Lausana

Así comienza la nueva novela de Antonio Soler. En ella, una mujer repasa su vida durante un viaje en tren por tierras suizas

La protagonista de la nueva novela del malagueño Antonio Soler revive parte del pasado durante un recorrido en tren entre las ciudades suizas de Ginebra hasta Lausana para encontrarse con su hijo. ::
                             DENIS BALIBOUSE. REUTERS/
La protagonista de la nueva novela del malagueño Antonio Soler revive parte del pasado durante un recorrido en tren entre las ciudades suizas de Ginebra hasta Lausana para encontrarse con su hijo. :: DENIS BALIBOUSE. REUTERS

GINEBRA, 9.56 h

Viniendo de la oscuridad, apareciendo de la nada, atravesó el jardín y llegó hasta la puerta de la casa. Perro fiel, pequeño puerco espín. Con su bigotito. Se quedó en el umbral, mirándome con el aire de un cobrador antiguo, de los que enviaban las funerarias a las casas, sin atreverse a pedir lo que se le debía. Se encogió de un hombro, sopló un poco, como para apagar una cerilla, y me dijo:

-Hay una cosa.

Esperé. Él frunció el ceño. Miró el dibujo del felpudo, mis pies, y otra vez a mis ojos. Ahora no soplaba. Aguantaba la respiración.

-¿Una cosa? -le pregunté, viendo que él necesitaba oír mi voz, tener permiso, o algo así, para seguir hablando, incluso para respirar.

-Susanne murió anoche.

«La ley -pensé yo, no sé por qué-. La ley.» Y me acordé de esa mirada suya, la mirada de Susanne, siempre a punto de ser despótica, divertida si se era amiga suya, mientras Martín, entrando ya en la casa y siguiendo sus ejercicios espirituales de funerario, me preguntaba con tono bajo:

-¿Crees que se lo debemos decir a Jesús?

-Sí. Tú -le contesté sin ninguna duda-. Tú se lo debes decir.

-No sé si merece la pena.

«La ley», pensé contestarle. Y también que a Jesús la verdad siempre le mereció la pena. Es de esa clase de brutos que piensan que la verdad, por dura que sea, es siempre mejor que la mentira o incluso que el bálsamo del silencio. Por eso, entre otras cosas, sufrió tanto cuando me engañó con Susanne. Pero no le dije nada. Como respuesta empecé a andar pasillo adelante y dejé a Martín en la entrada, con sus dudas, colgando su abrigo, caro, en el perchero.

Ya han pasado dos o tres años de eso, y justamente ahora, cuando Jesús empieza a despedirse del mundo, entra en el vagón esta señora, tan parecida a la Susanne de sus mejores tiempos, con su barbilla levantada y los labios como los tenía ella, rectos, de granito rojo. Un anuncio de lo que está a punto de ocurrir, un fantasma que mi antigua amiga me envía desde el más allá.

No sé si sentí su muerte o me alegré. En aquel momento sólo quise volver a oír la noticia en boca de Martín y presenciar el efecto que sus palabras producían en Jesús. Quizá dar por cerrada definitivamente esa historia. No sé. Ahora sí que lo vamos a cerrar todo. Por defunción.

Esa noche recorrí el pasillo, desde el recibidor hasta el salón, pensando únicamente en cómo iba a reaccionar él. Me senté frente a mi querido maridito, esperando el momento en que Martín le diese la noticia, como si en mitad de su cara fuesen a dar un espectáculo curioso de faquires que se atraviesan los muslos, o incluso el pecho, de parte a parte. Pensé que los ojos se le podían subir en una montaña rusa, abiertos de par en par, recuperando la juventud durante un momento, y al instante lanzarse en picado hacia un vértigo descontrolado, la boca sin saber si se quería abrir o se cerraba todavía más, y las mejillas como las cortinas de terciopelo del salón cuando sopla la brisa, pesadas y casi sin estremecerse aunque dando la sensación de que en cualquier instante van a remontar el vuelo, a romper el orden.

La verdad es que el terciopelo siempre da una sensación de lentitud, de vagancia o de sueño. De tiempo pasado.

Pero no ocurrió nada de lo que yo pensaba. Después de unos minutos de hablar de nada, cuando Martín carraspeó para cambiar de tono y dio la noticia sobre la muerte de Susanne, Jesús se limitó a entornar un poco los párpados, para enfocar bien a Martín, y luego mirarme a mí, con la misma indiferencia y cansancio que cuando pide la cena. Lo comprendí.

