Y de pronto, la peste

La historia ha sido fiel testigo de los innumerables brotes epidémicos que padecieron nuestros mayores en Europa

Málaga desde el convento de la Trinidad. /Lit. Deroy (siglo XIX)
Málaga desde el convento de la Trinidad. / Lit. Deroy (siglo XIX)
FRANCISCO CABRERA PABLOS

Desde luego, con el título que antecede no me estoy refiriendo a la célebre novela cuasi existencialista de Albert Camus ambientada en una epidemia de cólera en Orán a mediados del Diecinueve, a pesar de su extraordinaria vitalidad descriptiva sobre un tema que ocupa y preocupa en estos días a medio mundo. Más bien pretendemos acercarnos a lo que genéricamente se denominaron «pestes» a lo largo de los siglos, más allá de la bubónica, para comprobar de esa forma qué aspectos del comportamiento humano han variado poco o nada con el paso del tiempo, a pesar de los siderales avances de la ciencia en general y de la Medicina en particular.

Litografía del Puerto y la Catedral
Litografía del Puerto y la Catedral

La Historia, efectivamente, ha sido fiel testigo de los innumerables brotes epidémicos que padecieron nuestros mayores en Europa, España y, desde luego, en una Málaga portuaria que siempre presumió de un activo comercio marítimo. El origen de estas enfermedades fue, con algunas notables excepciones, casi siempre el mismo: a través del puerto entraban no pocas patologías en mercancías contaminadas o en marineros que nada más desembarcar, tras meses de navegación, se perdían por la intrincada red de callejuelas cercanas al Guadalmedina a la búsqueda de tabernas, garitos y casas de reputación más que dudosa. Si alguno de ellos tenía el contagio en fase de «viremia» actuaba sin saberlo de agente trasmisor, aunque aún no presentara datos clínicos relevantes. Embarcado de nuevo a las pocas horas o días —una vez obtenida la correspondiente patente de sanidad—, el buque se hacía a la mar estallando el brote epidémico en los barrios que el marino había frecuentado, extendiéndose además por otros puertos allá donde su barco atracara.

A la situación anterior es preciso añadir un extraordinario agravante: las escasas condiciones sanitarias del caserío malacitano a lo largo de los siglos. La existencia de muladares era frecuente en las calles, el sistema de excretas muy deficiente y la denominada «zanja» en la terminología de la época (antiguo foso defensivo que rodeaba al recinto urbano) hallábase casi permanentemente llena de brozas, escombros, roedores y parásitos. La recogida de basuras se hizo durante años y años a lomos de bestias, en capachos abiertos y sin ninguna prevención higiénica.

El Perchel visto desde el Guadalmedina (siglo XIX).
El Perchel visto desde el Guadalmedina (siglo XIX).

Asimismo, la red de abastecimiento de agua potable dejaba mucho que desear y en los meses estivales se mostraba claramente insuficiente. Otras aguas, las del Guadalmedina, quedaban estancadas durante el verano en zonas cercanas a las casas propiciando la proliferación de mosquitos y otros huéspedes que actuaban de vectores en numerosas enfermedades. Las viviendas, desde luego, carecían en su mayoría de agua corriente y de sistema de excretas conectados a la red de alcantarillado, la cual en muchas calles ni siquiera existía.

Por último, los conocimientos eran entonces lógicamente insuficientes y la formación de los profesionales sanitarios (médicos, cirujanos, boticarios, comadres parteras y sangradores) resultaba adecuada a su tiempo. Al menos hasta el nacimiento de la microbiología de la mano del hijo de un curtidor de París, de nombre Louis y apellido Pasteur, y su teoría germinal de las enfermedades infecciosas, ya en la segunda mitad del siglo XIX.

Además, los hospitales de centurias pasadas dejaban mucho que desear y en no pocas ocasiones, ante la irrupción de una pandemia hubo que echar mano de los almacenes del puerto e, incluso, proceder a cerrar literalmente algunas calles (sucedió con la de la Victoria) para usarlas como improvisadas enfermerías más allá de lazaretos y conventos.

Encima, la ausencia de cementerios hasta el primer tercio del siglo XIX obligó al enterramiento en las iglesias o en el denominado camposanto de la Caleta en unas condiciones higiénicas deplorables. Cuando el número de fallecidos aumentaba exponencialmente se habilitaban los denominados «carneros» o fosas comunes en las afueras de la ciudad que, una vez llenas, se tapaban con cal.

Informe médico sobre la epidemia de 1678.
Informe médico sobre la epidemia de 1678. / Biblioteca de la Universidad Complutense

Las razones anteriores explican la extensión y proliferación de los focos epidémicos en la ciudad malagueña durante siglos, y reafirman el hecho de que el ser puerto de mar incidió en mayor o menor medida en el estado sanitario de todo el hinterland con el que se relacionaba.

