Del rey cruzado al escritor satírico: Ricardo I de Inglaterra y Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo/
Francisco de Quevedo

Tal día como hoy nacía Ricardo Plantagenet que, con el apodo de Ricardo Corazón de León, se convertiría en uno de los reyes más mitificados de la Edad Media, y moría Francisco de Quevedo, conceptista barroco y adalid del ingenio y de la sátira

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Ricardo Plantagenet que, con el apodo de Ricardo Corazón de León, se convertiría en uno de los reyes más mitificados de la Edad Media, y moría Francisco de Quevedo, conceptista barroco y adalid del ingenio y de la sátira.

Ricardo I de Inglaterra: 8-9-1157--- 6-4-1199

Palacio de Beaumont, Oxford, ocho de septiembre de 1157. Nace Ricardo de Plantagenet, tercer hijo de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania que con el apodo de Ricardo Corazón de León se convertiría en uno de los reyes más mitificados de la Edad Media. Pese a haber sido coronado dos veces como rey de Inglaterra, la primera tras la muerte de su padre y la segunda cuando su hermano Juan Sin Tierra le sisó la ídem y de paso la corona, Ricardo apenas pasó seis meses de su reinado en Inglaterra aduciendo que siempre llovía y ni siquiera se entretuvo en aprender el idioma ya que le habría restado tiempo a su ocupación favorita, la guerra, en cualesquiera de sus subdivisiones.

Con el fin de guerrear con la aprobación de todos se preparó por consiguiente Ricardo una Tercera Cruzada con el entusiasmo de un soldado con espada nueva y, de camino a la santa labor ocupó Sicilia y Chipre para asolear un poco su palidez normanda, tras lo cual recaló finalmente en Palestina donde anduvo batallando con Saladino hasta que se enteró de que Juan Sin Tierra era ya más que terrateniente y mientras trataba de regresar a Inglaterra hablando francés y disfrazado de caballero templario fue capturado cerca de Viena por Leopoldo V de Austria y llevado ante su archienemigo Enrique VI de Alemania, que lo enchironó hasta que, exprimiendo su madre aquitana a clero y legos reunió el dinero del rescate y pudo volver Ricardo a reconvertir a Juan Sin Tierra a su denominación de origen.

Ya libérrimo de nuevo pudo Ricardo regresar a sus guerras, esta vez contra el rey francés Felipe II, y a sofocar las revueltas que de vez en cuando le animaban el ocio, hasta que un virote de ballesta lo sorprendió inspeccionando las murallas del castillo de Châlus-Chabrol sin cota de malla y lo desplantagenó a conciencia. El ballestero resultó ser un niño que intentaba vengar a su padre y a sus hermanos, y la caída del rey inglés fue descrita en las crónicas de la época como «el león que fue asesinado por la hormiga». A la hormiga ballestera, era de esperar, la aplastaron ipso facto y, en cuanto al león muerto, fue póstumamente descorazonado para llevar el órgano real a Rouen mientras el resto del cuerpo era enterrado en la abadía de Fontevrault. Eso sí, a Juan Sin Tierra le cayeron de golpe todas las tierras de Lionheart encima y mutó triunfalmente en Juan I de Inglaterra. Mutatis mutandis.

Francisco de Quevedo 14-9-1580----- 8-9-1645

Cuatrocientos ochenta y ocho años después del nacimiento oxoniense de Ricardo I de Inglaterra moría, en el municipio ciudadrealeño de Villanueva de los Infantes, Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santíbañez Cevallos, conceptista barroco y adalid del ingenio y de la sátira, la cual elevó a la excelencia en su jugosa y legendaria enemistad verbal con Luis de Góngora: si el segundo había rebautizado al primero como Francisco de Quebebo por su supuesta afición al vinazo tabernario, éste no le iba a la zaga en cuanto se refería a pullas literarias, y de este modo atravesaron ambos el siglo de oro a lomos de un fruitivo duelo lingüístico de tan largo alcance que sus ecos aún no se han extinguido.

Y de este modo afilaban ambos genios sus plumas-dardo: Quevedo que si «érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa»; Góngora que si «ande yo caliente y ríase la gente»; Quevedo que si «érase un naricismo infinito, frisón archinariz, caratulera»; Góngora que si «Musa que sopla y no inspira» ; Quevedo que si «vuestros coplones, cordobés sonado, sátira de mis prendas y despojos»; Góngora que si «cierto poeta, en forma peregrina se metió a romero»; Quevedo que si «éste, en quien hoy los pedos son sirenas»; Góngora que si «desde el Faro de Cecina a Brindis, sin hacer agua, navega» ; Quevedo que si «yo te untaré mis obras con tocino porque no me las muerdas, Gongorilla»; Góngora que si «claudicante Roque que a San Trago camina»; Quevedo que si «qué captas, nocturnal, en tus canciones, Góngora bobo, con crepusculallas» … De este arte en el insulto fue Góngora el primero en desertar por una apoplejía escasamente sarcástica, dejando sin capitán el timón del culteranismo. Quevedo le sobrevivió dieciocho años, gran parte de los cuales dedicó a pleitear contra la Inquisición, que acabó confinándole en un monasterio por la irreverencia de sus escritos y de cuyo encierro salió ya enfermo para disfrutar de un año y medio de libertad tan exhausta que él mismo volvió a recluirse monacalmente para finar en paz mientras soñaba su Buscón, «ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños». Ahora ejerce de personaje secundario en las perezrevertianas aventuras del Capitán Alatriste y en la homónima película en la que Juan Echanove se ha aquevedado que da gusto verlo. Aquevedando, que es gerundio.