Claro que lo comprendí. Hacía mucho tiempo que él había aceptado la noticia. Susanne se fue muriendo dentro de su cabeza tiempo atrás, en el largo invierno de su ruptura, cuando el viento congelado que soplaba en aquella época hacía zigzag entre los árboles pelados del parque y él pegaba la frente al cristal de nuestra ventana, deseando que ese frío acabase también con él.

A pesar de todo, aquella noche, después de que Martín se fuera, él se quedó hundido en el sillón, con las puntas de los dedos unidas, mirando con mucho detenimiento aquella especie de jaula hueca que formaban las rejas blancas de sus dedos. Yendo por los recuerdos como un pedigüeño. Llamando de puerta en puerta.

El andén se ha quedado vacío de repente. Todo ese hormigón. Me parece el esqueleto de un gigante. Una radiografía por la que hasta hace un segundo transitaba la gente. Yo misma. Un trombo o algo así en medio de ese esqueleto. La mujer que se parece a Susanne se ha sentado un poco más atrás, a mi izquierda.

Hará el viaje conmigo, una parte de él por lo menos. La observo, reflejada en el cristal de la ventanilla. Ésta es un poco menos delgada, pero tiene los pómulos casi igual de afilados y de altos. De vampiresa de película antigua me parecían a mí. Igual de morena que Susanne. Al avanzar ha ido agarrándose al respaldo de los asientos como si el tren estuviera ya en movimiento. Un poco borracha o con problemas de vértigo.

A través del cristal la he visto moverse como si estuviera debajo del agua. Todo distorsionado. Se le alargaban repentinamente los brazos y el cuello y se deslizaba sin apenas mover las piernas, empujada por la corriente submarina, como las algas.

Jesús, la noche de aquella visita de Martín, ya estaba enfermo. No como ahora, pero ya llevaba varios meses sin trabajar y apenas iba por La Española. A mí me decía que pasaba por allí para revisar los números y hablar con Martín, pero, según me contaba el propio Martín, la verdad era que nunca abría los libros de contabilidad. La mayor parte del tiempo se quedaba solo, mirando por la cristalera de la oficina igual que un pez arrimado a la pared transparente de su pecera, abriendo la boca a destiempo y con la vista fija en los operarios del taller o en la cinta por la que pasaban miles de tuercas y tornillos, como si cada una de aquellas piezas fuese alguien que él conocía y que se alejaba rumbo a un destino desconocido y triste. Después cruzaba algunas palabras de circunstancias con Martín y su otro socio y se marchaba mucho más cansado y con el paso más torpe que cuando había llegado.

La mujer, a pesar del vértigo o la borrachera, no se ha apoyado en mi asiento al pasar por mi lado. He oído el roce de su vestido y me ha dado la impresión de que tiene algo metálico y rígido debajo de él, más una coraza que un corsé. Un silicio de aquellos que yo veía dibujados en los libros de mamá, con alambres y púas. Huele a algo parecido a Chanel, pero más dulce, y lleva perlas. Susanne nunca habría llevado perlas. Usaba aquellos collares casi estrafalarios, de piedras grandes, a juego con sus pómulos y sus labios. Y aquellos broches, que eran un desafío.

Todo en ella fue siempre un desafío. Su cara, su mirada, sus collares y su vida. La historia con mi marido también formó parte del pulso que ella sostuvo con el mundo, férreo y al mismo tiempo delicado. Porque aquella arrogancia suya estaba cubierta por un guante suave que, aunque en el fondo no hacía más que subrayar la dureza existente bajo su piel, le abría todas las puertas que encontraba a su paso.

Sabía sacarle provecho a aquel juego de contrastes. Era una fruta sin carne. Una fruta en la que sólo había una piel de melocotón recubriendo un hueso lleno de aristas, insoportablemente duro.

Amatistas, granates, ágatas. Ésos eran sus adornos. Unas espinelas que debían de ser falsas, con ese tamaño, colgándole del pecho, alumbrando aquellos vestidos siempre oscuros, negros, azul petróleo. Fue a una fiesta de fin de año vestida de hombre, con esmoquin y un bigotito fino pintado con lápiz de ojos. Una salamandra de plata en la solapa.

La pared de la estación, ese silencio raro que desprenden los poros del hormigón y que flota ahí, al otro lado del cristal, y el andén vacío respirando con su luz de radiografía. Las columnas son el reflejo de un pulmón o algo así, un órgano blando y alargado. Una luz que parece que está a punto de empezar a parpadear pero que en todo momento se mantiene tan quieta, inmutable. La superficie de un estanque que hubieran puesto en mitad de la luna. Produce angustia esta quietud. Dan ganas de que se apague todo, que se rompa ese equilibrio.

