El terror de la costa malagueña: piratas y corsarios

Durante buena parte del siglo XVIII, el puerto de Málaga fue base de corsarios franceses, entonces aliados. Durante siglos piratas llegados desdes otros puntos alcanzaban aguas malagueñas y asaltaban a las naves que entraban o salían de los muelles malagueños

El terror de la costa malagueña: piratas y corsarios
FRANCISCO CABRERA

Durante siglos, Málaga fue un activo puerto en las aguas mediterráneas por su estratégica situación tan cerca del Estrecho y de las plazas del norte de África. Buques de todas las banderas atracaban en nuestros muelles, sobre todo en los meses de verano a la espera del «rompimiento de los frutos» por parte del Ayuntamiento. Esto era la fijación oficial de los precios de la pasa y del vino que iban a embarcarse tras la apertura de la vendeja, cada año, a finales de agosto y comienzos de septiembre.

Sin embargo, este fructífero comercio también soportó problemas y dificultades. Las epidemias, que periódicamente se asomaban a la ciudad malagueña obligando a cortar cualquier intercambio de personas y bienes; los ataques de armadas enemigas que intentaban controlar la navegación en esta marina; y desde luego la llegada a nuestra bahía de los temidos barcos de piratas y corsarios que, con distinta procedencia, causaban todo tipo de tropelías en las naves a las que sorprendían y en los pueblos costeros en los que desembarcaban. Veamos esto último.

Bases españolas de galeras en el Mediterráneo y puertos piratas entre Argel y Orán (1621). Archivo General de Simancas.
Bases españolas de galeras en el Mediterráneo y puertos piratas entre Argel y Orán (1621). Archivo General de Simancas.

La presencia de piratas y corsarios en nuestras costas y mares dificultaba extraordinariamente el normal funcionamiento de la navegación. Las autoridades intentaron impedir, hasta donde podían, los asaltos a las naves de carga y los ataques que efectuaban en las aldeas del litoral, donde causaban importantes estragos.

Conviene aclarar que ambos grupos eran distintos, pues mientras que los primeros asaltaban a cualquier buque que se pusiera a su alcance, los corsarios contrataban con la administración antes de hacerse a la mar una «patente de corso»: esto es un documento oficial por el que se comprometían a apresar solo a los barcos enemigos, respetando a los aliados y a aquellos que procedían de naciones neutrales. Naturalmente, el reparto del botín en estos últimos también estaba perfectamente reglamentado por tercias partes a dividir entre el armador del barco, la tripulación y la real hacienda; que desde luego cobraba de esta práctica obteniendo importantes beneficios.

Piratas

Los piratas, por su parte, procedían de sus bases en Salé, Orán, Mostagán, Argel y Trípoli, por citar solo algunas. Desde ellas, se hacían a la mar las saetías y galeotas berberiscas, muy marineras, y una vez llegaban a estas aguas asaltaban a las naves que entraban o salían de los muelles malagueños, causando muy serios problemas al movimiento de los buques mercantes. Una vez capturado o hundido el barco y apoderándose de la carga y de la tripulación regresaban a sus puertos donde se repartían el botín, al tiempo que fijaban el precio de los cautivos.

Unos cautivos que vivían en unas condiciones muy difíciles hasta que lograban ser rescatados por sus familiares o por alguna orden religiosa: especialmente los mercedarios, que realizaron siempre una magnífica, silenciosa y desconocida labor para devolver a estos pobres marineros a sus casas una vez abonado el pago estipulado.

Cuando eso no era posible, la familia iniciaba como decimos un penoso peregrinar por pueblos y ciudades solicitando ayuda económica a quienes pudieran dársela. En el Ayuntamiento de Málaga, el 21 de agosto de 1752, unos marinos que habían sido apresados por piratas y llevados a su base en Salé narraban el calvario por el que habían pasado cuando, al intentar fugarse, «fueron vueltos a captivar y los castigaron cortándoles la lengua y quemándolos en diferentes partes de su cuerpo con yerros ardiendo y otros semejantes castigos y condenados al remo en galeras, de las cuales fueron librados por el valor de dos navíos malteses». Desgraciadamente, parte de su familia quedaba en poder de aquellos bucaneros y para su rescate pedían el correspondiente donativo.

El 'barco de cruzada' o 'Melillero' de la época

En el puerto de Málaga, el denominado «barco de cruzada» era una especie de «Melillero»: auténtico cordón umbilical entre la nuestra y aquella ciudad hermana a la que había que abastecer prácticamente de todo, incluyendo el agua potable en los meses de verano. Pues bien, era frecuente el ataque de los piratas de Argel a esta nave, hasta el extremo de que en ocasiones tenía que ser escoltada por una fragata de guerra.

Y es que durante siglos, la navegación por estas aguas no resultaba todo lo segura que pudiera pensarse y era preciso extremar la vigilancia. Al igual que hoy sucede en las costas de Somalia donde nuestra Armada, dentro de la operación Atalanta, está realizando un trabajo extraordinariamente profesional que pasa desapercibido para la mayoría de los españoles.

