Albas y Ocasos

Del actor rasurado al rey licuado

Del actor rasurado al rey licuado

Yul Brynner y Eduardo I de Inglaterra

TERESA LEZCANOMÁLAGA

Tal día como hoy nacía Yul Brynner, que había representado cuatro mil seiscientas veintiséis veces la obra teatral «El rey y yo», y moría Eduardo I de Inglaterra, que llenó las campiñas galesas de castillos y villas, y los castillos y villas de ingleses.

7-7-1920 al 10-10-1985 Yul Bryner

Siete de julio de 1920, Vladivostok, Rusia. Nace Yuliy Borisovich Bryner, a cuya ascendencia mongol por parte de su abuela paterna añadiría para la leyenda cinematográfica un falso origen gitano por parte de madre, el cual sumado a su peculiar físico y a su debut en los círculos romaníes parisinos como acróbata, le reportaría, andando el tiempo y las experiencias séptimo-artísticas, una presidencia honoraria de la Unión Romaní y una inspiración por parte de Stan Lee para crear al profesor Charles Xavier de los X-Men. El primer escalón hacia la fama lo ascendió Brynner, ya con la ene gemelizada, en Broadway, con su interpretación teatral de El Rey y Yo, obra que representaría cuatro mil seiscientas veintiséis veces, que ya son veces, a lo largo de su carrera, y por cuya versión cinematográfica con Deborah Kerr de coprotragonista ganaría Yul la dorada y codiciada estatuilla hollywoodense que careció de nombre propio hasta que una bibliotecaria de la Academia aseguró que se parecía a su tío Óscar. Además de rey de Siam en El Rey y Yo, Brynner fue Ramsés II en Los Diez Mandamientos, Chris Adams en Los Siete Magníficos, cosaco ucraniano en Taras Bulba, Dimitri en los dostoievskianos Hermanos Karamazov, y pistolero robótico en Westworld, film precursor de la serie televisiva homónima; papeles todos ellos ahormados a su característica calvicie cuyo origen no bebía en las fuentes de la alopecia sino de la cotidiana y cuidadosa rasuración, tan solo interrumpida para rodar Salomón y la Reina de Saba, cuyo Salomón primigenio, a la sazón Tyrone Power, falleció durante el rodaje y fue sustituido por un sorprendentemente hirsuto Brynner, que se dejó excepcionalmente crecer la melena para introducirse en las sandalias del rey de Israel. Eso sí, una vez actoralmente desalomonizado, se apresuró Brynner en descabellarse de nuevo para mimetizarse en el Testamento de Orfeo que dirigió Jean Cocteau y en cuyo rodaje hizo un cameo el mismísimo Pablo Picasso. Merci bien.

17-6-1239 al 7-7-1307 Eduardo I de Inglaterra

Seiscientos trece años antes del nacimiento vladivostokiano de Yul Brynner, moría en Londres Eduardo I de Inglaterra, apodado «el zanquilargo» porque, en una contemporaneidad medieval de tamaños corporales entre pequeños y medianos, sus seis pies con dos pulgadas – de altura, no es que Eduardo fuese un grillo gigante o un descomunal escarabajo seis veces despatarrado sino que se aproximaba al metro noventa –, destacaban por encima de sus coetáneos. Primogénito de Enrique III y Leonor de Provenza, Eduardo I suscribió algunas de las intrigas políticas en contra de su padre, incluyendo la sublevación de los barones y las Provisiones de Oxford, las cuales no consistían en un surtido de víveres universitarios sino en unos documentos que vienen siendo considerados como la primera constitución inglesa. Ya reconciliados paternofilialmente, Enrique y Eduardo se enfrentaron juntos a los disidentes en la denominada Segunda Guerra de los Barones, en cuyo transcurso fue Eduardo capturado aunque logró fugarse de la baroniana detención disfrazado de pobre de solemnidad, que siempre resultaba un disfraz infalible siendo rey aunque fuese alto. Ya convenientemente pacificada a la fuerza Inglaterra, se dijo Eduardo, a qué me voy a dar una vuelta por Tierra Santa a ver si escabecho a algún infiel, y se apuntó sin más a la Novena Cruzada aunque los mamelucos de Baibars lo enviaron a tomar viento olivero a Sicilia, donde se enteró de que, finado su padre y rey, acababa de tocarle una corona inglesa en el reparto patrimonial. Una vez soberanamente distinguido, a Eduardo se le metió entre ceja normanda y ceja aragonesa que los galeses le miraban mal y por si acaso los invadió y, tras llenar las campiñas galesas de castillos y villas llenó los castillos y las villas de súbditos ingleses que le miraban mejor. Una vez agalerados los galeses, y ya metido en faena, Eduardo se fue a hacer lo propio con los escoceses, que no le miraban ni bien ni mal pero por si las moscas edimburguesas, aunque en vista de que se mostraron reticentes a la invitación a ser barridos del mapa británico, Eduardo echó de Inglaterra a los judíos, que no tenían nada que ver con la contienda escocesa pero para cabezas de turco servían ( y cuyo edicto de expulsión no sería revocado hasta trescientos sesenta años más tarde por Oliver Cromwell), tras lo cual se animó a guerrear un poco contra Francia por un quíteme allá ese ducado de Aquitania y después regresó a Escocia por si sorprendía a los autóctonos desprevenidos aunque el desprevenido fue él, escociado y escocido por una disentería que lo licuó en menos que se tarda en decir Willliam Wallace, y tras pronunciar la famosa frase de «Escocia solo tiene un problema: que está llena de escoceses». See you.