Un enfermero que se sumerge en todos los mares

ÁNGEL ESCALERAFOTOS: ÁLVARO CABRERA
Un enfermero que se sumerge en todos los mares

Si de niño no le hubiesen diagnosticado asma, seguramente hoy no tendría registradas más de mil inmersiones ni sería un buzo experto que se ha sumergido en diversos mares y en los océanos Atlántico, Pacífico e Índico. Enfermero vocacional, el deporte ha estado presente siempre en su vida. Ayudar a los enfermos le gratifica y hace que sienta que es útil a los demás, mientras que sus aventuras bajo el agua, con una cámara de fotos o de vídeo, son un aliciente al que no piensa renunciar mientras el cuerpo aguante.

Aunque nació en Monte Arruit (protectorado español en Marruecos) en 1957, donde su padre tenía un bar, Antonio Benítez Leiva se considera malagueño a todos los efectos. Cuando él tenía tres años su familia se vino a Málaga tras conceder España la independencia a los territorios que ocupaba en el Norte de África. Desde pequeño está muy ligado a la zona de Cruz del Humilladero y de la Carretera de Cártama, ya que su padre montó el bar La Parada, en la avenida Ortega y Gasset, situado frente a la antigua cárcel.

Estudió hasta quinto de Bachiller en el colegio Menor Mediterránaneo. Concluyó sus estudios medios en el instituto Nuestra Señora de la Victoria (Martiricos). Siempre tuvo claro que quería ser médico o enfermero. Por una cuestión de mejores salidas laborales, se matriculó en la Escuela de Enfermería de Carlos Haya en 1977. Una vez acabada la carrera se marchó al servicio militar. Le tocó servir en la Marina, en San Fernando, donde pasó 18 meses. Allí le propusieron ser buzo de la Armada, pero rechazó esa posibilidad. No la vio clara y prefirió seguir por la senda sanitaria, tarea que desarrolló en su etapa militar en el cuartel y en Capitanía General.

Ya con la licencia en el bolsillo, a finales de 1981, comenzó a ejercer como enfermero a través de contratos temporales hasta que, el 19 de junio de 1985, consiguió una plaza en el recién abierto Hospital Comarcal de la Axarquía. Primero estuvo en urgencias y, posteriormente, ocupó la dirección de enfermería. Llegó a Carlos Haya en 1991 para trabajar en las urgencias. Tres años más tarde fue designado jefe de Críticos del Hospital Clínico. Tras esa etapa regresó a su puesto en Carlos Haya.

Su afiliación a Comisiones Obreras le supuso ser nombrado presidente de la junta de personal de Carlos Haya. «Mi actividad sindical me enriqueció mucho, porque los problemas se ven desde un punto de vista muy cercano». Desde 2007 es enfermero gestor de casos, lo que se conoce popularmente como enfermero de enlace. Este cometido le gratifica y le satisface, porque lo que más le gusta de su profesión es el contacto con los pacientes y poder ayudarlos en sus problemas. Su tarea consiste en velar por enfermos muy frágiles y hacer de intermediario entre ellos, una vez reciben el alta en el hospital, y los centros de atención primaria. Igualmente, se encarga de coordinar reuniones con pacientes oncológicos y cardiacos.

El origen de su pasión por el buceo se encuentra en que un médico dijo que para curarse del asma infantil que sufría debía ir a la playa a diario. El tratamiento lo cumplió a rajatabla. Era raro el día en que no se bañaba en la playa de la Misericordia y tomaba la brisa marina. El asma desapareció al llegar a la pubertad, pero ya tenía inoculada una afición de la que no pudo desprenderse: el mar. «Empecé a hacer pesca submarina con 14 años, a pulmón libre, con las gafas y las aletas».

Fútbol y artes marciales

No sólo se limitó al buceo, sino que también se introdujo en otros deportes como una forma de mejorar su capacidad respiratoria y su salud. Durante años jugó al fútbol en el Puerto Malagueño. Al dejarlo, se inscribió en un gimnasio de artes marciales. Allí comprobó que el kárate era un actividad muy completa. Se adentró tanto en esa disciplina que alcanzó el grado de segundo dan. «El kárate ha sido para mí un modo de vida. Durante años, ir lunes, miércoles y viernes al gimnasio fue como una medicina».

Por su vinculación a las artes marciales (se hizo instructor) le ofrecieron la posibilidad de distribuir artículos deportivos. Aceptó esa tarea, que desempeñó con el propietario del gimnasio donde entrenaba. Así, montaron una tienda llamada Deportes 92, en la avenida Ortega y Gasset. El nombre lo eligieron por la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras la retirada de su socio, Antonio Benítez empezó a llevar el negocio con su hermano Chencho. Por ese tiempo, ambos realizaron un curso de buceo. «Fue algo que me fascinó; era distinto a meterse en el mar con aletas y el tubo. La sensación de respirar debajo del agua es única». Le gustó tanto que se sumergió a fondo hasta conocer sus entresijos y convertirse en instructor en el centro de buceo de La Herradura. De ese modo, su hermano y él reorientaron la tienda deportiva hacia el mundo de las actividades acuáticas y crearon una escuela de buceo. Con el paso del tiempo, el local se cerró, pero se mantiene el club de buceo.

Una de las cosas que más le agradan de bañarse en cualquier mar es que esa práctica deportiva va unida a la aventura de viajar, al estímulo de conocer ciudades y culturas y a la novedad de ver cómo vive la gente de otros países. Gracias al buceo ha visitado rincones de gran belleza. Ha estado en Tailandia, Kenia, Sudáfrica, Zimbawe, Jamaica, Cuba, el sur de Florida, Malasia, Nueva Zelanda, las islas Cook, etcétera. En esas aguas se ha sumergido y ha grabado vídeos de lo que iba observando, mientras los peces compartían las aguas con él. Para el futuro, se ha marcado el objetivo de ir a Papúa Nueva Guinea, Filipinas y el mar del Japón.

Considera que el submarinismo no es peligroso, pero sí una actividad de riesgo. «Lo importante del buceo es saber lo que estás haciendo en todo momento. Si eres prudente y mantienes los márgenes de seguridad, que son muy amplios, se puede bucear con garantías. Lo que siempre aconsejo es ser responsable y no hacer lo que no se debe». Y hablando de peligros, en las aguas del mar Rojo, las islas Cook, Galápagos y Ciudad del Cabo buceó entre tiburones. «Aunque normalmente no atacan al hombre, son imprevisibles», señala. Nunca olvidará su baño con unos tiburones blancos de gran tamaño. «Fue impresionante», afirma.

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