Un profesor comprometido con el diálogo

José Antonio Binaburo Iturbide Coordina el programa Escuela Espacio de Paz

POR AMANDA SALAZARFOTOS: CARLOS MORET
Un profesor comprometido con el diálogo

Hablar de José Antonio Binaburo es hablar de la cultura de paz y la convivencia en colegios e institutos. Él fue quien empezó a desarrollar el programa Escuela Espacio de Paz desde la delegación de Educación de Málaga, que luego extendió al resto de las provincias andaluzas como coordinador desde la Consejería. A un año de jubilarse después de casi cuatro décadas dedicadas a la educación, guarda en la manga varios proyectos, como la cátedra Unesco de para la Educación de Paz en la Universidad de Málaga (UMA) o las actividades de la Fundación Cultura de Paz, que preside Federico Mayor Zaragoza.

José Antonio Binaburo vino al mundo hace 60 años, en una familia de agricultores de origen vasco de Fuendetodos, el mismo pueblo zaragozano donde nació Goya. Uno de los recuerdos más queridos de su infancia fue cuando la televisión francesa llegó al pequeño municipio para hacer una biografía del pintor y le eligieron a él como Goya.

Siempre fue aplicado en la escuela. Pero fue el empeño de su madre lo que le llevó a estudiar Bachiller en un internado de Zaragoza gracias a una beca. Binaburo supo desde muy pronto que quería ser profesor, aunque no fue gracias a su primer maestro. «En la escuela, mi mentor creía que los niños del campo no debíamos estudiar», indica. Pero le demostró que se equivocaba. A los nueve años se marchó al colegio de los josefinos de Zaragoza.

En el internado, escuchó por primera vez la música clásica, una de sus pasiones. De familia humilde, completaba la beca con el dinero que sacaba cosechando un viñedo que su padre, que falleció cuando tenía diez años, plantó cuando él nació. Sus buenas notas le permitieron continuar su formación en la Facultad de Filosofía y Letras, que finalizó en Barcelona, licenciándose en Filosofía. Se declara seguidor de la escuela de Fráncfort, de Habermas y Witgestein y es un enamorado de la música de Bach y de las canciones de Bob Dylan y Labordeta, paisano y amigo.

Durante la carrera, tuvo que ingeniárselas para poder pagar su estancia fuera de casa. Decidió entonces aprovechar los veranos para marcharse a trabajar a la fábrica de Coca Cola en Fráncfort, Alemania. Allí conoció por primera vez la verdadera libertad. Por las tardes, tras el trabajo, empezó a ayudar como voluntario a un asistente social que atendía a los emigrantes españoles. Su labor era leerles las nóminas y notificaciones en alemán y escribirles cartas. «Les pedía las fotos de las novias para inspirarme, y ellas siempre contestaban encantadas por lo románticos que eran sus novios», bromea. Uno de sus trabajos fue acompañar el cadáver de un emigrante fallecido hasta Sevilla. Cuando llegó al aeropuerto, allí estaba el secretario del juez preguntando en voz alta por 'el niño del fiambre'. Y ese ha sido desde entonces su mote para sus antiguos compañeros de Alemania.

Tras acabar la carrera, empezó a trabajar como profesor de filosofía en un instituto en Basauri, Bilbao. A los dos años, consiguió una beca para hacer un posgrado de un curso en Roma, una ciudad a la que ha viajado 23 veces. Durante aquella estancia, acabó haciendo de guía turístico para las azafatas de Iberia que paraban en Roma. A su regreso, se doctoró en Filosofía por la Universidad de Deusto.

Estudios lejos de casa

Fue entonces cuando comenzó su etapa más dura como profesor y director en Basauri, y donde comenzó su compromiso con la cultura de paz. Las acciones de ETA se recrudecieron en los primeros años de democracia. Él siempre se mostró contrario a la violencia, y eso le trajo enemigos entre los alumnos y el profesorado. Una tarde de junio de 1976, asesinaron a la puerta del instituto a un compañero. En 1979, un tiroteo frente al centro en el que murió un agente comercial que pasaba por allí acabó con balas incrustadas en las paredes del instituto. Pese a todo, apostó siempre por el diálogo.

En 1999, cansado de las amenazas y de tener que mirar bajo el coche por si tenía una bomba, decidió trasladarse con su mujer y sus dos hijas mellizas a Málaga. «No lo considero un fracaso; aquí he podido desarrollar un programa de cultura de paz en la escuela que no habría podido hacer en el País Vasco», dice. Aunque le siguieron la pista hasta aquí. «Tuve que usar el apodo de Jodie Foster, mi actriz favorita, para que no entrasen en mi correo electrónico», explica. Llegó a la capital de la Costa del Sol por casualidad, pero enseguida se sintió como un malagueño más, salvo por el fuerte acento aragonés. «Tengo la sensación de que en estos años en Málaga me he divertido más que trabajado, porque he podido desarrollar las cosas en las que creo», asegura.

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