Ricky Dávila, fotógrafo y autor de la exposición 'No vodka on the moon': «La belleza del retrato radica en que es un misterio sin resolución permanente»

El autor vasco presenta en la sede de la Sociedad Económica de Amigos del País una de sus últimas series fotográficas

PILAR MANZANARESMADRID.
Ricky Dávila, fotógrafo y autor de la exposición 'No vodka on the moon': «La belleza del retrato radica en que es un misterio sin resolución permanente»

Nos encontramos en sus miradas y cada arruga nos susurra una historia que, a menudo, asumimos como propia. ¿Quiénes son? Da igual, están ahí para que soñemos con lo que vemos, para trazarnos nuestro propio mapa y conocernos mejor a través de sus ojos. Es el diálogo visual que el fotógrafo Ricky Dávila plantea en cada instantánea que capta con su cámara. Uno de sus últimos trabajos, 'No vodka on the moon' (2007), se exhibe hasta el 10 de mayo en la Sociedad Económica de Amigos del País.

-¿Qué muestra el rostro de una persona?

-Todo y nada. Y ésa es la belleza del retrato, que es un misterio sin resolución permanente. No comparto que a través de un retrato podamos ver la psicología de los demás, bastante lío tenemos con nosotros mismos como para tener la presunción, desde el ejercicio fotográfico, de que vamos revelando almas por ahí. La fotografía, si hay voluntad poética detrás de la cámara, sólo hace las preguntas correctas para establecer un diálogo con el retratado.

-¿Por qué cree que los espectadores nos vemos en muchos de sus trabajos?

-La cualidad ineludible de cualquier buen retratista es la empatía y, si no la tienes, creo que no estás facultado para hacer una foto de ese tipo. Al final, hay un aspecto fundamental o consustancial a tu trabajo, que es el de la cuestión humana, por la que resulta inevitable ponerse en el lugar de los demás. Creo que cada espectador encuentra sus propios reflejos en estas caras y, la verdad, me gusta porque se crea un diálogo de mucha horizontalidad. Lo mejor que le pueden ocurrir a estas fotos, que son apuntes poéticos, es que alguien llegue y sueñe con ellas, dándoles su propia categoría poética.

-¿Qué rostro tiene la Península?

-No es un inventario en el que yo me vea con talla para hacer una tesis social, por eso me refugio en lo que llamo documentalismo subjetivo. Es un inventario de rostros con una elección particular que no creo que resuma el tejido social actual, pero sí mi propia itinerancia dentro de ese tejido.

-¿A dónde le ha conducido este extenso inventario?

-Al final, la fotografía, incluso en sus extremos más de reportaje social, no deja de ser un proceso de exploración de uno mismo. Este trabajo tiene un componente de autorretrato. También fotografiamos para conocernos a nosotros mismos, aunque hagamos fotos de otros.

-¿Hay alguna imagen que no suponga un viaje introspectivo?

-Hay imágenes en las que, de un modo declarado y más explícito, hay una voluntad informativa, de documentación y de dar cuenta de cosas que no somos nosotros mismos. Cuando uno desde la cámara se decide a hacer un reportaje de corte declaradamente social, porque quiere informar de lo que está ocurriendo, sí hay un componente de introspección, pero muy diluido en lo que creo que debe ser, en ese caso, el foco, que es la atención de los demás.

-¿Podríamos estar ante una arqueología de la memoria?

-Yo sí creo que, huyendo de responsabilidades antropológicas, algo quedará de eso, pero en una medida muy humilde, porque estamos anegados de imágenes. Al final, los resúmenes de lo que es ahora mismo la transcripción del mundo en imágenes son patrimonio de todos, no necesariamente de autores. Nosotros los autores contribuimos con puntos de vista particulares, pero nunca el mundo ha estado tan reproducido. Yo sólo aporto mi gota de agua en una marea enorme.

Imágenes de divagación

-Está abocado a hacer fotografías como escribía W.G. Sebald.

-Sí, inevitablemente, porque ya llevo tiempo cautivado por esa literatura de la divagación que está ahora muy extendida con gente como Philip Hoare o Enrique Vila-Matas. Sería una fotografía de la divagación con un componente muy poético y un eje que es el propio yo, pero sin hipertrofias ni autocomplacencias. Tendría un fundamento de percepción en el que yo me reconozco desde que hago reportajes, pero sin voluntad informativa. Tengo en mis lecturas una influencia tanto o más notable que en mis registros visuales como espectador.

-Danza con la vida, ¿qué baile le marcaría ahora?

-Cuando uno toma conciencia de que no hay respuestas totales para las cosas dejas de pegarte con la realidad para explicarla y pasas a asumirla como inexplicable e intentar bailarla. Así que, si eligiera un baile, estaría relacionado con el Bushido, algo que me ha descubierto un alumno mío. Sería, sin duda, un baile de penetración.