El futuro de Unicaja

MANUEL CASTILLO

Lo importante no es cómo vamos a sobrevivir a la crisis, sino en qué situación vamos a quedar cuando este tsunami financiero y estructural pase sobre nuestras cabezas. Este diabólico sistema nos ha metido tal miedo en el cuerpo que ya nada nos sorprende ni siquiera nos escandaliza y hasta estamos dispuestos a asumir sin rechistar todo cuanto nos carguen en la mochila. Ahora, cuando ni siquiera divisamos el final de la travesía, debemos ser conscientes de que lo trascendente no es llegar a la cima del Everest, sino guardar las fuerzas suficientes para emprender el camino de regreso con posibilidades de llegar con vida.

Y en esta tesitura están muchas empresas y muchas entidades, entre ellas Unicaja. La reforma financiera y la presión del Gobierno presionado a su vez por los mercados empuja a Unicaja con demasiadas prisas hacia esa cima, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. La percepción es que en esta loca carrera financiera, en la que los ciudadanos no tenemos garantía alguna de fiabilidad (Bankia es el ejemplo), hay un desconocimiento absoluto sobre los efectos que toda la carga que día a día se cuelga en la espalda de la caja de ahorros y sobre cómo va a erosionar las fuerzas y el oxígeno de sus reservas. A aquellos que vivieron la Caja de Antequera o la Caja de Ronda o la Caja de Ahorros Provincial poco les importa el nombre resultante de posibles fusiones, lo que realmente les preocupa es en qué condiciones la caja malagueña llegará a esa cima y con cuántas fuerzas para volver. De nada sirve alcanzar la cumbre si no guardamos esa pizca de fuerza necesaria para llegar a casa. Y es este caso el campamento base es la responsabilidad social que Unicaja tiene en la provincia de Málaga. Si la vorágine de fusiones y su crecimiento la lleva sin remedio a hipotecar o a renunciar a la labor que su obra social y su fundación realizan en Málaga mejor que dé media vuelta, porque para ese viaje suicida no hacen falta alforjas. Si algo ha demostrado el escándalo de Bankia es que esta reforma financiera se lleva a cabo sin sentido común, sin criterios realmente financieros y sólo como una alocada carrera en la que visto lo visto hay demasiados intereses y decisiones tomadas a corto plazo en la que nadie asume responsabilidades ni paga por unos delirios de grandeza que, como siempre, acaban cargando sobre los ciudadanos y las arcas públicas.

Unicaja no puede ser una pieza más del tablero de ajedrez en el que el ministro De Guindos juega, visto lo visto, a ciegas. Aquí, en Málaga, hay que defender con firmeza el papel de la Obra Social y la Fundación Unicaja en el tejido social y cultural de la provincia, más aún cuando parece que desde la propia entidad malagueña hay poco interés en hacerlo, lo cual es triste y al mismo tiempo indignante.