Las Armas y las Letras

Las Armas y las Letras es uno de esos libros que no se acaban cuando se acaban, que conduce a otros libros, y que retrata con sabio equilibrio lo que fue aquel infierno

JUAN BONILLA

Hace quince años salió un libro imprescindible que a muchos nos dio todas las pistas posibles para entender qué fue la guerra civil española y cómo la afrontaron los escritores de los dos bandos. Se titulaba Las Armas y las Letras y lo firmaba Andrés Trapiello. Ahora es fácil decir que sin sus aportaciones, sus opiniones contundentes, la potencia de su estilo, donde se mezclaba erudición y sensatez, ironía y compasión, algunas novelas de mucho éxito no hubieran podido escribirse con la desenvoltura con la que se escribieron. No daremos nombres, porque no se trata de eso. Lo cierto es que Trapiello, con Las Armas y las Letras, consiguió algo más que instruir deleitando: se metió en un campo de minas y salió airoso. No sé si recuerdo mal pero creo que no le dieron el Premio nacional de Ensayo de aquel año: da igual. Tampoco se lo darán este año, porque acaba de salir remozado y aumentado, pero lo considerarán una reedición y no optará al galardón. Esas cosas dan igual: el libro ha ido creciendo, la erudición de Trapiello no ha conocido desmayo, y esta nueva edición que se presenta en estos días con impactante cubierta de Carlos García Alix, mejora sin duda a la primera edición del libro: si aquel era un libro imprescindible sobre nuestra guerra civil que se leía a grandes sorbos, que conducía a muchos otros libros, que nos mostraba cómo habían encarado el conflicto escritores de los dos bandos -y de un tercero, el bando invisible que no tenía sitio donde caerse muerto- éste, siendo el mismo, es ya un libro que si no se convierte en lectura obligatoria es porque vivimos en un mundo muy raro y tenaz en su apuesta por la ignorancia, el ruido y la tontería.

Las Armas y las Letras es una obra maestra, no me cabe ninguna duda. Lo es por varias razones que trataré de explicitar brevemente: porque la guerra civil sigue siendo apasionante, no porque sus heridas estén todavía abiertas (lo cual es cada vez más obvio si se mira alrededor) sino porque las guerras civiles son apasionantes si el que nos las cuenta sabe apasionar. Y ese arte lo domina Trapiello como nadie. Es un prosista de una fuerza incomparable. Cualquiera que se haya metido en las aguas ya oceánicas de su Salón de Pasos Perdidos -que lleva 17 tomos- sabe a lo que me refiero: su prosa te agarra de las solapas y no te suelta, y no quieres que te suelte, y vas acompañándola y respirándola porque detrás hay un poeta y un observador admirable de la realidad, capaz de los golpes humorísticos más despiadados y tronchantes, pero también de practicar una compasión que sin caer nunca en lo cursi, emociona hasta hacer temblar el suelo que pisamos. Quiero decir, que con esta misma erudición que gasta Trapiello pero sin su soltura de prosista elegante y a la vez veloz, preciso y decidido, toda esa erudición no sería más que una montaña de datos sin alma. El alma la presta el prosista que hay detrás de un tema fascinante como pocos.

Gracias a Trapiello, un prosista tan excepcional y un personaje tan interesante como el periodista Chaves Nogales no ocuparía el lugar que hoy ocupa, su gran libro A Sangre y Fuego, reeditado varias veces, no sería una lectura imprescindible como es hoy para saber de primera mano qué fue la Guerra Civil. Gracias a Trapiello, un escritor como Pío Baroja, admirable por tantas razones, queda al descubierto en sus miserias y dislates. Gracias a Andrés Trapiello, sabemos mucho más de otras muchas figuras, segundones algunos, primeras espadas de la poesía como Alberti.

Todo el mundo sabe que la Guerra Civil ha generado bibliotecas enteras. Y Trapiello parece haberse leído todos los libros de esas bibliotecas para depurarlos en este Las Armas y las Letras que he vuelto a leer en estos días con la sensación de encontrarme ante una obra ciclópea. Dice bien Trapiello cuando dice, en la primera página de su libro, que no hay que confundir las cosas, y que aunque en ambos bandos se produjeron crímenes imperdonables y destrozos que retratan la maldad humana y el horror, no hay que perder de vista en ningún momento que los de un bando luchaban por los principios de la Ilustración y los del otro por los del fascismo ultracatólico. No le impide tener conciencia de una verdad tan descomunal, para retratar los horrores, las cobardías y mezquindades que se produjeron entre los intelectuales de ambos bandos. Tampoco para retratar los actos heroicos de bondad cuando se produjeron. Por todo ello, Las Armas y las Letras es uno de esos libros que no se acaban cuando se acaban, que conduce a otros libros, y que retrata con sabio equilibrio lo que fue aquel infierno. Trapiello se significó en los años ochenta por rescatar como editor a autores como Sánchez Mazas o Ruano o Foxá, lo que le valió para que le tacharan de fascista. El tiempo le ha dado la razón, y hoy esos y otros nombres ya forman parte del acervo de nuestra literatura. Como se la seguirá dando en su retrato de una guerra civil mirada a través de los intelectuales que tuvieron que enfrentarse a ella y decidir qué hacer, cómo actuar, con quién alinearse. En frase que se ha repetido muchas veces, pero que fue él el primero que pronunció, sobre los escritores del bando nacional, dijo: ganaron la guerra pero perdieron la historia de la literatura. Gracias a sus esfuerzos, los mejores de ellos, han sido reintegrados al corpus. Pero más allá de esas victorias, importa señalar que tras este libro, hay un trabajo hercúleo de alguien que se las ha apañado para que su erudición apasionante se transmita con prosa apasionante. La mejor prosa que se escribe hoy en España, para qué vamos a engañarnos.

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