El Juli

Los aficionados, y el público en general, nos entusiasmamos (y es lógico) con los alardes de valor de los toreros valientes y con las exquisiteces y pellizcos de los toreros de arte pero difícilmente lo hacemos con las demostraciones de sabiduría, intuición y conocimiento de los toreros denominados técnicos.

Sin embargo, son estos diestros los que constituyen la línea medular del toreo, los que dan sentido a una época, la base de la que se nutre la fiesta y sin cuya presencia el toreo derivaría hacia una épica carente de sentido o un hacia un esteticismo sin sustancia alguna.

Sus nombres -míticos para los aficionados- son harto conocidos por todos. Paquiro, Guerrita y Joselito el Gallo serían los ejemplos históricos más señeros. Siendo los toreros de esta cuerda aquellos en los que siempre han reconocido los aficionados a los verdaderos, más grandes y únicos maestros.

Por ello, pese a sus posibles y puntuales defectos («Nadie es perfecto», que diría Billy Wilder) son, sin dudarlo, lo mejores toreros pues aúnan -todos ellos- un intuitivo y precoz conocimiento de las reses y un depurado y amplío conocimiento de las suertes. Son estos diestros, en resumen, los que mejor conocen y entienden a los toros y, al mismo tiempo, los que dominan un repertorio más amplio y variado de lances y pases. Por ello, los denominamos y conocemos como 'toreros largos'-

Hoy día, tenemos la suerte de contar con un excepcional ejemplo de este tipo de torero. De torero largo. Se llama (no podía ser otro) Julián López 'El Juli', quien siempre magnífico en su toreo, explotó en madurez y maestría un lluvioso día abrileño en la Feria sevillana del año 2010.

Posee además el Juli (como Paquiro, como Guerrita, como Joselito el Gallo) la ambición y casta infinitas que distinguen y diferencian a las verdaderas figuras del toreo de las impostadas.

También atesora el Juli (como Paquiro, como Guerrita, como Joselito el Gallo) valor verdadero. Aquel del que casi nunca se hace alarde pero que permite afrontar el toreo con pasmosa tranquilidad y frialdad y estar en la cara del toro con la misma serena actitud que se tendría toreando a una maceta.

Por si todo eso fuera poco, su toreo este año, enrabietado y reivindicativo por su torticera exclusión de algunas de las grandes ferias (no ha estado en Madrid ni en Sevilla), es de las cosas que realmente merecen la pena ver pues consigue sorprender, admirar y asombrar al aficionado más exigente y avezado.

El Juli esta temporada torea -está toreando- con la categoría de un maestro pero también con la rabia y el empuje de un novillero en agraz. Explosiva y rara combinación que no suele ser habitual.

¿Hay quien de más?