Pepe Ponce: «Nunca he usado la fotografía para herir ni para engañar»
Su mirada, su cámara y la calle. Así lleva medio siglo: «Me muevo por instinto y prefiero la vida de un barrio antes que a la gente importante»
Si sus fotografías pudieran guardarse, ordenarse y consultarse en un archivo, tendríamos la película perfecta de la ciudad y sus personajes del último medio siglo. ... Luce con orgullo el título de veterano, aunque su mirada y su disparo –en él es lo mismo– conservan casi intacta la capacidad de entusiasmarse por el mundo que le rodea. Lo mismo una feria que un paisaje en calma; lo mismo un político de cumbre de primera que un vendedor ambulante de barrio. «Desde siempre me recuerdo con una cámara», dice a la velocidad de un 'clic'. Pepe Ponce, nacido en Álora hace 78 años, también es parte de esa película que en su caso acumula millones de negativos. «¡No los he contado, pero sí, millones! En casa los tengo hasta en el baño», se ríe. La última la ha hecho antes de subir al periódico, con su móvil de última generación; que para eso sus hijos, Pablo y Alejandro Blanes, son también hijos de la Málaga tecnológica y padres de Freepik, una de las joyas de la corona tech. Las de Pepe, ahora, son sus tres nietos, a quienes regala el tiempo que no pudo cuando las obligaciones como maestro de escuela y la pasión «descomunal» por la fotografía lo tenían «todo el día en la calle». De sus inicios en el aula, recuerda los años con niños con necesidades especiales, que fueron los que realmente le enseñaron a «mirar». En las fotos y en la vida.
–Aquella época fue única. Los tenía de todas las edades y con problemas realmente complejos, algunos muy agresivos. Con ellos lo aprendí casi todo, y además me enseñaron la manera de mirar, que es vital a la hora de hacer fotos. El problema es cuando los pones a hacer una rutina, que es a lo que se suele recurrir, lamentablemente. Poner palotes, rellenar una cosa, un dibujito… y todo de manera mecánica. El niño no tiene ninguna satisfacción y no aprende.
–¿Y cómo cambió las cosas?
–Recuerdo el día que llegué al colegio, el Jorge Guillén, en Málaga, que todos conocen como el Púa. Estuve tres años con un equipo de gente muy buena, muy implicada, y ahí descubrí lo que realmente funcionaba. Un día me dice el director: «Pepe, hay una compañera que está depresiva, que no puede con los niños, así que desde este momento de haces el responsable de todos ellos». Era una locura, ¡no sabía ni cómo empezar!; eso sí, en aquella época yo tenía una fuerza bestial y me metí a fondo en cursos de pedagogía y psicomotricidad, que me enseñaron a ver las cosas en distintas perspectivas. El hecho es que a los tres meses los niños ya leían y escribían solos. Era todo participativo y la pizarra era el elemento común, la tablet de aquella época (risas). Todos intervenían, todos hablaban.. Ahí además me di cuenta de que la imagen es la letra perfecta, porque todo el mundo la entiende.
–De aquello han pasado ya casi 50 años. De Pepe el maestro a Pepe el abuelo. ¿Es muy niñero?
–No especialmente, pero desde que tengo nietos, sí. Ahora veo un bebé y me tiro, ya me fijo en todo. Me tienen loco.
–¿Siente que con ellos está compensando el tiempo que no pudo dedicarle a sus hijos?
–Bueno, mi mujer se encarga de recordarme que me he perdido muchas cosas. Yo he estado mucho en la calle, entre mi trabajo de maestro y la fotografía me he pasado la vida fuera de casa, sin horarios.
–¿Cuál es la última foto que ha hecho?
–Ahora mismo, entrando en el periódico, de la parte trasera del edificio. ¿Y sabes qué? Que siempre descubro cosas nuevas. Por ejemplo, que la calle se llama Rafael León: me acuerdo mucho de él, de su trabajo como editor y de cómo siempre he estado interesado por la cultura, no sé por qué.
–La habrá hecho con el móvil
–Sí, sí… Este último me lo regaló mi hijo (lo enseña y busca las últimas fotos), ellos se van comprando móviles permanentemente y me dan los que ya no usan. Ya hacen lo mismo que una cámara: tiene tres objetivos, tres ópticas, como un zoom… y cuando ves la calidad es sorprendente. Todo lo que me acerque a lo que yo hago y lo que me gusta me parece perfecto.
