Los terremotos en Málaga: Historia y Protohistoria

Especialmente intensos fueron los de 1680, 1755 y 1884, donde el número de muertos y heridos alcanzó cifras importantes, con el colapso además de buena parte de las edificaciones tanto en la ciudad como en los pueblos cercanos

Recreación del tsunami que arrasó Lisboa en el mes de noviembre de 1755./
Recreación del tsunami que arrasó Lisboa en el mes de noviembre de 1755.
FRANCISCO CABRERA

«Día de San Dionisio Areopagita, a nueve de octubre y a los nueve de la Luna de septiembre del año de 1680, a las siete y cuarto de la mañana, estando el Sol claro… y el cielo sereno. La tierra y el mar en calma, sin moverse átomo de viento, llegó a esta ciudad por la parte del mar, según los marineros sienten, un terremoto tan grande, tan espantoso y dilatado que, según común opinión, no han visto, no han oído ni leído los nacidos, otro semejante».

Las palabras que anteceden, procedentes de un interesante documento de la Biblioteca Nacional, describen con minuciosidad lo que aconteció en Málaga en aquella terrible mañana del mes de octubre de 1680: los muertos que produjo el seísmo, los cuantiosos daños que causó y la vehemente reacción de los ciudadanos ante unos hechos cuyo origen y naturaleza desconocían.

Desgraciadamente, el terremoto de 1680 no fue una excepción ni por las víctimas que hubo ni por los daños que provocó. No es nuestra intención explicar aquí las causas geodinámicas de semejantes fenómenos: sólo pretendemos aproximarnos desde un punto de vista histórico a uno de los principales movimientos sísmicos que Málaga ha padecido a lo largo de los últimos cinco siglos: el de 1755.

Grabado alemán sobre el terremoto de 1522.
Grabado alemán sobre el terremoto de 1522.

El cielo y la tierra; dios y el hombre

En un apresurado recorrido cronológico, y aunque podemos afirmar que en la Málaga islámica también tuvieron lugar tales fenómenos, hay que esperar a la narración contenida en los documentos posteriores para realizar una historia más completa. Especialmente intensos fueron los terremotos padecidos en 1494, 1497, 1522, 1581, 1680, 1722, 1755, 1767, 1804 y 1884. Entre ellos destacaron sobre todos los de 1680, 1755 y 1884, en donde el número de muertos y heridos alcanzó cifras importantes, con el colapso además de buena parte de las edificaciones tanto en la ciudad como en los pueblos cercanos.

Hoy día sabemos que Andalucía se encuentra en el extremo meridional de la placa euroasiática, en claro enfrentamiento con la norteafricana por la compleja actividad tectónica de las fallas, las cuales mantienen en esta zona un riesgo significativo de actividad sísmica. Unos sismos cuyas isosistas podríamos concentrar entre el sur de la provincia de Granada y la Axarquía malagueña.

No obstante, hace siglos nada de esto era sabido. Los escasos conocimientos científicos hacían pensar que la causa esencial de tales fenómenos era un «justo castigo divino por los desvaríos de los hombres». La doctrina oficial de la Iglesia buscaba una explicación providencialista ante la general ignorancia sobre la dinámica de estas fuerzas naturales.

En general, el estudio de los agentes causales de los terremotos hasta el siglo XVIII se basaba en los filósofos griegos y en la búsqueda que aquellos hacían de los principios de la naturaleza. Entre los presocráticos y materialistas pluralistas destacaron quienes, como Empédocles, consideraba que los principios irreductibles e inmutables del cosmos se hallaban en los cuatro elementos tradicionales: tierra, agua, aire y fuego. El desequilibrio de dichos elementos y la supremacía del fuego sobre los demás producían el sismo.

El subsuelo hallábase distribuido en diferentes pisos, encrucijadas, calles, sótanos, fosas, lagos y dilatados abismos por donde deambulaban sufrientes y malévolos inquilinos. Allí se depositaban «aguas impregnadas de varios azufres, betunes, sales, azogues y otros materiales». La exhalación de humos y vapores de semejantes sustancias hacía el resto.

Sin embargo, análisis tan peculiares ante lo humano y lo divino comenzaron a cambiar a partir del siglo XVIII. La llegada a nuestro país de los movimientos ilustrados propiciaron actitudes de mayor rigor incluso entre el propio clero. Las investigaciones de Buffón en su obra 'Las épocas de la naturaleza' y del británico James Hutton sobre el origen de las rocas a finales de la centuria se difundieron con rapidez.

Así, en el movimiento sísmico de 1755, conocido como terremoto de Lisboa por los daños que produjo en dicha ciudad (daños originados más por el incendio posterior que por el propio seísmo), una carta escrita por un profesor salmantino, conservada en la Biblioteca Universitaria de Sevilla, afirmaba sobre la razón de tales fenómenos «que no se ha de recurrir únicamente a Dios, cuando se pueda hallar en los agentes de la naturaleza… la actividad correspondiente».

Naturalmente, los cataclismos acaecidos a lo largo del siglo XIX encuentran en los autores que los trataron planteamientos más rigurosos. Las posturas deístas de la centuria anterior y el avance de la ciencia decimonónica permitieron progresar en el conocimiento de la naturaleza geodinámica de tales fenómenos. En 1830, el británico Lyell publicó sus 'Principios de geología' en el mismo año en el que se fundaba la primera Sociedad Geológica en Francia, enseñándose dicha disciplina en la parisina Sorbona.

