Del cineasta del 'Imperio de los Sentidos' al científico de la Gravitación

El cineasta japonés Nagisa Oshima visitó el Festival de Benalmádena/SUR
El cineasta japonés Nagisa Oshima visitó el Festival de Benalmádena / SUR

Tal día como hoy nacía Nagisa Oshima, director de la aún hoy censurada película, y moría Isaac Newton, considerado como el científico más importante de la historia

TERESA LEZCANOMálaga

NAGISA OSHIMA (31-3-1932 a 15-1-2013)

Kioto, treinta y uno de marzo de 1932. Nace Nagisa Oshima, quien, andando y más que andar galopando, el tiempo, acapararía la atención cinematográfica mundial con «El imperio de los sentidos». Antes de surfear imperio-sensorialmente la ola de la controversia pornográfica, Oshima debutó en la dirección cinéfila con la adaptación de una novela de su aún no nobelado compatriota Kenzaburo Oe; continuó con una adaptación de un popular manga; se detuvo en una reflexión sobre la discriminación racial japonesa hacia los coreanos en una cinta titulada «Death by hanging»; transitó por una historia basada en hechos reales con «Boy», y satirizó las costumbres niponas en «The Ceremony». Cuando llegó el momento del «Imperio de los sentidos», Oshima le puso tanto entusiasmo a la compartida sexualidad de la pareja protagonista que tuvo que marcharse a terminar la película a Francia, donde no sólo no se escandalizaron por un quíteme allá esas posturas kamasútricas sino que le estimularon, artísticamente hablando, a rodar una suerte de continuación titulada «El imperio de la pasión», que el jurado del Festival de Cannes tuvo a bien galardonar en 1978 con la Palma de Oro a la mejor dirección. Tras los sensoriales y pasionales imperios, Oshima filmó a David Bowie y Ryuichi Sakamoto como sendos ejemplos de las virtudes militares de Occidente y Oriente en «Feliz Navidad, Mr. Lawrence», tras lo cual regresó a Francia para rodar «Max, mon amour», comedia furtiva en la cual Charlotte Rampling, a la sazón esposa de un diplomático británico asobinado en París, se enamora de un chimpancé, no de los eufemísticos sino de un genuino ejemplar urbanita de simio peludo y harto comunicador. Si todavía en la actualidad hay en el país del sol naciente escenas del «Imperio de los sentidos» censuradas, del hirsuto Max del ménage a trois ni hablamos. Sayonara, baby.

ISAAC NEWTON (25-12-1642 a 31-3-1727)

Doscientos cinco años antes del nacimiento tokiota de Oshima, moría en Londres Isaac Newton, físico, filósofo, teólogo, inventor, alquimista y matemático inglés. Previamente a la culminación de la Revolución Científica iniciada por Copérnico que representó su obra, y a la póstuma consideración de científico más importante de la historia, Isaac había nacido tan prematuro y enclenque que ni el correspondiente calendario gregoriano le pronosticaba más de una semana de vida. Habida cuenta sin embargo que las predicciones mortuorias no se cumplieron, Newton se dijo, pues ya que estoy aquí voy a aprovechar el tiempo. Y se lanzó sin más demora al Teorema del Binomio, que, resumido de manera coloquial, venía a demostrar que siempre hay un roto para un descosido, y a partir de ese momento ya fue un no parar de cálculos infinitesimales y fórmulas a go go: que si descubro el espectro de colores y, para evitar la dispersión de la luz invento mi propio telescopio homónimo; que si me golpea, tras la apariencia de una manzana que bien pudiera haber sido imaginaria como los amigos que tenía de niño, y que más que la cabeza me apalea el intelecto, la ley de la gravitación universal; que si, cargándome de un plumazo la física aristotélica, enuncio la ley de la inercia, que viene a decir que si me quiero echar una siesta nada me lo va a impedir a menos que me incordie telefónicamente algún operador lapa; que si determino la ley de la interacción, que simplificada equivale a testificar que, una vez interrumpida la siesta por el teleoperador lapa, la duración del trastorno sesteador dependerá del grado de peñazo que dé el interlocutor, el cual será determinante a la hora de retomar o abandonar el sueño interrumpido; que si concluyo con la ley de acción-reacción, que podría resumirse escenificando la contienda verbal entre el individuo que pretende sestear inocuamente, es decir yo, y el inicuo interlocutor que quiere que me cambie de compañía bajo amenaza de arruinarme todas las cabezadas que pudieran coronar beatíficamente mis futuras sobremesas. A todo esto, a Newton se le empezaron a multiplicar los ataques de paranoia alternados con preocupantes episodios depresivos, entonces atribuidos todos ellos a una condición caprina de las de toda la vida y actualmente diagnosticados como envenenamiento consecutivo al mercurio que utilizaba para sus experimentos de genio profesional. Y es que hasta el oficio de genio tiene sus riesgos, será por mercurio. Cheers.