, que por supuesto valora como un paso atrás para la ciudad que el proyecto del Auditorio de Málaga se haya quedado por el camino, como la sinfonía inacabada de Schubert. «Y sería muy necesario», añade Laura Lara, cuya labor como profesora en el Conservatorio de Fuengirola la convierte en una voz más que autorizada para certificar que «hay mucha cantera, aunque por supuesto no todo el mundo vale para tocar un instrumento».

Ni para tocar, ni para asumir el rosario de renuncias que se esconde detrás de cada partitura y de cada concierto. «Este es el tercer verano que me pierdo...», confiesa Alberto mientras apura el último sorbo de su refresco. En sus palabras no se atisba rastro de amargura, sino de saberse en un camino lleno de pequeñas recompensas. Al final «todo llega», aunque los siete han perdido la cuenta de las horas que practican cada día. De las horas de entrenamiento, como los futbolistas. Pero ellos no quisieron serlo. Tampoco artistas siderales. Sus sueños tenían música de fondo. Y poco a poco han comenzado a ordenarlos en sus pentagramas.

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