Las mascotas de la prisión

Los reclusos, junto a otros presos con discapacidad psíquica, mejoran sus habilidades sociales gracias al trato con los animales Internos con enfermedad mental del centro de Alhaurín participan en un programa con perros

AMANDA SALAZAR ASALAZAR@DIARIOSUR.ESMÁLAGA.
Alberto y Juan, junto a los canes Granuja y Peseta. ::
                             J. GALLARDO/
Alberto y Juan, junto a los canes Granuja y Peseta. :: J. GALLARDO

Se llaman Granuja y Peseta. Son dos perros de terapia y los inquilinos menos conocidos de la cárcel de Alhaurín de la Torre. Llegaron hace cuatro meses y forman parte del programa asistido con animales que realizan actualmente diez internos con enfermedad mental y otros cuatro con discapacidad psíquica con la colaboración de las asociaciones Afesol, FEAPS-Malaga Amadpsi y el patrocinio de la Fundación Affinity.

La iniciativa se enmarca dentro del Programa de Atención Integral a Enfermos Mentales en Centros Penitenciarios (PAIEM), que ha recibido el reconocimiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS), según explica el director del centro, Ángel Herbella. Los presos acuden a la actividad dos veces a la semana durante una hora. Sacar a las mascotas de paseo en un patio habilitado para ellas, enseñarles trucos o ayudar a su cuidado son algunas de las funciones de los internos. «Los reclusos están encantados y muy implicados con los animales», asegura Esther Díaz, subdirectora médica del centro, quien señala que los internos están experimentando grandes avances tratando con los perros. Lo confirman Maribel Vallejo, de FEAPS-Málaga Amadpsi, la ONG y Carolina Fernández, de Afesol. «Algunos de los internos tenía graves problemas para expresar lo que sentían y estar con los perros le ha ayudado a abrirse», añaden.

Un cariño incondicional

Pero quienes mejor pueden explicar los beneficios de la terapia son los propios reclusos. «Es una experiencia muy buena porque estamos al aire libre con los animales y el tiempo pasa más rápido», afirma Fernando, que tiene una enfermedad mental y lleva nueve meses en el módulo de enfermería de la cárcel recibiendo tratamiento farmacológico y rehabilitación. Fernando asegura que echa de menos a su mascota, Sultán, y que poder acariciar y jugar con los perros del programa le hace olvidarse de su condena.

Para estos presos, lo mejor de los perros es que son incondicionales y no hacen preguntas. «Nos reciben siempre con mucha alegría y sin cuestionar por qué estamos aquí», indica Alberto, que lleva cuatro meses en Alhaurín y que tiene una pena de un año y medio de prisión. Todos aseguran que, en un entorno hostil como la cárcel, el cariño que reciben de estas mascotas les hace más llevadera la soledad del encierro.

Juan, un joven interno con enfermedad mental explica que los canes también tienen su propia personalidad y su historia. Peseta, la hembra, es la más zalamera, pero también la más lista. Sabe enseguida cómo ganarse una carantoña y siempre está presta a ponerse patas arriba para que le acaricien la barriga. «A mí el que más me gusta es Granuja, el macho, porque es más tranquilo, aunque al principio era muy miedoso porque también lo pasó mal de pequeño». Alberto cuenta que los perros, de aproximadamente un año de edad, fueron abandonados y proceden de una protectora de animales de Barcelona. «Parece que a Granuja sufrió malos tratos, con lo que se ha vuelto más retraído y cuesta ganarse su confianza», indica.

Condena como adiestrador

«Ellos -los canes- también están en terapia, están aprendiendo a socializarse con humanos», afirma Alejandro. Este joven lleva en la cárcel desde que comenzó el programa. Es el preso de confianza encargado del cuidado diario de los perros. Les da de comer, les baña, les cepilla el pelo, los saca, limpia las jaulas y el patio que tienen asignado... y una vez a la semana trabaja con una entrenadora de Affinity para aprender a adiestrar a los perros. Él a su vez, supervisa la terapia con el resto de internos y les enseña las claves que marca la especialista para adiestrarlos. «Ahora mismo estamos practicando las órdenes para sentarse, estar quieto y mirar», detalla. Para él, es una gran oportunidad para aprender el tiempo que esté entre rejas.

«Este tratamiento es paralelo a la atención clínica y pretende recuperar las habilidades sociales de estas personas con una problemática específica, para que puedan salir de aquí en las mejores condiciones para reinsertarse en la sociedad», asegura Herbella. Ana Isabel Gutiérrez, psicóloga del centro penitenciario, señala que este proyecto mejora la autoestima de los presos, mejora su control emocional y de impulsos, así como su calidad de vida y la capacidad de desarrollar sus habilidades sociales.

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