Plano de Málaga y su costa hacia 1755.
Plano de Málaga y su costa hacia 1755. / Centro Cartográfico del Ejército

Signos y premoniciones; superstición y ciencia

Como consecuencia del terremoto de 1755 se realizaron numerosos análisis por parte de diferentes investigadores supuestamente informados de lo que había sucedido en las horas previas al seísmo. En general aparecen afirmaciones que están más cerca de la superstición que de la realidad. Sirva de ejemplo de lo que decimos el documento que recogemos a continuación: «Son también indicantes de los terremotos las nubes encendidas y rojas en figura piramidal cuando se mantienen algunos días en el aire, y la nubecilla blanca y larga si algunos meses se mantiene en esta rectitud. También son anuncios de los terremotos los vapores crasos y espesos sostenidos en el aire en figura redonda».

Resultan igualmente curiosas las formas de medir la duración de los movimientos sísmicos a lo largo de la Modernidad. El anteriormente mencionado de 1680 «duró por espacio de dos Credos», oración que sin duda era habitual en tan difíciles ocasiones, ya que el que tuvo lugar el 29 de agosto de 1722 fue «un gran temblor de tierra que también duró cuasi un Credo». Evidentemente, si me permiten ustedes la ironía, la subjetividad de tal sistema resulta indiscutible pues, qué duda cabe, dependía de la agilidad expresiva del devoto parroquiano.

En uno de los que tuvieron lugar en noviembre de 1755 (hubo varios en el mismo mes), denominado como decíamos de Lisboa, ya planteaba algún dato más objetivo: «Hasta el veinte y siete, en que se creyó ser el último de todos los habitantes de esta ciudad, pues habiendo acaecido a las once horas y medio cuarto de su mañana un nuevo terremoto de poca duración, que escasamente llegó a un minuto, pero muy ejecutivo y violento».

Acuerdos adoptados en el Ayuntamiento de Vélez-Málaga sobre el terremoto acaecido el 16 de julio de 1767.
Acuerdos adoptados en el Ayuntamiento de Vélez-Málaga sobre el terremoto acaecido el 16 de julio de 1767.

Como es natural en todas las ocasiones se organizaron las procesiones pertinentes con los Santos Patronos o la Virgen de la Victoria. La consecuencia más inmediata era acentuar la creencia popular de que el daño era tan inmenso que no podía provenir de fuerza humana alguna y se imponían los actos de penitencia y mortificación. Hubo casos en donde la religiosidad imperante en aquellos años propició situaciones como las que siguen, recogida en un documento de la Real Academia de la Historia: «De día y de noche se ven por las calles devotas y repetidas procesiones de religiosos y seglares: unos disciplinadamente, otros con cruces a cuestas, de medio arriba los cuerpos desnudos; sus cabezas cubiertas de cenizas y ceñidas coronas penetrantes de espinas, los pies descalzos y pidiendo a voces misericordia».

Efectos y consecuencias

Analizadas las causas que provocan los terremotos según la entendían los antiguos, nos acercamos a sus efectos, a sus miedos y a sus consecuencias.

Evidentemente, es fácil imaginar que las consecuencias más terribles de los terremotos se derivan en la pérdida de vidas y del elevado número de heridos que tales catástrofes originan. El colapso de los edificios y los daños estructurales en las comunicaciones son también aspectos importantes a tener en cuenta en el análisis de estos fenómenos.

En el de 1755, que tuvo numerosas réplicas durante todo el mes de noviembre, fue preciso cerrar al tráfico de carretas varias vías malagueñas —Granada, Beatas y calle Nueva, entre otras—, por el peligro de derrumbe de edificios ante las escasas vibraciones que pudieran producir los carruajes a su paso. Así, el informe del Alcalde Mayor de la ciudad fechado el 1 de diciembre de 1755, recogía lo siguiente: «… se ha notado que muchas casas que entonces se presentaban ilesas y sin daño alguno manifestaron de allí ha tiempo hallarse ofendidas y algunas de ellas en estado de demolerse enteramente o la mayor parte, como se ha ido ejecutando y apuntalando otras para precaver los perjuicios al común».

Especialmente curioso en este seísmo fue que, algunos vecinos, corrieron la voz por toda la ciudad de que «el mar se salía de madre», con lo que los malagueños atemorizados abandonaron por completo sus casas. El gobernador se vio precisado a sacar las tropas para evitar que los «amigos de lo ajeno» (primeros interesados en que todo el mundo huyese) hicieran su «agosto» en el mes de noviembre. Situó además una guardia en la Puerta del Mar que daría el aviso, si es que las aguas invadían la ciudad, haciendo sonar la «campana de Espantaperros».

El terrible seísmo de la Navidad de 1884 por su parte desencadenó una corriente inmensa de apoyo desde dentro y fuera de España. En numerosas ciudades se celebraron actos muy diversos destinados a recaudar fondos para los damnificados de la provincia granadina y de la Axarquía malagueña, la cual terminó visitando el propio monarca Alfonso XII, en un crudísimo invierno.

No queremos terminar nuestro apresurado análisis sin hacernos una serena reflexión: la mayor parte de los daños que producen los terremotos en todo el mundo se derivan del hundimiento de edificaciones mal adaptadas a las extraordinarias tensiones que generan estos fenómenos. Ya que no podemos evitar los terremotos, tratemos al menos de disminuir sus consecuencias hasta donde razonablemente sea posible atendiendo las recomendaciones de ingenieros y arquitectos.

Heráclito, filósofo griego nacido en el S. VI a.C., afirmaba que «a la naturaleza le gusta engañarnos». Cosa buena sería que al fin la ciencia del siglo XXI fuese capaz de prevenir, ya que no de evitar, esos «engaños».