Antonio Soler, escritor: «No podría contar una historia de felicidad porque acabaría en dos renglones»

MARINA MARTÍNEZ MMARTINEZ@DIARIOSUR.ESMÁLAGA.
El malagueño Antonio Soler se ha afianzado en el mundo editorial después de más de veinte años de carrera y de haber conseguido algunos de los principales premios literarios, entre los que destacan el Nadal y el Herralde. ::
                             PEPE ORTEGA/
El malagueño Antonio Soler se ha afianzado en el mundo editorial después de más de veinte años de carrera y de haber conseguido algunos de los principales premios literarios, entre los que destacan el Nadal y el Herralde. :: PEPE ORTEGA

Su voz es un bálsamo contra el estrés. Como su literatura. Desde su silente atalaya próxima a Gibralfaro, Antonio Soler (Málaga, 1956) teje esas historias siempre humanas y a la vez duras que a él mismo le reconfortan y le dan las claves para entender el mundo. El Premio Nadal, el Herralde, el Nacional de la Crítica o el Primavera avalan una firme trayectoria a la que ahora se añade un nuevo título: 'Lausana' (Mondadori), en la que una mujer viaja entre pasado y presente para reflexionar sobre su destino y su vida desde un tren en Suiza. No es el único evento en la agenda de este escritor y columnista que sólo le interesa de la televisión el cine y el fútbol. En junio partirá hacia Polonia en un proyecto de la UE de convivencia cultural con motivo de la inauguración del Centro de Escritores Europeos.

-Con 'Lausana', cambia de editorial, por primera vez narra desde la perspectiva de una mujer y se ancla a la actualidad. ¿Está abriendo una nueva etapa?

-Bueno, lo fundamental es meterme en la piel de una mujer. Naturalmente como novelista siempre habría tratado personajes femeninos, pero una cosa es describir mujeres y otra sentir como mujer y ver el mundo desde esa óptica. Ahí es donde está el verdadero cambio. ¿La actualidad? También, aunque eso ha sido un cambio progresivo, porque 'El sueño del caimán' ya se situaba en los 90.

-Ahora juega asimismo con el doble espacio temporal alternando presente y pasado. Entonces dijo que abría la puerta a seguir experimentando, ¿ahora también?

-Sí, es algo que he intentado hacer desde que empecé a escribir. En varias novelas creé un mundo común, a pesar de ello, cada una tenía una estructura narrativa totalmente distinta, precisamente por eso, por el afán de investigar nuevos caminos. Para mí, repetirme en la forma de escribir es algo que me aburre mucho. Llevo ya veintitantos años en esto, desde que empecé hasta aquí han pasado muchas cosas en mi vida, cosas que antes eran exóticas y extraordinarias como viajar al extranjero, ahora forman parte ya de la rutina, y muchos de mis personajes los he ido sacando de estos viajes.

-Como aquella mujer que se encontró en su viaje a Lausana y que toma como base ahora.

-Sí, aunque no es que viera a una mujer aparentemente intrascendente y surgiera la historia, sino que aquello me sirvió para concretar muchas ideas que yo venía acariciando de antes, como escribir desde el punto de vista de una mujer que en apariencia había tenido una vida normal, porque yo creo que la literatura lo que hace es hablarnos de nosotros mismos, y profundizar en cada uno de nosotros. Si lo que hace es contar hechos extraordinarios, como historias de vampiros, puede estar muy bien para distraerte, pero no para ahondar en el ser humano. Los viajes lo que tienen es que te ponen delante a mucha gente que no va a tu casa a verte, y el oficio del escritor es estar siempre en busca de esas cosas.

-Y usted suele fijarse más en quienes no se fija la mayoría de la gente, en los más inadvertidos.

-Sí, siempre me han gustado los personajes secundarios. Tiene cierta coherencia con lo que comentaba antes, para mí la literatura no es la de los grandes héroes ni nada de esto, sino la de la gente débil, la que no tiene un gran protagonismo social, pero que puede tener un mundo interno muy fuerte.

