Del escritor desnobelado al pirata articulado: Boris Pasternak y Bartholomew Roberts

El escritor Boris Pasternak y Olga Ivinskaya en su dacha (1950)/
El escritor Boris Pasternak y Olga Ivinskaya en su dacha (1950)

Tal día como hoy nacía Boris Pasternak, padre del Doctor Zhivago, y moría Bartholomew Roberts, padre del código pirata

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Boris Pasternak, padre del Doctor Zhivago, y moría Bartholomew Roberts, padre del código pirata.

Boris Pasternak. Del 10-2-1890 al 30-5-1960

El diez de febrero de 1890 nacía en Moscú Boris Leonidovich Pasternak. Criado en un ambiente cosmopolita que le habituó a ver desfilar por su casa a Serguéi Rachmáninov, Rainer Maria Rilke y León Tolstói, Pasternak no tardó en saltar de la filosofía a la poesía y de la poesía a la prosa, mientras iba siendo purgado, no con aceite de ricino para rehidratar la materia fecal sino con amenazas de Gulag para estimular la materia letal y, pese a ser acusado de subjetividad, cargo harto peligroso en la Rusia de la época, se camufló políticamente traduciendo a los clásicos a la vez que se iba dejando curar las heridas por su médico de cabecera imaginario, un tal Doctor Zhivago que lo acercó al Nobel aunque lo alejó cada vez más del gobierno de la Unión Soviética, el cual prohibió la publicación del libro hasta que Mijail Gorbachov llegó tres décadas más tarde bailando la Perestroika, kalinka kalinka kalinka maya. En el interín la Academia de Estocolmo le había otorgado el Nobel a Pasternak, quien comenzó agradeciendo a los suecos que hubiesen dejado de hacerse lo ídems y le permitieran catapultarse al Olimpo literario, y acabó retractado en su anobelamiento unos días más tarde, que si dónde dije digo digo Diego y que muchas gracias por pensar en mí pero, por más que me pese, no puedo aceptar, que los bolcheviques me agulagan y ya estoy mayor para tan frescas e indefinidas vacaciones... Pasternak murió dos años más tarde, exiliado, no geográficamente en el temido Gulag sino interiormente en una colonia de escritores a treinta kilómetros de Moscú, mientras en los Estados Unidos de América los libros de Doctor Zhivago se vendían como hot dogs. Cinco años más tarde llegaría la película de David Lean y sus cinco premios Oscar, aunque cuando Omar Sharif se metamorfoseó en Zhivago, a Pastrernak ya le importaba el séptimo arte lo que a un jinete del Apocalipsis el séptimo sello, o a un tocino – de cielo – el séptimo cielo. Da skórava.

Bartholomew Roberts. Del 5-7-1682 al 10-2-1722

Ciento sesenta y ocho años antes del nacimiento moscovita de Boris Pasternak, moría en la costa de Gabón Bartholomew Roberts, uno de los cuatro piratas reales mencionados por Stevenson en su Isla del Tesoro. Originario de Gales, Roberts participó en la Guerra de Sucesión española como miembro de la Marina Real Británica y, tras ser desempleado por la ausencia de conflictos bélicos, Roberts pensó para sus adentros oceánicos, y si me meto a pirata, y allá que se fue a abordar flotillas y bergantines, con mucho estilo ya que era Mister Bartholomew un gentleman de la piratería, que mientras te robaba con la mano derecha te saludaba afablemente con la izquierda, aproximada su personalidad a un oficial de la Royal Navy antes que a un forajido del mar. Era tal su organización piratera que, además de ser abstemio hasta la médula abisal, hecho más que insólito en un bucanero o en un galés, no digamos en un bucanero galés, redactó un código de honor filibustero cuyos once artículos regulaban, desde la parte de botín que habría de corresponder a sus hombres hasta la prohibición de peleas a bordo, debiendo aplazarse las disputas para ser resueltas en tierra firme a espada o pistola. Se incluía asimismo en los estatutos pirateros de Roberts que, no estando permitidos en sus barcos niños ni mujeres, cualquiera que embarcase a una fémina disfrazada de grumete sería ejecutado ipso facto; que los músicos tendrían descanso los sábados; que nadie jugaría a las cartas o a los dados por dinero; que todo hombre tendría voto en los asuntos del momento y derecho a provisiones frescas y licores fuertes; que cualquier robo entre condiscípulos de la piratería sería castigado con un rebanamiento de orejas y/o nariz, dependiendo del valor de lo sisado, y que las luces y velas del barco se apagaban, sí o sí, a las ocho de la tarde, momento a partir del cual si algún miembro de la tripulación quería seguir dándole al ron podía hacerlo a oscuras en el camarote o trasladando la curda hasta la sobrecubierta. A Bartholomew se le acabaron los artículos en cabo López, que no era un hispano soldado de primera enaltecido sino una península de la costa gabonesa, cuando una nave británica lo descabezó de un cañonazo, acabando con su carrera corsaria y afianzándolo como uno de los creadores del código pirata, al tiempo que lo situaba en la carrera de salida póstuma hacia juegos de rol y videojuegos, donde sigue izando la Jolly Roger. «El viejo truhán, capitán del barco, quién tuviera por bandera un par de tibias y una calavera», que entonaría Sabina.

 

Fotos

Vídeos