Corsarios

Por otra parte, los países europeos, incluyendo el nuestro, hicieron de la práctica corsaria algo habitual durante siglos y son relativamente frecuentes entre los documentos archivísticos las patentes de corso que otorgaba la Corona. Desde luego, antes de que esta se concediera, el armador debía aportar un buque convenientemente armado y abastecido y con tripulación suficiente para su cometido.

El Archivo Histórico Provincial de Málaga conserva un buen número de esas escrituras en las que el armador o el capitán del navío solicitaban dicha patente. En la escribanía de Juan López Peña se conservan algunas de ellas, como la fechada en 1743: «Juan de Montemayor, dueño del barco denominado San Pedro de 100 toneladas, 20 cañones, 8 pedreros, 80 fusiles, 40 pares de pistolas, 8 fresqueras de fuego y 100 hombres, a quien se le admite en Cádiz la propuesta de armarse corso a 18 de junio de 1743». Un ejemplo entre muchos de una actividad que era especialmente lucrativa para quienes la realizaban y muy perniciosa a la actividad comercial.

Una actividad que durante siglos y en el caso de España se animó desde el Estado para atacar a los barcos ingleses. Los cuales, por su parte, también contaron en sus pabellones con destacados corsarios como Francis Drake, que llegó a ser nombrado caballero y vicealmirante por la reina Isabel I en agradecimiento a sus relevantes éxitos contra la flota española. Un sir Francis Drake que también dio la vuelta al mundo como sesenta años atrás hiciera Juan Sebastián Elcano, en una expedición hispana históricamente extraordinaria de cuyo inicio se cumplen en este 2019 los quinientos años.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, bastante desconocido es el hecho de que el Puerto de Málaga fue durante buena parte del siglo XVIII, base de unos corsarios franceses (entonces aliados), que atacaban a las naves inglesas, habituales enemigas de España y de Francia durante la mayor parte de nuestra dilatada historia. Unos corsarios que indudablemente dificultaban el tráfico marítimo con sus actividades, y de eso se quejaban con frecuencia los consignatarios malagueños.

Otro ejemplo. En 1735, el canónigo de la Catedral responsable de su construcción, denunciaba el problema que tanto los piratas como los corsarios ocasionaban, ya «que habiendo hecho desembarco la tarde de la Asunción de Nuestra Señora una fragata de moros en las playas, frente de la cantera de Almayate, y llevándose de la casa de ella mucha parte del avío de dicha cantera y más de cuarenta fusiles con sus frascos y bayonetas que tenían para su resguardo, se hacía preciso que el cabildo ordenase las providencias que debían dar los señores diputados que tanto asegurasen los intereses de la obra como las personas de sus pobres trabajadores.» Y hechos como este no resultaban en absoluto extraordinarios.

Defensas costeras

1. Proyecto de una torre con planta en pezuña. José de Crane (1765). Archivo General Militar de Madrid. 2. Torre almenara troncocónica de la costa malagueña.
1. Proyecto de una torre con planta en pezuña. José de Crane (1765). Archivo General Militar de Madrid. 2. Torre almenara troncocónica de la costa malagueña.

Contra esto poco podía hacerse, más allá de extremar la vigilancia en las defensas costeras. La seguridad de estas aguas dependió durante siglos del capitán general de la costa, que procuraba mantener alerta a los regimientos de caballería que continuamente la recorrían, atendiendo igualmente al mantenimiento de las torres de almenara que eran desde donde mejor podía sostenerse la vigilancia.

Unas torres que siendo en muchos casos de procedencia musulmana, experimentaron un importante desarrollo bajo el reinado de Carlos III, reparándose unas y construyéndose otras nuevas. Su funcionamiento era muy simple: si los torreros veían durante el día acercarse a las costas malagueñas a las saetías berberiscas hacían lo que se denominaba la «ahumada», esto es quemar paja húmeda que provocaba una densa humareda que se veía desde kilómetros de distancia. Si la alarma tenía lugar en las horas de la noche encendían una hoguera que al divisarse en los cuarteles establecidos servía de aviso a las tropas.

Durante la Guerra de la Independencia, las naves corsarias fueron de bandera inglesa y lógicamente perseguían a los franceses que entonces eran los invasores. Terminado el conflicto y a medida que avanzaba el siglo XIX los piratas y corsarios fueron desapareciendo. Los barcos aumentaron su envergadura y velocidad, llegó la navegación a vapor y las bases norteafricanas estuvieron más controladas por las potencias europeas.

No obstante, conviene recordar cuando contemplemos esas torres que salpican la marina malagueña, que durante buena parte de nuestra historia cumplieron una importantísima misión de protección a los pescadores que faenaban en nuestra bahía y a los pueblos de esta costa.