Albas y Ocasos

Del padre del Último Mohicano al hijo del Imperio Bizantino: James Fenimore Cooper y Constante II

Del padre del Último Mohicano al hijo del Imperio Bizantino: James Fenimore Cooper y Constante II

Tal día como hoy nacía James Fenimore Cooper, cuya novela más conocida sería 'El último mohicano', y moría Constante II, emperador de Bizancio también conocido como Constantino el Barbado

TERESA LEZCANO
De 15-9-1789 al 14-9-1851 James Fenimore Cooper

Burlington, quince de septiembre. Corre el año 1789 y más corren en Francia los aristócratas para no ser revolucionariamente decapitados por el afilado gadget de monsieur Guillotin, mientras en Nueva Jersey nace James Fenimore Cooper, futuro padre intelectual de «El último mohicano». Después de estudiar en Yale, de donde fue expulsado por su incomprendida afición a bromas del tipo de volar una puerta o introducir un burro en la sala de rezos, Cooper se enroló en la marina mercante y se casó, teniendo el primer suceso una consecuencia de conocimiento geográfico y el segundo de inicio de su carrera literaria, ya que un buen día, mientras comprobaba la bazofia impresa que estaba leyendo la flamante señora Cooper, James le apostó unas cataratas del Niágara a que él era capaz de escribir un libro mejor que aquél, y de este reto nació la novela «Precaution», que apenas se vendió pero en cambio recibió loas más allá de lo esperado, ganando de este modo James Fenimore la apuesta conyugal. Después llegarían «El espía», inspirado en unos hechos acaecidos durante la Guerra de Independencia, y «Los pioneros», en cuya prosa abanderó Cooper la incorporación más allá del simbolismo de personajes nativos americanos, y obra a obra fue ascendiendo por la popularidad decimonónica hasta el punto de ser sus libros reclamados en el lecho de muerte de Franz Schubert y en el tálamo de vida de Honoré de Balzac y David Henri Thoreau y, en relación a las dudas albergadas por algunos eruditos respecto a la conveniencia de clasificar a Cooper como un Romántico, Victor Hugo lui-même lo declaró más romántico que el mayor de los Románticos. Entre sus detractores, que tampoco se quedaron cortos, se encuentran Mark Twain, que en su ensayo satírico «Fenimore Cooper´s Literary Offences» (Delitos literarios de Fenimore Cooper), enumera con su habitual causticidad diecinueve reglas de ficción literaria y argumenta que Cooper incumple dieciocho de ellas, y James Rusell Lowell, quien aseveró que «las mujeres que él pinta son como un modelo que no varía: todas cursis como arces y planas como praderas». En fin, siempre nos quedará Ojo de Halcón.

Del 7-11-630 al 15-9-668 Constante II de Bizancio

Mil ciento veintiún años, que se dice pronto, antes del nacimiento neojerseíta de James Fenimore Cooper, moría en Siracusa el emperador Constante II de Bizancio, también conocido como Constantino el Barbado. Antes de ser barbado era ya Constantino emperador, ya que el trono lo atrapó genealógicamente a los once años, cuando su padre fue letalmente rematado por el siempre predispuesto y efusivo bacilo de Koch, y mientras se barbaba Constante en las labores soberanas fue el Senado el órgano encargado de regir el imperio. El imperio, por cierto, se tambaleaba que daba pena o gloria, dependiendo del enfoque conquistador, ya que los musulmanes árabes, tras haberle afanado Armenia y Egipto, le alevosaron Chipre, tomándose a continuación un respiro engullidor de territorios para pelearse un poco entre ellos en una guerra civil que, al tiempo que dividía el Califato, le permitía a su vez a Constantino, que en el interín usurpador ya se había barbado bizantinamente, relajarse un poco, no demasiado ya que las tribus eslavas comenzaron a infiltrársele por los Balcanes y se vio conminado a batallar Danubio arriba, Danubio abajo, para evitar que le arrebataran eslavamente lo que el Califato se había dejado cuando le entró el ansia guerra-civilina y guerra-sibilina. Por si éramos pocos, parió el Papado un conflicto directo por culpa de la doctrina del monotelismo que había impuesto tiempo ha el abuelo de Constante, y que consistía o más bien constantsistía en un compromiso como entre dos aguas, la de la ortodoxia cristiana que defendía la Trinidad y la del monofisismo que se cerraba en bloque argumentando que la naturaleza de Cristo era únicamente divina, y entre unas cosas y otras Constantino se rebotó y afiambró a su hermano Teodosio por si las moscas conspiradoras. Después, como el Imperio estaba como estaba, trasladó la corte a la siciliana Siracusa, donde se las prometía moderadamente felices paseando por la Ciudadela de Dionisio y royendo aceitunas, hasta que un sirviente lo desemperadorizó mientras tomaba un baño, no mediterráneo sino termal, motu propio – el magnicidio y se supone que también el baño – al decir del imperaticida aunque históricamente por mandato del inconstante hijo mayor de Constante, que se hallaba hastiado de descentralización y ansiaba volver a Constantinopla, preferentemente ya coronado. En Siracusa se quedó Constante ya ectoplasmado, cuatro siglos después de que Arquímedes descubriera en su propio baño siracusiano que al introducir un cuerpo en un líquido el volumen de agua que asciende es igual al volumen del cuerpo sumergido; revelación que despertó en el científico tal entusiasmo que se arrojó a las calles de Siracusa desnudo y chorreante aunque, eso sí, muy limpio, para desgañitar la histórica interjección. ¡Eureka!