–Pero los de su generación suelen renegar de lo digital. La brecha, le llaman...
–A mí no me ocurre eso (risas). No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor... La primera foto digital la vi en 2003, y es verdad que en ese momento no entendía que aquello se consiguiera por la vía electrónica. Cuando mi hijo comenzó a emprender, se compró una cámara de ésas, una Fuji, y me dijo: «Cógela y utilízala». Desde ese momento lo superó todo, además la podías llevar encima. Claro, al principio la tarjeta tenía poca capacidad, eran caras… Era un inconveniente añadido, pero podía hacer fotos en cualquier lado.
–¿Siempre ha estado haciendo fotos?
–Siempre.
–¿Le gusta salir en ellas?
–No, normalmente no me pongo, no me gusta. Muchas veces digo: «Tendría que tener unas fotos mías», pero tengo las que me hacen los demás. Llega un momento que te conviertes en un veterano y hay muchas personas que se acercan a darte fotos, te las mandan…
–¿Y qué ve cuando se mira?
–Raro, me veo como alguien ajeno.
–¿Sabe hacerse un 'selfie'?
–Tampoco, no tengo habilidad. Yo soy como un robot, me encuentro más cómodo en lo mecánico y de ahí no me salgo.
–¿El mejor fotógrafo es el que no se ve?
–Sí, el mejor es el invisible, y eso que la gente me dice que estoy en todos lados. Me gusta quedarme hasta el final en los sitios y tener imágenes desde todos los ángulos: no sólo al que habla con el micro, también a los acompañantes, el entorno… y por supuesto a los personajes 'silenciosos', que se ponían en sitios estratégicos para no salir en la foto, pero yo los cazaba. Siempre he estado en todos lados y a todas horas, en las manifestaciones, en las inundaciones, en los incendios, en la cultura, en Semana Santa, en las ferias… Como uno más. Mi cámara es mi escudo, nunca he ido con complejo.
«No tengo muchas fotos en las que salga yo. Cuando me miro me veo raro, como alguien ajeno»
«Desde que cogí la primera, la cámara digital lo superó todo. No pienso que los tiempos pasados fueran mejores»
–¿Guarda todas esas fotos?
–Sí, nunca las he contado pero pueden ser millones (risas). ¡Las tengo hasta en el baño! Mi casa está llena, tú entras y tienes que ir dando saltos por lo alto de fotos, de los catálogos...
–¿Y no le regaña su mujer?
–Todos los días y a todas horas, pero estoy acostumbrado y no entro nunca en guerra porque sé que pierdo. Pero ahí siguen mis fotos.
–¿La mejor foto es la que se hace por intuición?
–Sin duda, y además siempre me he movido mucho por la intuición. Yo analizo el mundo a mi manera, y además en positivo. Desde siempre he tenido eso que se llama intuición, cuando apago mi cerebro y pongo en actividad mi sentido, sin la conciencia de querer hacer un análisis, es cuando veo las cosas. Además, tengo poca memoria, pero sí memoria visual, por eso, por ejemplo, sé dónde tengo cada foto en casa a pesar del caos.
–Se está definiendo, en otras palabras, como un tipo libre
–Claro, porque yo siempre me he movido por instinto y por las cosas que me gustan. Si me gusta lo hago y, si no, paso. Mucha gente me ve y no entiende por qué retrato algo en concreto; y entonces me digo: «¿Cómo le explico yo a este hombre que le estoy haciendo fotos a una pared porque hay unas texturas ahí o unos dibujitos que me parecen perfectos?». Así que muchas veces hago ese humor absurdo y respondo: «No, es que he encontrado que hay un espíritu aquí y me está saliendo en la calva» (risas). Como las imágenes que hay en las paredes de ese pueblo… (lo piensa). ¡En Belmez!
–Mejor retratar lo pequeño que a las superestrellas. ¿Así es el universo de Pepe Ponce?
–Sin duda, prefiero retratar la vida de un barrio antes que una macrorreunión de gente importante, y es verdad que eso ha generado un universo con mi forma de mirar. Es lo que hablábamos antes de la libertad: hay muchos fotógrafos al uso que hacen retratos sin alma, yo busco otras cosas.
