Aquel verano de Arun Mansukhani: Vacaciones que condicionan la forma de pensar

Gracias a su abuela conoció las maneras de sentir y vivir de las personas de distintas culturas./SUR
Gracias a su abuela conoció las maneras de sentir y vivir de las personas de distintas culturas. / SUR

El psicólogo clínico y sexólogo relata unas vacaciones en los ochenta que le cambió su manera de estar en el mundo

MIGUEL ÁNGEL OESTE

«Mis veranos de infancia y juventud están marcados por mis viajes a la India», confiesa Arun Mansukhani después de un rato conversando sobre cómo los veranos se modifican con el tiempo y tienen una absorción cultural. Hablamos en su despacho de la Alameda Principal, pero no se sienta al otro lado de la mesa, sino frente a mí. «Esto es ornamental», dice con una sonrisa este psicólogo Clínico y sexólogo, que cuando habla parece como si sus palabras salieran en pequeñas ondulaciones. Mansukhani es un hombre calmado, que se toma su tiempo antes de responder y que, como a cualquier persona sensata, le cuesta hablar de sí mismo. A su vez, se nota que disfruta escuchando y conociendo a las personas, y, sobre todo, posee esa curiosidad infantil tan valorada y a la vez tan poco apreciada en la sociedad actual.

Su familia residía en Pune, ciudad conocida por figuras como el maestro de yoga Ygengar y el polémico pensador Osho. De hecho, su abuelo materno era amigo del primero y su hermano es profesor de yoga. Cuando Arun era muy joven sus padres emigraron a Torremolinos. «Mi padre vino a ver a su hermano que vivía en Torremolinos y decidió quedarse por el clima, la comida y el buen ambiente que encontró», cuenta. Cuando llegaba el verano pasaba un mes en la India y otro en España. Son esos veranos de la adolescencia los que recuerda. Los contrastes entre Occidente y Oriente. «Soy un inmigrante de primera generación y siempre se me vio como alguien exótico tanto en la India como en España», explica. «Recuerdo los cambios de ambos sitios y cómo disfrutaba con esos contrastes. Mientras en Pune jugábamos en los techos de uralita o salíamos a la calle con el monzón a jugar con maderas, en barcos, o lo que fuera, en unas condiciones higiénicas muy diferentes a las de aquí y cada día pasaba gente con carretillas donde vendían la comida, en Torremolinos jugaba en una zona residencial, en jardines, playas o piscinas, comprábamos en tiendas o supermercados.»

Mansukhani es un hombre calmado, que se toma su tiempo antes de responder y que, como a cualquier persona sensata, le cuesta hablar de sí mismo. A su vez, se nota que disfruta escuchando y conociendo a las personas

Pero de todos los veranos recuerda uno cuando tenía 12 o 14 años, en la década de los ochenta, no está seguro del año concreto, en el que estaba en la India, con su abuela, y estando él presente, a su abuela le comunicaron que su hijo había muerto. Entonces su abuela dijo: «Algo bueno traerá esto». Luego, por supuesto, lloró. Pero esa frase fue una revelación de algo que Arun ya advertía. «Representa la brecha cultural. He tenido la fortuna de conocer dos culturas desde dentro», que sin duda es el elemento de su interés por el ser humano. «De ahí que me cuestione los motivos de por qué somos tan distintos y un ejemplo claro de que la cultura nos afecta profundamente», dice con convicción.

El verano siguió para él, los juegos con sus amigos, esos amigos de la infancia y juventud con los que se crea una intimidad enigmática que hace que se recuerde con fuerza esos momentos estivales, como arrastrado por la inevitabilidad de los monzones. «En Pune tenía la suerte de llegar de España, de que me vieran como alguien especial. Hablaba en hindú o en inglés. En Torremolinos, donde siempre me sentí aceptado, crecer siendo indio era un plus, generaba curiosidad, es decir, la apertura hacia el extranjero era absoluta. Torremolinos estaba muy avanzado y allí jugaba con españoles, con ingleses, alemanes, suecos… hablando en español o inglés». Lo cuenta con alegría. Igual que dice: «En mi infancia y juventud yo he sido el negro, pero sin que el negro fuera un insulto». Veranos en los que la cultura le condicionó su forma de pensar y actuar.

La reacción de su abuela ese verano fue lo que le hizo ver la separación entre las maneras de sentir y vivir de las personas de distintas culturas. «Mi abuela lloró, mucho, el dolor estaba ahí, el dolor primordial es el mismo para todos», pero la forma de asimilación cultural era otra. Es una vivencia determinante para él. Una vivencia que lo marcó. Como la sensación de libertad y apertura absoluta hacia el extranjero que sentía en España. ¿Y eso ha cambiado?, le pregunto. «La sociedad no es la misma. Hubo un antes y un después del 11-S», afirma y guarda silencio. Desde los atentados a las Torre Gemelas parece que el invierno en forma de miedo se ha impuesto y se extiende. Lo contrario al verano, a la luz, cuya ausencia está relacionada con las depresiones. Como dice Verlaine, «la esperanza ha huido, vencida, hacia el cielo negro». En una sociedad multicultural el mensaje del miedo se impone. «El miedo anula la exploración. Te cierra hacia el otro. Pero en general no solo es racial.

El mensaje de miedo hace que no se piense. Pero objetivamente vivimos mejor. A pesar de ello la visión subjetiva de las personas es la contraria. Mira, España es un país muy seguro y sin embargo la gente piensa lo contrario. La violencia interpersonal se ha reducido considerablemente». Tal vez habría que recuperar las sensaciones de aquellos veranos en los que se respiraba esperanza, en los que el estado de ánimo era más luminoso y se tenía la curiosidad por conocer al otro. El verano podría traernos de vuelta el optimismo y vencer la cultura del miedo, nos relata Mansukhani a través de aquel verano en la India en el que la reacción de su abuela lo transformó.