Tras las alambradas de Málaga

La fábrica de La Aurora y los cosos de Málaga y Ronda se convirtieron en campos de concentración franquistas. El investigador Carlos Hernández documenta cinco de estos centros de «exterminio ideológico» en la provincia en su libro 'Los campos de concentración de Franco'

Campo de concentración de la fábrica La Aurora en Málaga/BIENVENIDO ARENAS
Campo de concentración de la fábrica La Aurora en Málaga / BIENVENIDO ARENAS
Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

La cita es un hotel del entorno de la estación María Zambrano. Casualidad o destino, el encuentro con el investigador y periodista Carlos Hernández de Miguel está a la vista de uno de los infames recintos que protagonizan su libro 'Los campos de concentración de Franco'. Se trata de la antigua fábrica textil de La Aurora que, a finales de los años 30, cambió los hilos por los alambres de espina que la convirtieron en un centro de reclusión de prisioneros republicanos. El propio autor no tarda en recordar que lo que hoy es el centro comercial Larios fue uno de las 296 instalaciones de represión creadas en toda España durante la dictadura. «En la provincia operaron cinco campos que tuvieron un papel relevante tanto por su duración como por el número de prisioneros ya que pasaron por ellos al menos 14.200 personas», explica el experto que ha indagado en este capítulo silenciado durante décadas por el propio franquismo.

«Es un error compararlo con los nazis porque cualquier masacre parece pequeña al lado de los 6 millones de judíos, pero la dictadura de Franco impuso un exterminio ideológico y selectivo para imponer una atmósfera de terror», explica el investigador, que cifra entre 700.000 y un millón de personas los represaliados de la república que pasaron por estos campos sin ser juzgados. Tampoco existen datos de los prisioneros fallecidos por hambre y fusilados tras la alambradas franquistas. «Se han documentado 6.000 asesinatos o fallecidos en quince de estos campos en España, pero no se pueden hacer proyecciones porque no todos los campos fueron igual de letales», explica Hernández, que cuando habla de datos siempre matiza sus palabras con «al menos».

«No he querido especular y por esa razón conocemos la cifra máxima oficial de los prisioneros de los campos de Málaga ya que se especificaba en los documentos de la propia dictadura», explica el investigador que añade que los testimonios de los cautivos aportan, no obstante, una práctica diferente ya que «la capacidad máxima se multiplicaba por dos o por tres cuando se generaba una masa de prisioneros enorme como fue el caso de Málaga». Así, el campo de concentración de La Aurora, que funcionó entre junio de 1938 y noviembre de 1939, tuvo que ampliarse por lo que se recurrió a la plaza de toros de La Malagueta por el exceso de presos.

El periodista e investigador Carlos Hernández de Miguel
El periodista e investigador Carlos Hernández de Miguel / MIGUE FERNÁNDEZ

Junto al de Málaga, Torremolinos fue escenario del mayor campo de concentración de la provincia –5.000 personas–, cuyas condiciones fueron penosas. «Respondía al modelo de recinto al aire libre y rodeado de alambradas y carecía de barracones por lo que los propios prisioneros se tuvieron que construir chamizos ya que las condiciones climáticas fueron durísimas», detalla Miguel Hernández, que sitúa esta instalación en el Cortijo del Moro, en los terrenos que hoy ocupa el parque acuático.

Otra instalación en la que se hacinaban los prisioneros fue el campo de concentración de Alhaurín el Grande, en la zona de El Chorro. «Allí también tuvieron unas condiciones muy duras por lo que la gente del pueblo llevaba mantas y comidas para evitar que murieran», explica Hernández de Miguel, que también es autor de 'Los últimos españoles de Mathausen'. El periodista señala que su libro parte de las investigaciones de otros historiadores y autores a los que denomina «cómplices» ya que su publicación es «una obra coral que coordina otros estudios sobre el terreno».

Así, el escritor cita a la profesora de la UMA Encarnación Barranquero y a otros especialistas que le han puesto en la pista de estos campos malagueños. «Un investigador local de Alhaurín me descubrió que en el pueblo todavía se recuerda el refrán 'Más duros eran los alambres del campo', en referencia al recinto de prisioneros que funcionó en 1939», relata.

El campo de concentración de Ronda también presenta muchas incógnitas ya que ha sido situado en diferentes ubicaciones en las afueras del pueblo. «Lo que sí sabemos es que podía albergar 2.200 prisioneros, pero hubo más ya que tuvo que utilizarse también la plaza de toros», señala el periodista, que añade que la Real Maestranza de Caballería conserva el documento de incautación del ruedo para recluir a los prisioneros.

Del campo que existen menos datos es el de Antequera, cuya situación también es incierta aunque algunas fuentes lo ubican en una antigua fábrica y se conoce que por allí pasaron, al menos, 3.000 personas. «Los testimonios son unánimes que en todos estos campos el hambre fue atroz y los comandantes incluso alardeaban que ahorraban dinero asignado para la comida de los prisioneros», asegura Carlos Hernández, que da el dato de que en El Chorro se dejaron de gastar 1.523 pesetas para la alimentación en abril de 1939.

Las personas encerradas en los campos de concentración eran clasificadas y divididas en tres grupos, lo que determinaba su supervivencia. «En ese exterminio ideológico se intenta identificar en primer lugar a las personas más vinculadas a la república, entre ellos los militares, que eran fusiladas o asesinadas en los campos tras consejos de guerra en los que no podían defenderse», señala el investigador, que añade que también estaban los dudosos y «los considerados desafectos pero que podían ser recuperables tras la reeducación en los campos». Muchos de estos fueron los que pasaron a formar parte de los batallones de trabajadores que el autor no duda en calificar como «mano de obra esclava del propio régimen».

Mucha de la documentación sobre estos campos fue destruida por el propio régimen franquista que quiso «blanquear» toda esa represión, según el investigador. A ello se une el silencio de varias décadas de dictadura y de la transición democrática. «Lo que me parece inexplicable y una injusticia es que, a partir de 1986 con la segunda mayoría de Felipe González, no se afrontara y todavía hoy estemos boxeando con el fantasma de Franco, como dijo Alfonso Guerra, aunque su gobierno no hiciera nada por recuperar este relato histórico», considera Carlos Hernández.

«La mejor prueba de que España es una anomalía en el mundo democrático es que tenemos al dictador sanguinario en el mayor monumento del país –el Valle de los Caídos– con todos los honores, lo cual es el reflejo de esa falta de memoria», concluye el investigador que considera que el desconocimiento de este capítulo sitúa a nuestro país «mucho peor preparado para afrontar el auge de la extrema derecha que recorre Europa».