Hotel de hoteles

ANTONIO GARRIDO
Hotel de hoteles

En las fotos las jóvenes deseables, bellísimas, desnudas, se lanzan hacia la arena y hacia el mar. Las jóvenes 'suecas', término universal con el que fueron bautizadas por los habitantes de aquel pueblo de Marbella y de Torremolinos, entonces barrio de Málaga. Estas fotos, amarillentas, que contemplo se corresponden con los finales de los cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo. ¿Cómo fue posible? En una España aún con sudor agrio de sacristía, de revolución pendiente, puro juego sarcástico, en aquella España de lutos, de vencedores, de vítores a un señor bajito y obeso, esas fotos no son reales, es imposible, como la de ese muchacho, en 1964, que mira arrobado y algo más a tres jóvenes, con lo que hoy serían pudorosos bikinis, que andan por la playa de Torremolinos.

Pues las fotos son de verdad como las excursiones que se hacían desde Málaga para ver con escepticismo y asombro cómo en medio de la playa, entre algunas barcas y algún chiringuito, se levantaba un edificio extraordinario, magnífico, un edificio que por suerte se conserva, el Hotel Pez Espada, símbolo del lujo, mito hecho joya arquitectónica, título de la novela de Alfredo Taján, espacio narrativo para un texto excelente que une varias cualidades narrativas: novela de iniciación, de denuncia, de personajes, creadora de interés y de intriga; en suma, novela como deben ser las novelas, sin que falte, por supuesto, un humor de primer orden que llega a ser sarcástico y, al mismo tiempo y no es contradictorio, lleno de humanidad.

Aquellos años fueron años de una palabra extraña, prohibida, libertad. El Pez Espada era una isla, un faro deslumbrante como sus cristaleras, un paraíso donde algunos podían hacer lo que les viniera en gana aunque la sombra del horror siempre se arrastra buscando víctimas. En la definición de novela hay que atender a tiempo, espacio, personajes y acciones. Antes de seguir recomiendo al lector avisado que se vaya con la novela una tarde cualquiera y se siente en la cafetería del hotel, la va a disfrutar mucho más.

Gustavo Martín es un economista jubilado al que le han ido bien las cosas, tiene una esposa y una hija que son una pesada carga, seguramente ellas piensan lo contrario. Ha pasado más de medio siglo y regresa al hotel para bucear en los pozos del pasado y encontrar respuestas a preguntas difíciles y terribles. La narración es un implacable ejercicio de recuperación desde los hechos y no desde pesadas y pedantes reflexiones que suelen abundar más de lo debido en cierta narrativa actual. Muchos escritores tienen ese defecto terrible, no Taján, porque una cosa es la filosofía y otra la literatura. Los hechos evocados crean la trama, la malla de los significados profundos sin que falten momentos de recapitulación mental, de conjeturas, de hipótesis. Vamos a enfrentarnos a un mundo excepcional en su sentido más estricto, una anomalía en el paisaje más que gris de la dictadura.

Bajaban por Despeñaperros, Gustavo era un joven de clase media que se había enamorado de su prima segunda y mayor que él, Rosa, una mujer deslumbrante con grandes habilidades amatorias, algunas las ponía en práctica entre las pronunciadas curvas de la sierra para éxtasis del muchacho. Esta escena tiene un claro valor simbólico, escapar de la rutina, de las formas y descender a la felicidad del sol, de la luz, de la playa donde los cuerpos podían seguir ofreciéndose a los dioses, como ayer y como siempre aunque hoy masificados y demasiado cubiertos de bronceador aunque la belleza siempre existe en el presente de lo eterno; frase algo cursi pero verdadera. Cuerpos divinos, dioses en la arena.

El 'haiga' llegaba a las puertas del hotel y la pareja traspasaba la frontera de todas las inhibiciones. En el clima del Pez Espada se encontraba una pandilla que Taján ha elaborado con cuidado, una serie de personajes con luz propia, no arquetipos sino magníficos tipos: el conserje con su 'habla' malagueña, el diplomático Carlo Merloni -esposo discreto de Rosa-, los Peiró, los Aldana, 'Colita' Bravo, el poeta Rodrigo Faz de Belda y otros que se unen en pandilla con ardores adolescentes, afanes de diversión, exploradores de antros y locales que ofrecían lo que era imposible encontrar en cualquier otro lugar que no fuera la Costa del Sol.

El clima de interés de la novela se mantiene durante todo el texto. Los hechos, mejor que anécdotas, tienen dos niveles: el del grupo y el de la galería de personajes que desfilan por el hotel. Los duques de Windsor paseando su dorado exilio, la admirable Ana del Pombo, Jean Cocteau que se admiraba de encontrar en la misma calle a bañistas y a un campesino con su burro, Perón y su esposa y hasta don Juan de Borbón que bajó de su yate a tierra para tomarse una copa en la piscina del hotel. Todos forman parte de este retablo de maravillas en el que no falta el capricho, los celos, los odios y la crueldad.

En aquellos días se celebró en la capital bávara una reunión de opositores a Franco, lo que la prensa oficial llamó 'El Contubernio de Munich'. La novela toma un sesgo diferente cuando Faz de Belda inicia un compromiso político que significa el principio de la acción contraria. La tragedia, la sospecha, el espionaje, la delación y la muerte van a ocupar el centro de la historia. Taján maneja con soltura la narración implícita que sugiere al mismo tiempo que desvela, es un difícil punto de equilibrio. Vayan a la página 278 donde el horror adquiere todo su sentido. No dispongo de más espacio y se me quedan muchos matices en el teclado; por eso, lo mejor es que lean la novela. Un mundo, Málaga; un mundo, el mundo entero y un hotel que tiene el nombre de ese teleósteo cuya «carne, muy apreciada, es de textura suave y sabrosa, y convence a los paladares más exigentes».

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