-¿Y 'Lausana' es un intento por comprender ese mundo interior?

-Sí, yo creo que lo que debemos hacer los novelistas es intentar comprender a los demás para conocer las claves de la vida y los comportamientos. Ahora que ha muerto Delibes, yo destacaría que uno de sus grandes portentos ha sido su compasión hacia sus propios personajes y yo creo que viene derivada de la comprensión de ver que en el fondo todos son inocentes, que ninguna persona con vida normal tiene que ser culpable de nada. Muchas de las cosas que socialmente están condenadas o son políticamente incorrectas no son más que imposiciones. En 'Lausana', hay una relación de infidelidad, ese hombre que está casado y se enamora de una mujer no es culpable de nada, simplemente se ha enamorado. Es un trastorno para su vida, un desengaño para su mujer y para la mujer que conoce, pero no hay culpabilidad. Ese intento de comprender los pequeños hechos humanos le corresponde al escritor. Esa es una de las cosas que he intentado analizar, y aquí hago una reivindicación de la inocencia.

-Y supongo que el viaje es una metáfora de la vida.

-Claro, la novela cuenta un viaje que apenas dura una hora pero en él esta mujer va recordando fragmentos de su vida, chispazos de su memoria para recomponer una historia. Y a la vez la mujer, como hacemos todos cuando vamos en un tren, va teniendo ideas mezcladas con recuerdos, mirando lo que ocurre a su alrededor. Es una persona con carencias y los demás son un espejo en el que se mira e intenta analizarse. Pero he intentado unir pasado y presente de forma fluida para que el lector fuera de un plano a otro con la misma comodidad que esta mujer va en el tren, llevarle en primera clase.

-Sin embargo, algunos recuerdos le producen incomodidad.

-Sí, va atravesando épocas difíciles de su vida, porque a pesar de que su vida aparentemente es anodina, no ha tenido grandes romances ni grandes aventuras, es una vida en la que ha pasado dificultades. Porque yo creo que no hace falta haber estado en cuatro guerras ni haber tenido doce amantes, cualquier persona tiene dentro muchas novelas. En este caso, la protagonista ha vivido una infidelidad durante muchos años. No sólo valora que su marido se haya enamorado de otra mujer, sino qué va a ser de ella, sobre todo si se produce esa ruptura. Ella intenta no ver la realidad, esconderla, mirar para otro lado y confiar en la cobardía de su marido para que no sea capaz de romper su vínculo.

-A veces se puede pagar caro ocultar la realidad.

-Sí, pero hay muchas personas a las que les cuesta ver la realidad porque puede ser muy dolorosa.

-Usted se refugió en la escritura para superar una realidad dolorosa. ¿Le sigue sirviendo de terapia escribir?

-Yo creo que en general escribir siempre sirve de terapia porque es una gran descarga emocional, es como cuando uno va a un cura y se confiesa. El gran alivio que se siente después no es porque te perdone, sino porque emocionalmente has tenido una gran descarga, y la escritura a mí me produce el mismo efecto porque es una gran concentración contenida la que se lleva durante meses, da la sensación de estar viviendo en un mundo paralelo, una especie de refugio.

-No es un tópico entonces el aislamiento del escritor...

-Cuando escribes, mentalmente estás muy metido en otro ambiente. Es un mundo que te preserva de muchas cosas, te aísla, tú lo vas generando y él te va dando también muchas cosas. Rafael Pérez Estrada me dijo una vez: «Qué gran suerte haber encontrado este refugio porque las cuatro o cinco horas que estoy escribiendo al día no estoy enfermo, no temo a la muerte, no tengo dolor».

-También le ocurre al lector.

-Claro, pero en el escritor se potencia mucho más, es como subir el voltaje al doble. Y sobre todo porque es algo que va contigo a lo largo de muchos meses.

-Como un parto, al final merece la pena.

-(Risas) Normalmente, sí.

-¿Normalmente? ¿Se arrepiente de alguna de sus obras?