«Jesús -le dije, viéndolo sentado de aquel modo, mirándose las uñas, aquella jaula que había hecho con los dedos y en la que él mismo parecía haberse quedado encerrado-. Acuéstate.»

Esa noche no pronuncié el nombre de Susanne. Ni siquiera mencioné una palabra que aludiera a la visita de Martín, sólo le hablé de mañana, del día siguiente, que en la televisión habían dicho que iba a ser menos frío y con un poco de sol. Se lo dije para que no siguiera hundiéndose en aquel laberinto, para que no siguiera mirando aquellos dedos que seguramente, después de tanto mirarlos, ya no le parecerían suyos. Las manos de otro colocadas allí, al final de sus mangas. Por eso le dije aquella palabra. Por amor, aunque parezca ridículo pensarlo. No quería que viese lo que el tiempo estaba a punto de hacer con él, no quería que acabara de tomar conciencia de que su vida sólo eran aquellos dedos gastados, lavados y erosionados y que ya decididamente habían empezado a tomar esa forma arbitraria, un poco cómica que ahora tienen. «Acuéstate.»

«Acuéstate.» Era lo mismo que decirle: «Mañana. Mañana. Todavía queda un poco de futuro, un rincón de sol para nosotros. Un trozo de vida. Un invierno suave en la orilla de este río que nos atraviesa y divide como si tú y yo fuésemos las dos o tres partes de esta ciudad, o de otra ciudad, desconocida, pero con puentes por los que cruzar de un lado a otro. Todavía podemos escuchar el silencio hermoso, ese fragmento mínimo de tiempo suspendido que flota en el aire de nuestra casa justo antes del amanecer, o al caer la tarde, o ese sonido dulce de la lluvia sobre la tierra empapada. Aún puede venir un día que encierre en uno de sus pliegues algo no exactamente nuevo pero al menos no consabido, una mínima sorpresa, un pequeño elemento que nos reconforte, al margen de lo ya conocido y mil veces previsto. Esas migas de pastel que después de la fiesta quedan desperdigadas al lado del plato, por toda la mesa, son nuestras. Esas migas, no lo olvides, también son pastel». Eso quería decirle. Y eso significaba aquella palabra en aquel momento. «Acuéstate.»

Y él me miró. Como un perro que estuviera mal de la vista. Agachó un instante la cabeza para observar por última vez la extrañeza de sus manos. Y fue a acostarse. No sé si habiendo comprendido la intención de mi consejo o solamente como eso, como un animal obediente que no sabe lo que le conviene.

El tren se mueve. Empieza a deslizarse, sin ruido, parece que alguien le hubiera quitado el freno y estuviéramos en una pendiente o todo fuera una leve alucinación, un error de los sentidos.

La radiografía se mueve. Y ya se sacude, suave, el mundo, la vida, ahí fuera o aquí dentro, no sé. Nos dividimos en dos, el mundo que ahí se queda, con su orden estático, y nosotros, los que viajamos en este tren. Da la sensación de que iniciamos no un trayecto entre dos ciudades cercanas sino una especie de viaje en el tiempo. Aquí metidos, en este tubo de metal y plástico que huye, percibiendo de un modo sutil y oscuro cómo las dimensiones y el orden del mundo se alteran ligeramente, pero sin que alcancemos a precisar de qué modo y en qué sentido lo hacen. Astronautas. Eso somos, astronautas ridículos y adormilados.

El hormigón de la pared, con su luz envenenada que no se sabe exactamente de dónde surge, también se hace líquido. Serán las 9.56, hora oficial de salida. O tal vez un minuto o dos más. Los suizos también han dejado de ser puntuales. No me extraña que mi hijo viniese a vivir a este país. Francia era demasiado salvaje para él. «Demasiado salvaje.» Me lo dijo una vez, con apenas quince años. Crié un hombre cobarde.

Si al menos él pudiese adivinar lo que es un país salvaje. Aquí, siendo casi exactos, casi inexistentes los seres que lo rodean, o al menos eso piensa él, puede respirar sin temor alguno a ser agredido. Siente que nadie invadirá su núcleo. Ese castillo que yo le vi fabricar en secreto desde niño. Siempre acarreando materiales. Transportando vigas y piedras por las noches. Siempre a escondidas. Y por las mañanas al despertarse, o cuando volvía del colegio o de casa de su amigo Louison, yo me encontraba con un trozo nuevo de muralla levantado, con una reja que antes no existía instalada en una ventana o con un metro más de profundidad en aquel foso que iba cavando a su alrededor, con tanto rigor y paciencia. El pequeño autómata. No dormía, no jugaba, no descansaba, sólo trabajaba en la construcción de esa fortaleza en la que vive. Pequeña, estrecha, pero inasequible.