Edgar Neville, el genio que dejó su huella en Málaga, cincuenta y dos años después

Hijo de un comerciante inglés, ernolado en el cuerpo diplomático, el brillante, cosmopolita e ingenioso 'bon vivant', se casó con una malagueña, filmó más de una treintena de películas y tuvo una casa en Marbella llamada 'Malibú', en recuerdo a su paso por paso por Hollywood

Edgar Neville, el genio que dejó su huella en Málaga, cincuenta y dos años después
CRISTÓBAL VILLALOBOS

Joven, guapo y con Bugatti, un raro ejemplar en medio de aquella España en alpargatas, así recuerda Manuel Vicent a Edgar Neville, ser maravilloso que sobrevivió al tiempo que le tocó vivir lo mejor que pudo, aun cuando no era el suyo. Un personaje anacrónico del que se han cumplido ya algo más de cincuenta años desde su muerte.

Hijo de un comerciante inglés, que apenas llegó a conocer por su temprano óbito, heredó de su madre el título de Conde de Berlanga del Duero. Su infancia fueron paseos con las criadas junto al Palacio Real, veranos en La Granja con el conde de Foxá, Biarritz, París, y estudios en el colegio de El Pilar. Criado con biberón de leche de elefante traído de la India, diría de él Gómez de la Serna.

Brillante, cosmopolita, ingenioso, amaba la vida por encima de todo. Un bon vivant de varonía imperiosa, como describiría Ruano su pasión por las mujeres, que casaría en 1925 con la malagueña Ángeles Rubio-Argüelles, poco después de darse cuenta de que la buena vida y la poesía, que ya ejercía, requerían de ingresos, motivo por el cual se enroló en el cuerpo diplomático unos años antes. Por aquellas fechas viajaba frecuentemente a Málaga, donde entabló amistad con los poetas del 27 de la ciudad: Manuel Altolaguirre, Emilio Prados y José María Hinojosa, que posibilitaron la publicación de su primer libro en la Imprenta Sur, bajo el título de Eva y Adán (1926). Eran también los tiempos de su amistad con Lorca, o con Dalí y Gala.

Neville se casó con la malagueña Angeles Rubio-Argüelles.
Neville se casó con la malagueña Angeles Rubio-Argüelles.

Destinado como tercer secretario en la embajada de Washington en 1928, rápido comprendió que el destino que le interesaba era Hollywood, donde su don de gentes y su título nobiliario le situaron en el centro de todas las fiestas. Cenaba con Douglas Fairbanks o con Mary Pickford y se hizo amigo de Charles Chaplin, consiguiendo de esta manera un contrato con la Metro Goldwyn Mayer como guionista, para realizar las versiones hispanas de los estrenos estadounidenses. Pronto se llevó a los estudios hollywoodienses a toda una troupe española: José López Rubio, Eduardo Ugarte, Tono, Luis Buñuel y Enrique Jardiel Poncela… hasta que los cambios técnicos y la Guerra Civil acabaron con el sueño americano.

Regresó a España pocos días antes de estallido de la guerra, acompañado de su amante, la actriz Conchita Montes. Fiel a la República en los primeros momentos, con carnet de la Izquierda Republicana de Azaña, acabó pasándose al bando franquista durante la contienda, no sin antes sufrir la depuración por parte de los nacionales y el encarcelamiento temporal de su novia. Filmaría desde entonces algunas de las batallas más decisivas, así como varios largometrajes de carácter propagandístico.

Tras la guerra dirigiría más de una treintena de películas, de diversos géneros, pero también cultivaría el articulismo, fundamentalmente en ABC, el teatro, la novela, la poesía e, incluso, la pintura. Destacaría por un humor no comprometido políticamente, desde el cual se reía de las costumbres de la sociedad burguesa y que se materializaría, además de en todas sus obras, en la revista de humor La Codorniz, sucesora de La Ametralladora, en la que coincidiría con Tono, Mingote y Mihura: «la otra Generación del 27» junto a los ya mencionados Jardiel Poncela y López Rubio.

Por entonces vivía entre Madrid y Marbella, donde incitado por Ricardo Soriano se construyó una casa que nombró «Malibú», en recuerdo de su dorado paso por la meca del cine. Por el chalet, que habitaba junto a Conchita Montes, atraídos por la personalidad del Conde, pasaron artistas e intelectuales que ayudaron al inicial despegue de la Costa del Sol como destino turístico internacional.

Mientras, su esposa, Ángeles Rubio-Argüelles, de la que separó poco antes de la guerra, pero con la que nunca cortó definitivamente los lazos, revolucionaba la escena cultural de la capital de la provincia fundando la compañía, y posterior teatro-escuela, ARA, en la que debutarían actores tan conocidos como Fiorella Faltoyano, Raúl Sénder, María Barranco, Antonio Meliveo o el mismísimo Antonio Banderas, que con su triunfo en Hollywood concluiría el camino iniciado por el matrimonio décadas antes.

Edgar Neville murió el 23 de abril de 1967, en primavera, según Antonio Mingote para no molestar a quienes asistieran al funeral, no sin antes proyectar el siguiente epitafio: «Aquí yace Edgar Neville, que al final se quedó en los huesos», riéndose de la obesidad que le acompañó durante sus últimos años.

Desde 2012 el auditorio de la Diputación de Málaga lleva su nombre en reconocimiento a su genio y a su vinculación con la provincia.