Sobre el realismo y las mentiras

ANTONIO GARRIDO
Sobre el realismo y las mentiras

La mímesis es un mecanismo complejo sobre cuya definición han corrido y correrán ríos de tinta. Baste analizar los tratadistas italianos del Renacimiento y las controversias sobre las formas de representación del Barroco. Sin entrar en aspectos concretos de diferencias entre escuelas y tendencias, aceptaré como presupuesto que la mímesis es un principio de la creación artística y literaria que se basa en la imitación de la naturaleza y del comportamiento humano. Esta definición que con todas las variantes que se quieran establecer parte del principio aristotélico de la 'realidad' como externa al sujeto, como independiente; de manera, que se pueden establecer principios y leyes generales en las artes que no serían más que modos de imitación por distintas formas pero siempre teniendo a la realidad como horizonte.

El mecanismo mimético es la base de lo que se ha llamado realismo en las artes; en este caso, en la literatura. El «espejo que pasa por el camino» y que refleja los hechos y los personajes y el tiempo y el espacio y la 'vida'; pero claro está que este orden canónico, tan cómodo, tan clasificado, es rigurosamente falso porque no tiene en cuenta ni la subjetividad, ni la evolución de la serie histórica ni tantos otros factores que hace de la mímesis un concepto casi inasible, con el debido respeto a Auerbach -es curioso señalar que la primera traducción se hizo al español en 1951-, cuyo libro sigue apasionándome. De su lectura se desprende esa inestabilidad del propio concepto que tiene también una acepción que casi nunca se cita y que es necesaria para la comprensión de este libro de Ferré. La mímesis como imitación hecha generalmente como burla, como humor rabelesiano recreado en los 'Cuentos dolátricos', de Balzac, en toda esa línea carnavalesca -Baijtín- y esperpéntica -Valle-Inclán- que supone una vía imprescindible para la supervivencia de la literatura, hoy tan domesticada, y, quiero pensarlo así, quiero desearlo así, de nosotros mismos.

El simulacro es la acción que solo se hace con la apariencia de lo que se expresa pero sin serlo en realidad. De nuevo, como en las definiciones circulares, la palabra realidad vuelve a aparecer con el sentido aristotélico. Mímesis y simulacro en la encrucijada de la representación, conceptos opuestos y complementarios, diferentes y unidos en la esencia de la cabeza de Jano con la mirada hacia lugares que llevan al absurdo que es la fuente de la lucidez.

Este es un libro necesario y complejo donde aparece con frecuencia el crítico Jameson con el que compartí docencia en la Universidad de Duke y que me hizo meditar mucho desde mi propia formación teórica de la mano de García Berrio. Por problemas de espacio no puedo extenderme pero voy a citar algunas páginas que me parecen especialmente relevantes: 148, 150, 167, 171, 199, 223, 231, 280, 281, 302, 333 y la cita final de Pynchon en la página 337.

He disfrutado mucho con la lectura, me ha hecho pensar y he comprobado la coherencia de Ferré entre su obra narrativa y sus planteamientos teóricos. El libro, entre otras virtudes, es un magnífico proyecto de transgresión y de supervivencia de la literatura en este mundo global, falsamente libre, falsamente informado, fase tercera del desarrollo capitalista, espectáculo por encima de todo donde la realidad no es ni siquiera los espejos de la Calle del Gato. Un universo dominado más que nunca por la uniformidad -baste analizar la novela histórica-, por la disconformidad controlada, por el Ojo que todo lo vigila, que nos aliena, como nunca se ha hecho, con el poder de las nuevas tecnologías.

Sade; la novela histórica como el cartón piedra de un sistema de valores; el costumbrista como perverso creador de mitos fáciles, cómodos y asumibles por una burguesía dominante; la contradicción del mulato Sab, preso de amor y preso de su situación social, doblemente esclavo; el salto con red y corsé con crucifijo al fondo de la Pardo Bazán; la debilidad teórica de Ortega en materia de teoría narrativa; los dos capítulos dedicados al 'Ulises' y a la ruptura de esa realidad por medio de la revolución del lenguaje, ¿qué nos queda?, 'Los análisis de Kafka', de García Márquez, y la maravilla de 'La saga de los Marx', de Juan Goytisolo, de aquellos escritores que se han 'ecartado', si se me permite el palabro, de los que han resistido por transformación mítica, por juego de tecnologías, la radio, la televisión, la red, las nuevas realidades que conducen a la gran superficie los fines de semana y al triste coito al que se refiriera Cernuda.

Que todo cambie para que nada cambie lampedusiano es el resumen y Ferré se revela y, desde estos supuestos, escribe de manera distinta, asumiendo el riesgo de la paradoja, de la ironía, del juego cruel, del triunfo y la ruina de los cuerpos, de la libertad en suma.

Ferré tiene una formación teórica inusual en estos pagos, una formación que sabe perturbar como los textos de Wallace y Delillo. En la página 245 se analiza una anécdota delirante, no menos que mi experiencia en mi última visita al Louvre. Sala de 'La Giocond', a rebosar, gente fuera de la sala, nadie miraba el cuadro, solo sacaban fotografías. La lente es la realidad y este territorio es el de la nueva narrativa que debe ser más corrosiva, más extrema, más radical, tanto como el maravilloso cuento de Skipp y Levinthal, 'Dios salve a la reina'.

Capítulos muy importantes son los que se refiere a la definición de una narrativa mutante y el simulacro virtual como sucedáneo metaliterario en la narrativa actual. Sobre 'Anatomía de un instante', de Cercas, tenemos que hablar Ferré y yo con tiempo y alguna bebida entre manos.