–¿Cuántas veces le han pedido que guarde una foto en el cajón?
–Algunas, sí, sí. En unos casos he sido yo, pensando en los demás; y en otros me han llamado. «Pepe, mira, tenía que hacerte una pregunta: tú me hiciste una foto de tal manera y con tal gente ¿te acuerdas? (...) Estoy preocupado porque a esa foto le pueden dar un sentido que no tiene». Así, claro que los ha habido. Y por supuesto, he dado los negativos cortados. Nunca he querido que existiera la menor sospecha, jamás he usado la fotografía para herir ni para engañar.
–¿Y ha ganado dinero con la fotografía?
–Nunca me ha gustado pensar en esas cosas, pero a veces sí me lo tenía que plantear. Recuerdo la época en la que te casas, te compras una casa… y la fotografía era muy cara en aquellos tiempos. Así que me puse a hacer fotos de bodas de gente conocida, o retratos. Unos me llevaban a otros y tuve éxito, a la gente le gustó aquello y además a mí me permitía tener un extra… También daba clases particulares, que me permitían no sacar de mi sueldo el dinero que necesitaba para mi afición. Nunca he tenido grandes gastos, mi único vicio es el café si a eso se le puede llamar vicio… Así que ganar dinero no, pero con los trabajillos extra me permitía los carretes, comprar unos objetivos..., y todo sin tocar la cartilla.
–¿Y cómo se lleva ser, después de tantos años en la brecha, el 'padre de'?
–Pues imagínate, muy feliz, porque de alguna manera ellos también se han criado con la fotografía y todo parte de lo mismo. Pablo es un talento especial, lamento que no siga en eso, porque más allá de los retratos atrapa también la mirada. Es muy creativo y hace una pareja extraordinaria con Ale, que es el analítico y el que lo cuida todo. Estoy muy orgulloso de ellos, además con la tranquilidad de que están 'colocados', como decimos aquí. Creo que se están retirando en un momento justo, aunque siguen en su dinámica. Y nunca les ha importado el dinero.
–¿Ha sido un padre de muchos consejos?
–No, no. Han hecho lo que han querido. Y también nos han cuidado mucho. Los dos son, además, muy buenos padres: tienen la vida resuelta y un confort extraordinario. Al final han conseguido comprar su tiempo para estar con sus hijos, que es lo más importante.
–Pero el momento de la venta de la compañía a un tercero también le daría mucho vértigo como padre. Lo imagino con mil consejos y sin poder decir nada
–Pienso que lo hicieron en un buen momento porque la empresa se les desbordó: un campo internacional, un número de personas que no era fácil controlar, otras empresas que compran, que venden... Con lo que han obtenido ya tienen su vida resuelta; además han sido tan inteligentes que han dejado una participación para seguir vinculados.
–Hablando de actividad frenética, ¿le gusta la Málaga que ve ahora?
–En Málaga está pasando, por ejemplo, lo que vi hace unos años París o en Barcelona. Creo que la ciudad se está desbaratando, que el barrio se discrimina y que la próxima generación no tiene acceso a la vivienda. Y me duelen esos cambios, porque Málaga está conformada bajo una economía que no tiene nada que ver con lo que yo recuerdo. Por ejemplo cuando peatonalizaron calle Larios: todo el movimiento que había era el que vivía el centro, y el turista no era un señor de fuera sino de aquí.
–Pero cuando Pepe Ponce va por la calle sigue saludando a todo el mundo
–Eso era antes. Yo siempre conocía a alguien y me paraba a charlar; ahora no encuentro a nadie, está llena de gente de fuera, de turismo masivo, y eso no me interesa fotografiarlo. Quizás sí me interesaría algún aspecto, pero como crítica. También pienso que esto tiene que pasar pronto porque ya hay una movilización. El turista ya no es un turista, es un chaval que se emborracha, se droga y va meándose por la calle y alterando la vida; y eso no se puede permitir. Los bares tradicionales han desaparecido, la comida no tiene nada con la de hace unos años y hay mucho falserío. Es una ciudad de cartón.
–¿Piensa que, a pesar de todo, ahí quedan fotos por hacer?
–No, las que me quedan están en la poca Málaga que queda.
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión