Albas y ocasos

Del filósofo justiciero al astrónomo copión: Confucio y Edwin Hubble

Del filósofo justiciero al astrónomo copión: Confucio y Edwin Hubble
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Tal día como hoy nacía Confucio, que antes de filósofo fue ministro de justicia, y moría Edwin Hubble, en cuyo honor orbita la Tierra captando espectaculares imágenes el telescopio espacial Hubble

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Confucio, que antes de filósofo fue ministro de justicia, y moría Edwin Hubble, en cuyo honor orbita la Tierra captando espectaculares imágenes el telescopio espacial Hubble.

Confuncio 29-9-551 a.C 5-11-479 a.C

Veintinueve de septiembre del año 551 antes de Cristo. Ayer, como quien dice. Nace, en el seno del noble clan de los Kong, que no eran ni de lejos familia antecesora del forzudo King, y arrullado por los falsos ecos frutales de la dinastía Tang, el futuro creador, no de la confución como aseveró impertérrita cierta miss cuyo nombre no recuerdo o probablemente nunca supe, sino del confucianismo, conjunto de doctrinas morales y religiosas que, asumiendo el cosmos como algo armónico que regula las estaciones, la vida vegetal, la animal y la humana, atribuye irreparables consecuencias a la vulneración de dicha armonía y cuya virtud suprema es el «ren», que podría traducirse como una simbiosis de bondad, benevolencia y humanidad.

Después de convertirse en magistrado, Confucio fue nombrado para ejercer un cargo equivalente al actual ministro de justicia de Lu, que no era una fábrica de galletas de la suerte precursora de aquéllas que culminan todo ágape chinesco sino un principado de la China antigua, y para conmemorar a lo grande su ascenso justiciero, mandó ejecutar de manera ejemplarizante a un noble, de nombre Chao Chong Mao, delante de las puertas de su castillo y, tras dejar su cadáver expuesto durante tres días para que no cupiera ninguna duda, no sólo de que estaba altamente finado sino también de que cualquier disidente o despistado podría acabar como él, ciao Chao, regresó Confucio a unos menesteres erradicadores del crimen de los que se apeó para enviar el funcionariado superior a tomar viento mandarín y cambiar radicalmente de vida.

Comenzó entonces a viajar de un lado para otro, en una trashumancia filosófica destinada a instruir a los, inicialmente escasos y cada vez más numerosos, discípulos que se reunían en torno a él para alobarse con frases como «cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo» o «dale un pescado a un hombre y comerá un día, enseñale a pescar y comerá toda la vida». Tras la muerte del maestro, diversos emperadores se inspiraron en su pensamiento para organizar la sociedad china, enseñanzas en principio transmitidas oralmente ya que Confucio sólo dejó una obra escrita, las Analectas, que no eran unas agentas secretas con las letras bailongas creadas por Manuel Vázquez Gallego junto a las Hermanas Gilda y la Familia Cebolleta, sino una versión escrita de una serie de charlas entre Confucio y sus discípulos. Xie Xie.

Edwin Hubble 20-11-188929-9-1953

Mil quinientos cuatro años después del nacimiento confuciano, moría Edwin Powell Hubble, astrónomo estadounidense que gracias a sus mediciones del corrimiento hacia el rojo de las galaxias lejanas demostró la expansión del universo, siendo considerado por ello como el padre de la cosmología observacional. Bien es cierto que quedó recientemente demostrado que el astrónomo y sacerdote belga Georges Lemaître se le había adelantado en su deducción expansiva universal, ventaja que quedó patente al ser hallada en los archivos de la Royal Society of London una carta de Lemaître que, con anterioridad a los trabajos de Hubble ya corría galáxicamente al rojo que se las pelaba, aunque, sumados los hechos de que Lemaître carecía de toda ambición y sólo se preocupaba de su trabajo y que Hubble era más avispado que un insecto nuclear, se desconoce si existió por parte de Edwin mala fe en su apropiación científica o si, como sucedía a menudo en esto de los descubrimientos, unos y otros iban cogiendo ondas, metafóricamente hablando, aquí y allá y a la postre ya no se discernía si primero fue el huevo o la gallina y en todo caso la tortilla ya estaba servida.

Resarcido póstumamente Lemaître de su ninguneo académico con, además del cráter lunar de rigor, un asteroide homónimo en la órbita de Marte, Hubble sigue capitaneando la nave de la ciencia con el telescopio espacial que lleva su nombre y gracias al cual, desde su órbita circular a 593 kilómetros de la Tierra y a 28.000 kilómetros por hora, y despatarrado sobre sus cilíndricas once toneladas, lo mismo te encuentra y te fotografía un agujero negro supermasivo que una gigante roja envejecida; una enana blanca; una galaxia de anillo, rareza cósmica donde las haya; el hipnótico baile de las lunas de Plutón; el remolino de la Gran Mancha Roja de Júpiter; la titánica explosión de una supernova o una nebulosa planetaria en la constelación de Carmelopardalis, que queda como tirando hacia Auriga y las Osas pero a la izquierda, no tiene pérdida. A menos que quieras perderte, claro está.