-Unas me gustan más y otras menos, pero no me arrepiento. Es más, yo estoy seguro de que ninguna hubiera sido posible sin la anterior. Yo siempre he visto la carrera literaria como una carrera de fondo, donde no hay saltos, hay pasos y por tanto ningún paso sería posible sin el anterior.

-Pero han sido pasos firmes. El balance de títulos y premios no está nada mal. ¿Se siente afortunado?

-Razonablemente sí. Yo me considero muy bien tratado editorialmente y también por la crítica, aunque alguna cornada también te dan... Baudelaire decía que hay que caer muy bajo para ser feliz. Yo creo que hay que dejar siempre un margen de mejora para no estar satisfecho del todo porque todo se puede mejorar.

-Entonces nunca habrá conseguido llegar a la felicidad...

-Es difícil. Además, literariamente, no se le puede sacar partido. Alguna vez me han preguntado por qué escribo historias aparentemente tristes o duras, pues porque no podría contar una historia de felicidad porque acabaría en dos renglones. Nos pasa a todos en la vida diaria, si te encuentras a alguien y le preguntas por una amiga común y te dice que está muy bien, se acaba la conversación. Ahora, si te dice: «¿No sabes lo que le pasó? Que su marido se fue con otra», ahí es cuando surge el problema, cuando hay una historia que contar. Los cuentos infantiles también están llenos de drama, de aventuras, y cuando finalmente los personajes consiguen ser felices, termina la historia.

-Aunque ahora se llevan más los vampiros y los best-sellers tipo 'Harry Potter' que el «vivieron felices y comieron perdices».

-Bueno, a mí me parece maravilloso que haya libros como los de Harry Potter. Muchos de sus lectores quizás luego no lean otra cosa, pero otros sí crean ese hábito. Yo de niño iba cogiendo un libro de Agatha Christie, otro de Álvaro de la Iglesia, otro de Dostoievski...

-¿Y las lecturas obligadas de la escuela no pueden tener un efecto contraproducente?

-Muchas sí. Yo recuerdo que las lecturas que a mí me ponían era como para vacunarte contra la literatura. A algunos no se les ocurriría nunca más leer un libro. A pesar de eso, estoy convencido de que las mejores campañas de fomento de la lectura deben hacerse en los colegios. Leer sirve a la madurez de un país. Un niño que lee aprende a manejar el lenguaje, a desarrollar pensamientos y razonamientos que le van a servir para toda su vida, tenga la profesión que tenga.

-¿Aunque sean 'best-sellers'?

-Claro, los 'best-sellers' son puentes hacia otras cosas, hacia la comprensión del lenguaje escrito, por ejemplo. Además, ayudan a alimentar al resto de literatura.

-Porque hay una literatura que no necesita estar en las listas de ventas...

-No. Yo, por ejemplo, eso me lo tomo con tranquilidad porque he estado y no he estado en ellas. De todas formas, yo no soy un escritor marginal, publico en editoriales comerciales, no soy un 'outsider', sigo los cánones en ese sentido, lo que ocurre es que mi motor no está en el número de libros vendidos. También es cierto que a las editoriales les cuesta más colocar un producto netamente literario que otro de vampiros o de asesinos en serie. La locura vendría, por ejemplo, cuando un novelista serio, por decirlo de algún modo, ocupase el sitio del autor de los vampiros. ¿Sería mejor para la cultura social? Sin duda, pero sorprendería.

-¿Y qué piensa de los libros por encargo?

-Siempre he defendido la literatura de encargo. Si tienes talento, ¿por qué no? La historia está llena de encargos, desde la Capilla Sixtina a los retratos de Velázquez. No tiene que significar prostituirse, parece que si cobras eres peor porque eres menos puro. Nadie lo piensa en el caso de un dentista o un abogado, pero en la literatura sí existe esa idea de virginidad un poco absurda. Yo ahora estoy escribiendo un libro por encargo sobre la decadencia de la Málaga esplendorosa del siglo XIX.