Albas y ocasos

De la liberal agarrotada al rey agangrenado: Mariana Pineda y Luis XIV

De la liberal agarrotada al rey agangrenado: Mariana Pineda y Luis XIV

Tal día como hoy nacía Mariana Pineda, que se convertiría en símbolo de la causa de la libertad , y moría con el apodo de Rey Sol Luis XIV, quien ostentaría el récord de reinado más largo de la historia

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Mariana Pineda, que se convertiría en símbolo de la causa de la libertad , y moría con el apodo de Rey Sol Luis XIV, quien ostentaría el récord de reinado más largo de la historia

Mariana Pineda 1-9-1804/ 26-5-1831

Carrera del Darro, Granada, uno de septiembre de 1804. Nace Mariana Pineda, en el seno de una familia noble y de ambiente político liberal aunque aquejada la neonata de la, por aquellos días peligrosa, enfermedad de la bastardía, que le había contagiado su padre capitán de navío y caballero de la Orden de Calatrava al no desposarse morganáticamente con su madre. Casada a los quince años y viuda a los dieciocho, Mariana comenzó a frecuentar las tertulias políticas granadinas mientras en el país transcurría la denominada «década ominosa» que había sustituido al Trienio Liberal regido por la Constitución de Cádiz popularmente conocida como la Pepa.

Sospechosa de intermediar entre los liberales granadinos y los exiliados de Gibraltar, Mariana fue detenida, juzgada y absuelta, antes de ser redetenida y, habida cuenta que en su domicilio encontraron una bandera a medio bordar con las palabras Igualdad, Libertad y Ley y habiéndose negado reiteradamente a revelar los nombres de sus cómplices de bandericidio ominoso, fue sentenciada a garrote vil, que venía a ser como nuestra guillotina patria aunque no descabezaba sino que te dejaba esqueléticamente entero pero con el bulbo raquídeo mortalmente aplastado, y si tal instrumento se nos antoja medieval y anacrónico, cabría recordar que se mantuvo vigente hasta la abolición total de la pena de muerte que llegó con la Constitución de 1978, teniendo el dudoso honor de ser el último beneficiario del collar de hierro el anarquista Salvador Puig Antich, que en 1974 despidió el franquismo fehaciente con un tornillo en el cuello, será por tornillos.

En cuanto a Mariana Pineda, tras ser vilmente agarrotada fue enterrada en el cementerio de Armengol, desenterrada para ser trasladada a la Basílica de las Angustias, desbasilicada y reenterrada en el Sagrario, y finalmente desagrariada para ser inhumada en la Cripta Subterránea de la Catedral granadina, donde, a la vez que defeca simbólica y ectoplásmicamente en la madre que parió a todos los garrotes, ameniza la eternidad releyendo el drama teatral homónimo que le dedicó García Lorca o visionando los cinco capítulos de la serie que en 1984 realizó la televisión estatal para comprobar si se parece a la Marisol que, ya reidentificada como Pepa Flores, se marianizó a conciencia para la ocasión. La vida es una tómbola.

Luis XIV 5-9-1638/ 1-9-1715

Ochenta y nueve años antes del nacimiento granadino de Mariana Pineda, moría en Versailles Luis XIV, cuyo apodo de Rey Sol no obedecía a un símil de heliocentrismo que por lo demás seguía condenado por la Iglesia Católica, sino a la refulgente comparativa del soberano con el astro rey. Rey y astro por lo tanto a los cinco años, cuando a su padre enfermo de colitis lo licuaron aún más sus médicos a sangrías y enemas, Luis fue regentado por su padre Ana de Austria y por el cardenal Mazarino, hasta que creció lo suficiente como para decir «el estado soy yo», frase legendaria que, si bien es refutada por numerosos historiadores, resume alto y claro que el pequeño Borbón había despertado para no volver a dormirse hasta seis décadas más tarde.

Casado en primeras nupcias con María Teresa de Austria, que era paradójicamente española, Luis XIV se lanzó al absolutismo nombrándose a sí mismo primer ministro real, es decir segundo de a bordo de su propia majestad, y mientras animaba la corte versallesca de fastos y euforias en los cuales lo mismo te cruzabas a Molière que a Lully y Luis lui-même danzaba disfrazado de dios del Olimpo para solaz de sus cortesanas, iba reduciendo a la clase noble a una dependencia real disuasoria de cualquier hipotética rebelión.

La española María Teresa de Austria a su vez, tras haber dado a luz a seis Borbones de los cuales unicamente sobreviviría el gran delfín, que no era un cetáceo saltarín sino el título reservado al heredero galo, tuvo el buen gusto de morirse para que su viudo, agotado ya de tanto escarceo adulterino, volviera a casarse como Dios manda con la viuda de un poeta satírico llamada Madame de Maintenon, hugonote convertida al catolicismo que ponía a Luis a rezar a todas horas, y cuyas genuflexiones aprovecharon ingleses, holandeses y austriacos para insubordinársele hasta el extremo de que Francia estuvo a punto de perder los territorios conquistados un siglo antes.

Y así estaban las cosas, con Luis alcanzando el récord de gobierno real con setenta y seis años de edad de los cuales setenta y dos habían sido de reinado, cuando a su regreso de una cacería le dijo a su médico Fagon, doc que me duele la pierna, y Fagon que si es ciática, y el rey que si mira estas manchas negras, y Fagon que si va a ser una gangrena senil producto de la gota, y Luis que si senil lo será tu padre... Tres semanas más tarde se confirmó el pronóstico médico con el finamiento luisino, tras el cual expusieron el real cadáver en el Salón de Mercurio, que no es que estuviese relleno del elemento químico de símbolo hg sino iconográficamente techado con el dios romano del comercio, y allí permaneció ocho días para genuino desmayo de sus súbditos más cercanos. C ́est la vie.