Hemos podido constatar documentalmente la existencia de numerosos brotes de distinta intensidad en la propia ciudad o en su entorno más cercano, unos importados y otros autóctonos, a lo largo de los siglos. Empleando la terminología de la época aparecen en los archivos con frecuencia tabardillos malignos, mal de éticos, lamparones o tumores escirrosos, mal de San Lázaro, pestes sin especificar, disenterías, mal de gálatas, tisis, moquillos o catarros, tercianas, cólera y sobre todo la epidemia de vómito negro (denominación que recibe de la hematemesis que provocaba) o fiebre amarilla de 1741. Esta última produjo en nuestra ciudad un elevado número de fallecidos (alrededor de tres mil en una población que apenas llegaba a las 50000 almas) y vivió un nuevo estallido a comienzos del siglo XIX en todo el sur peninsular.

No obstante, una vez explicado de forma muy somera unas enfermedades afortunadamente ya desaparecidas o debidamente controladas, debemos preguntarnos cuál era la evolución de estas variadas patologías: como nacían, como cursaban y cómo morían. Y ello porque, aunque la mayoría de aquellas enfermedades ya han perdido la virulencia de otros tiempos y se resuelven con una relativa facilidad, han surgido otras nuevas que nos permiten comprobar, junto a nuestra propia fragilidad, que determinados aspectos del comportamiento humano han cambiado muy poco con el paso de los años.

Patente de sanidad: «esta ciudad y sus vecinos están libres de todo mal contagioso de peste» (1789).
Patente de sanidad: «esta ciudad y sus vecinos están libres de todo mal contagioso de peste» (1789). / Museo Marítimo de Barcelona

La mayoría de los brotes tenían lugar en los meses estivales, que era cuando el tráfico portuario crecía exponencialmente. El puerto se llenaba de barcos de los más variados orígenes que aquí llegaban a la espera de que los consignatarios procedieran a su embarque tras el denominado «rompimiento de frutos» o fijación de los precios de la pasa y el vino por parte del Ayuntamiento.

Certificado de que Málaga está libre de «todo mal contagioso de peste» (1798).
Certificado de que Málaga está libre de «todo mal contagioso de peste» (1798). / Museo Marítimo de Barcelona

Y aquí encontramos el primer problema: si cuando se estaban realizando estas operaciones de carga desde finales de agosto y a lo largo de septiembre y octubre las autoridades declaraban el contagio, de inmediato se establecía el cordón sanitario. Las operaciones se detenían, los frutos se estropeaban en los almacenes por falta de salida y a la trágica pérdida de vidas había que unir una imponente ruina económica. ¿Les suena?

Real Cédula estableciendo un cordón sanitario en Andalucía.
Real Cédula estableciendo un cordón sanitario en Andalucía. / Archivo Municipal de Málaga

Dicho de otra forma, la ciudad y los muelles se cerraban (y les puedo asegurar que a cal y canto) y los barcos surtos en la dársena se hacían rápidos a la vela con los primeros rumores. Pretendían evitar así que la llamada patente de sanidad —que obligatoriamente debían llevar todos los buques—, reflejara que procedían de un puerto con contagio. Málaga quedaba así aislada tanto por mar como por tierra.

En la de fiebre amarilla de 1801, por ejemplo, se dictaron unas normas muy estrictas recogidas en las actas del cabildo correspondientes al 12 de marzo de aquel año: «No se permitirá por los comandantes del cordón, ni por las justicias de los pueblos que se hallen en la línea de su demarcación, que persona alguna, sin excepción de clase, sexo ni edad, ni los ganados, frutos, géneros ni efectos, sean de la especie que sea, pasen de los Pueblos que estén dentro de él con ningún motivo …, ni aun los correos han de atravesarla. A fin de socorrer los pueblos rodeados por el cordón con víveres y cosas de que necesiten, será cargo de los comandantes señalar los puestos convenientes para que en ellos y no en algún otro paraje, se puedan llevar a vender … dictando las reglas y prevenciones oportunas y sus precios, evitando el roce, comunicación y contacto de personas y ropas, y aun del dinero, que se pondrá en vasija con vinagre».

Y para los que no hacían el menor caso, que ayer como hoy haberlos siempre los hay, la respuesta de las autoridades era contundente: «Si alguna persona de los pueblos interiores del cordón lo atravesare, incurrirá en la pena de doscientos azotes y diez años de presidio, … y los géneros y efectos que se introdujeren se darán por comiso y se quemarán, …» (Archivo Municipal, Actas Capitulares, libro 191, fols. 300-305).

Evidentemente, por todas estas razones y sus extraordinarias consecuencias económicas, las autoridades procuraban dilatar lo más posible la declaración de contagio haciendo caso omiso a lo que los médicos les aconsejaban, esto es establecer el «cinturón sanitario» tras la aparición de los primeros síntomas. Cuando la epidemia era ya evidente y el gobernador que presidía la Junta de Sanidad no tenía más remedio que cerrar la ciudad con las tropas, los enfermos se habían extendido de forma descontrolada.

En la fiebre amarilla de 1803, los primeros casos aparecieron en el barrio de El Perchel a comienzos de septiembre. Sin embargo, tres semanas después aún se discutía si se declaraba la infección o era una enfermedad de las llamadas estacionales: y eso cuando el número de afectados y fallecidos era ya considerable. Afortunadamente, la llegada del médico Manuel Aréjula desde Cádiz, un mes después, en la tarde del día 23 de octubre (enviado por orden de la madrileña Junta Central de Sanidad) y tras la correspondiente visita a los hospitales, dispuso de inmediato el cierre tanto del puerto como de la ciudad malagueña.

