Otro éxito de Telefónica

IRENE LOZANO

Leo apaciblemente los periódicos mientras me fumo un cigarro. En casa, claro, porque ya no puedo hacerlo en casi ningún otro sitio: cuánta fuerza de voluntad se necesita para seguir fumando. Siento una inmensa paz al conocer tres noticias. Una, Telefónica obtuvo 10.000 millones de euros de beneficio el año pasado. Dos, Telefónica va a despedir a unos 6.000 empleados, el 20% de su plantilla en España. Y tres, Telefónica dará a sus directivos bonus por valor de 450 millones de euros en tres años.

En el preciso momento en que proceso las tres informaciones, mi felicidad alcanza cotas insuperables: todo está en orden. Telefónica es una gran compañía. Y española, lo que significa que debemos sentirnos orgullosos de sus actos. Los beneficios, como todo el mundo imagina, se han logrado gracias a los directivos, por eso los premian: en España se retribuye el talento como en ningún sitio. Los bonus no se darán de acuerdo a la mejora de la actividad real de la compañía, sino que se vincularán al incremento del valor bursátil de la acción, es decir, a lo ficticio. Si la empresa vale más en Bolsa, ¡premio! Azar por azar, como debe ser. La creatividad contable y financiera, el olvido de la economía real, el modernismo del dinero, son los grandes principios que han llevado la economía mundial al momento triunfal que estamos viviendo. Nada más lógico que insistir en ello.

El despido de 6.000 empleados termina de colmarme de alegría. A estas alturas, nadie puede dudar de que ellos son culpables, no de que Telefónica haya sufrido pérdidas, que no es el caso, sino de que no haya ganado más. Si no fuera por el desembolso de los seguros sociales, los salarios, las bajas por enfermedad y todos esos engorros, el beneficio habría sido mayor, y los directivos habrían disfrutado, no de 450 millones, sino de 900. Ergo les han privado de un bonus mayor. ¡Serán ladrones! ¡A la calle! Tiempo habrá, si los que quedan se resisten a prolongar sus jornadas y fortalecer su salud, de subcontratar un autónomo joven y pletórico de fuerzas, que se pague su propia pensión, solo faltaría, ¿por qué se la iba a pagar Telefónica cuando puede dedicar ese dinero a sus directivos? Todo goza de una coherencia impecable. Solo un demente podría oponerse.

Aseguran los sociólogos que vivimos una época de incertidumbre. Tonterías. Todo sucede tal como esperábamos. El día que Telefónica abarate las tarifas a los usuarios y distribuya equitativamente sus beneficios entre empleados y directivos, será cuando nos echemos a temblar. Algo muy fuerte habrá ocurrido.