Del invento robado al exilio fallido

La primera prueba telefónica y Mijaíl Bulgákov

Del invento robado al exilio fallido
TERESA LEZCANOMálaga

Tal día como hoy se realizaba la primera prueba telefónica entre Alexander Graham Bell y su ayudante, y moría Mijaíl Bulgákov, cuya publicación póstuma 'El maestro y Margarita', además de ser considerada una obra maestra de la literatura, inspiraría al Rolling Stone Mick Jagger a componer 'Simpathy for the devil'.

PRIMERA PRUEBA TELEFÓNICA

10-3-1875

Diez de marzo de 1875. Se inmortaliza la frase «Watson, venga que quiero verle», que ni pronuncia Sherlock Holmes ni va dirigida elementalmente al doctor Watson, sino que emana en Boston de las cuerdas vocales del inventor escocés Alexander Graham Bell y está destinada a su ayudante Thomas A. Watson, quien se encuentra en la habitación de al lado y confirma de ese modo la efectividad del nuevo invento llamado teléfono. Bien es cierto que, hallándose en salas contiguas hubiera sido igualmente efectivo un grito ni siquiera demasiado estridente y sin mediación electrónica, pero de lo que se trababa era de probar que se podía, y vaya si se podía. Bell se llevó por consiguiente todo el prestigio, aunque posteriormente se averiguó que también se había llevado la patente de un tal Antonio Meucci, quien había inventado el teléfono para comunicarse, desde su oficina en la planta baja, con su esposa reumática en el primer piso, aunque como no tenía dinero para patentar el artilugio le fue oficial y limpiamente afanado por la compañía de Bell, iniciándose un proceso más ilegal que legal durante el cual se prevaricó a diestra y a siniestra y Meucci tuvo que despedir hasta a su propio abogado ya que el letrado estaba siendo nada sutilmente untado por el grasiento peculio de Bell. Murió Meucci destelefonado y más pobre que una rata teleoperadora y no fue hasta junio de 2002 cuando se le reconoció a título más que póstumo la titularidad del aparato de marras, destelefonando esta vez a Bell, de manera no menos póstuma, y coronando al italiano como padre biológico del invento que, ya por aquellas fechas de restitución de titularidad simbólica, había trascendido olímpicamente el micrófono de carbón y hasta la multifrecuencia fija y ya andaba a la caza y captura del móvil más molón, que primero era un ladrillo con timbre que no cabía en los bolsillos, después se redujo a una caja de cerillas que cabía en todas partes y más tarde volvió a ser un ladrillo con timbre aunque con cámaras de muchos megapíxeles y conexiones a Internet. Tiene veintitrés llamadas sin mensaje y un mensaje antiguo.

MIJAÍL BULGÁKOV

15-5-1891 a 10-3-1940

Sesenta y cinco años después de la bostoniana primera llamada telefónica, moría en Moscú Mijaíl Bulgákov, cuya publicación póstuma «El maestro y Margarita», además de ser considerada como una obra maestra de la literatura, inspiraría al Rolling Stone Mick Jagger a componer su canción «Simpathy for the devil». Oh, yeah. Nació Bulgákov en el Kiev por entonces perteneciente al Imperio Ruso y, tras doctorarse en medicina se fue a hacer sus prácticas a la Primera Guerra Mundial, de donde regresó con dos heridas abdominales y una adicción a la morfina de la que se libró justo a tiempo para alistarse el el Ejército Blanco que luchaba contra su oponente Rojo. Concluida la Guerra Civil, Bulgákov cambió el estetoscopio por la pluma y se hizo periodista y, aunque sus textos eran habitualmente clasificados como demasiado anti soviéticos, nunca fue purgado como algunos de sus coetáneos de letras, equivaliendo la purga, como todo el mundo sabe, no a unos chupitos de aceite de ricino sino a una estadía, más o menos prolongada y con todo incluido, en un Gulag de moda. Sin purgar por tanto aunque profesionalmente ignorado por la cultura patria, humillación que le escocía tal vez más que unas vacaciones siberianas, decidió Bulgákov emigrar de la Unión Soviética, exilio para el cual necesitaba el permiso del mismísimo Iosif Stalin, quien llamó personalmente al escritor a través del teléfono que no inventó Bell para Watson sino Meucci para su esposa reumática de arriba, con el fin de inquirir cordialmente el motivo de su petición expatriatoria. Llegados a este punto Bulgákov estaba ya definitivamente acongojonado por la cordialidad expelida a través de los poros estalinistas y refutó su propia solicitud: que si un error burocrático, padrecito; que si cómo voy yo a abandonar mi querida patria; que si quedamos para cenar; que si por todos los soviets no me purgues que soy alérgico a los trabajos forzados... Una década más tarde fue Bulgákov purgado por la propia vida, que lo exilió inexorablemente vía renal y lo agugaló ectoplásmicamente en el cementerio moscovita de Novodévichi. «Pleased to meet you, hope you guess my name», rollingstoneó Jagger por esos escenarios de dios (y del diablo).