Durante las jornadas siguientes, la situación fue empeorando de forma exponencial, hasta el extremo que el secretario de Estado Pedro Ceballos informó al Consejo de Castilla en un completo expediente conservado en el Archivo Histórico Nacional de los «asombrosos estragos» que causaba la epidemia con 111 fallecidos por día en aquellas fechas. Como podemos suponer, si la tragedia humana era enorme, el daño económico al comercio malagueño en plena vendeja resultaba insoportable. Y todo por no atajar a tiempo lo que se veía venir y no respetar la opinión de los profesionales sanitarios. Un mes después, la virulencia de «las fiebres» comenzaba, al fin, a disminuir.

Sanción a tres prebendados que huyeron de la epidemia de 1741.
Sanción a tres prebendados que huyeron de la epidemia de 1741. / Archivo Catedral de Málaga

Otro aspecto destacable cada vez que un brote epidémico se declaraba en la ciudad era la huida de todo el que podía camino de otros espacios aparentemente más seguros. Con ello, propiciaban la extensión del contagio por los pueblos cercanos si estas personas eran sin saberlo portadores de los agentes patógenos: ¿les suena?

No obstante, podemos constatar por la documentación consultada que otros siempre permanecieron asumiendo los riesgos. Así, fueron frecuentes los fallecimientos entre quienes por su profesión o por su vocación se quedaban para atender a los enfermos en aquellas difíciles jornadas.

Entre los primeros, los médicos que por su cercanía eran los que antes se contagiaban. No olvidemos que, en algunas de las epidemias como la fiebre amarilla, los propios facultativos ignoraban la forma de transmitirse el «flaviovirus». Como es sabido, lo hace a través del mosquito «Aedes aegypti» el cual actúa como vector, razón por lo que hasta que no llegaban las lluvias otoñales la enfermedad continuaba extendiéndose.

Los frailes, especialmente los del Hospital de San Juan de Dios, atendían a quienes nadie quería atender. En ambos casos, fueron numerosos los que dieron testimonio de su profesionalidad y de su religiosidad, y gracias a ellos muchos pacientes se salvaron. De nuevo el ruido y el silencio; las presencias y las ausencias de la obra de Camus con la que iniciamos estas páginas.

Y las cuarentenas... Cuando un buque presentaba sospecha de dónde venía, la «barca de salud» con médico y escribano se acercaba a su costado exigiéndole la patente de sanidad, la cual se desinfestaba introduciéndola en un cántaro con vinagre. Si había sido falsificada se le echaba del puerto, incluso a cañonazos, y si no estaba claro su origen o traía algún enfermo se obligaba a su tripulación a pasar cuarentena; por lo general en el castillo de Gibralfaro o en el Santa Catalina.

Y ya para terminar, no podemos dejar de comentar algunas actuaciones que como consecuencia de las epidemias del ayer nos mueven hoy, como poco, a una sonrisa:

- Era de lo más normal que el Ayuntamiento declarase de inmediato el cierre de la «Casa de Comedias», al entender que «los desvaríos de los hombres» enfadaban el Altísimo que nos mandaba el correspondiente castigo en forma de enfermedad. El cabildo eclesiástico, por su parte, convocaba los actos litúrgicos de rigor para aplacar «la ira divina», con lo que determinadas patologías lejos de disminuir se extendían con el concurso y la manifestación de tanta gente. Desde comienzos del siglo XIX, estas celebraciones se controlaron de forma más efectiva por las autoridades religiosas siguiendo el consejo de los médicos.

Plano de las epidemias, por Onofre Rodríguez (1805).
Plano de las epidemias, por Onofre Rodríguez (1805). / Biblioteca Nacional

- Consejos de los cuales algunos responsables no hacían el menor caso. No deja de ser curioso que, en la fiebre amarilla de 1803, el gobernador Pedro Trujillo ordenó cañonear (solo pólvora, menos mal) con media docena de piezas el barrio de El Perchel que era donde había surgido el contagio, «para así ahuyentar las miasmas». El resultado, contrario por completo al criterio de los facultativos, fue el destrozo que el estruendo produjo en una parte de las viviendas construidas de adobe y, lo que es peor, que un pobre vecino del barrio al que pusieron un cañón debajo de su ventana murió, por el susto, de un infarto. Y la gente, además, huyó despavorida de sus casas nada más iniciase el «bombardeo», con lo que la epidemia siguió extendiéndose. Y créanme que no me invento nada: todo ello se conserva en varios legajos de la sección de Consejos del madrileño Archivo Histórico Nacional.

Después de esta apretadísima aproximación a la epidemiología malagueña, hoy vivimos unos tiempos en donde, de pronto, nos ha llegado una nueva «peste» en forma del dichoso coronavirus. Todo parece indicar que lo más sensato es seguir las indicaciones de las autoridades sanitarias y, como se decía antes —qué pena que se pierdan las buenas costumbres— hacerle caso al médico que es el que sabe. Hasta otra.