¡Que vienen las suecas!

Para animar a la desalentada población local con el grito de guerra de los sesenta y setenta

TEODORO LEÓN GROSS EN TWITTER: @TEOLEONGROSS

En Diputación han tenido una gran idea: irse a Suecia a buscar clientela. Si algo ha funcionado en la Costa del Sol son las suecas. Entre las sombras del franquismo, cuando la realidad era en blanco y negro con seiscientas veinticinco líneas de interferencias, aquellas luminosas criaturas nórdicas de biquinis cortos y tacones largos se elevaron a la categoría de mito nacional. ¡Las suecas! Con el seiscientos y el frigorífico, ese gentilicio completaba el retablo de la modernidad y hervía bajo la boina de España con la prosodia babeante de Landa o Esteso.

Tal vez todo el país está volviendo décadas atrás, deshaciendo simbólicamente un ciclo esplendoroso. Veníamos de las suecas, de ser un país pobre, europeo solo por la geografía; y vamos camino de volver otra vez a las suecas, a ser un país pobre y europeo solo por la geografía. Y a lo mejor incluso Elías Bendodo aspira a ser Fraga ahora que está vacante lo de Fraga. De momento lleva bien Desinformación y Turismo, los puntos fuertes del ciclón de Perbes; y también la fe en el ladrillo y en las suecas. Ya solo le falta desempolvar el meyba.

El programa de promoción inmobiliaria de la Diputación debería llamarse ¡que vienen las suecas! para animar a la desalentada población local con el grito de guerra de los sesenta y setenta, entre el icono de Úrsula Andrews saliendo armada de las aguas turquesas de Crab Key ante los ojos de Bond -ella era suiza, pero quién iba a pararse en un detalle así- y la memoria de las chicas del Colegio Sueco de Vacaciones instalado en Torremolinos desde los cincuenta para traer a aquellas muchachas alegres y rubias a bañarse sin mojigaterías y oír a Bonet de San Pedro en el Mirador del Barco. La mayoría de las veraneantes eran inglesas, norteamericanas y francesas, incluso más alemanas que suecas, pero desde entonces todas fueron 'las suecas' y los españolitos reprimidos acudían, como cuenta Ángel Palomino en Torremolinos Gran Hotel, «a ver qué era eso».

Cuesta creer en el resurgir del espíritu de 'Manolo la nuit', que proclamaba al cateto celtíbero heredero directo de Rodolfo Valentino, o de 'Operación Cabaretera', en una España donde la mujer estaba en un régimen más islámico que continental, porque en definitiva el mito de las suecas era el reflejo del machismo casposo y cañí. Pero si a estas le sumas restringir el derecho de manifestación, un saneamiento primitivo, controlar que la tele no emita el descontento, demonizar el aborto y a los maricones, separar niños y niñas en los colegios, gastar más en porras y menos en becas, pues ya solo falta el brazo incorrupto de Santa Teresa. Y las suecas, claro.